PARTE 2: EL SECRETO DE ADRIAN

Cuando salí de la sala de ultrasonido, Adrian seguía allí.

Marco había desaparecido.

Adrian estaba solo, sentado en una silla demasiado pequeña para él, con los codos apoyados sobre las rodillas.

Levantó la cabeza.

Sus ojos estaban rojos.

—Claire.

Seguí caminando.

—Quiero una prueba de paternidad.

Me detuve.

—¿Perdón?

—No porque dude de ti.

Se levantó.

—Quiero que quede establecido legalmente que soy su padre.

—Ni siquiera te he dicho que lo seas.

—Dieciséis semanas.

Su voz tembló apenas.

—Nunca hubo nadie más para mí durante nuestro matrimonio.

—Para mí tampoco.

Cerró los ojos.

Ya tenía su respuesta.

—Entonces es mío.

—Biológicamente, sí.

Aquella palabra le dolió.

Bien.

Porque ser padre significaba mucho más que compartir ADN.

—Quiero estar en su vida.

—Eso lo decidirán tus acciones.

—Dime qué necesitas.

Casi me reí.

Durante tres años había necesitado conversaciones.

Presencia.

Una explicación sobre Vanessa.

Nunca las tuve.

—Ahora mismo necesito que te apartes.

Me marché.

Dos horas después recibí una llamada de mi antigua compañera en Moretti Capital, Rachel Sloan.

—Claire, ¿estás con Adrian?

—No.

—Entonces tenemos un problema.

Rachel me explicó que alguien había accedido esa mañana a mis antiguos archivos de recursos humanos.

Dirección.

Seguro médico.

Contacto de emergencia.

Incluso documentación del divorcio.

—¿Adrian?

—No.

La cuenta pertenecía a Vanessa Russo.

Sentí frío.

—¿Por qué Vanessa tiene acceso a mis archivos?

—Eso mismo estamos intentando descubrir.

Recordé el hospital.

—Está aquí.

—¿Quién?

—Vanessa.

Silencio.

—Claire, Vanessa no trabaja oficialmente para Moretti Capital desde hace dieciocho meses.

Aquello no tenía sentido.

Esa misma tarde Marco apareció en mi edificio.

No intentó entrar.

Me llamó desde recepción.

—Necesito entregarte algo.

Bajé acompañada por el portero.

Marco llevaba un sobre.

—Adrian no sabe que estoy aquí.

—Entonces probablemente no deberías estarlo.

—Vanessa tampoco estaba en el hospital por casualidad.

Abrí el sobre.

Había una copia de un expediente médico.

Mi nombre aparecía arriba.

CLAIRE BENNETT MORETTI.

—¿Qué es esto?

—Una solicitud de información prenatal presentada hace tres semanas.

Me quedé helada.

Tres semanas.

Adrian había descubierto mi embarazo esa mañana.

—¿Quién sabía?

—Eso estamos intentando averiguar.

Pasé la página.

Había una autorización con mi firma.

Falsa.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sabemos.

—¿Quién lo presentó?

Marco respondió:

—Vanessa.

Mi mano fue directamente hacia mi vientre.

—¿Por qué?

—Porque está buscando algo relacionado con tu bebé.

—¿Qué?

Marco permaneció callado demasiado tiempo.

—Pregúntale a Adrian por qué se divorció de ti.

Sentí que la rabia regresaba.

—Ya conozco la respuesta.

—No.

Negó.

—Conoces la respuesta que él decidió darte.

Esa noche llamé a Adrian.

Llegó quince minutos después.

Puse el expediente frente a él.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Quién te dio esto?

—No importa.

—Fue Marco.

—¿Por qué te divorciaste de mí?

Silencio.

—Respóndeme.

Adrian caminó hasta la ventana.

Durante unos segundos volvió a ser el hombre del ático.

Frío.

Controlado.

—Recibí información de que alguien dentro de mi organización estaba utilizando tu identidad.

—¿Para qué?

—Mover dinero.

—¿Cuánto?

—Ciento veinte millones de dólares.

Me quedé inmóvil.

—Eso es absurdo.

—Lo sabía.

Se volvió.

—Pero las transferencias llevaban tu firma digital.

—Entonces ¿por qué no me preguntaste?

Su mandíbula se tensó.

—Porque después apareció una amenaza.

—¿Contra ti?

—Contra ti.

Mi respiración se detuvo.

Adrian había recibido fotografías mías saliendo del trabajo.

Comprando café.

Entrando en nuestro edificio.

Una incluía una frase:

“Si Claire continúa siendo Moretti, pagará por lo que hiciste.”

—¿Y decidiste divorciarte de mí?

—Pensé que sacarte públicamente de mi familia te protegería.

Sentí ganas de abofetearlo.

—Me destruiste para protegerme sin preguntarme si quería tu protección.

—Sí.

Por primera vez no intentó justificarse.

—Y fue el peor error de mi vida.

—¿Vanessa?

Adrian endureció la expresión.

—Ella fue quien descubrió las transferencias.

—¿Por eso pronunciaste su nombre aquella noche?

Cerró los ojos.

—Había hablado con ella minutos antes.

Tres años preguntándome si amaba a otra mujer.

Y todo podía haber sido una conversación.

—Vete.

—Claire—

—Vete.

Adrian obedeció.

Pero antes de cerrar la puerta dijo:

—Vanessa está enferma.

Lo miré.

—¿Qué?

—Por eso estaba en el hospital.

—¿Qué tiene?

—No lo sé todavía.

—Entonces ¿qué relación tiene conmigo?

—Eso es lo que me preocupa.

A la mañana siguiente lo descubrimos.

Vanessa pidió verme.

Acepté únicamente porque Rachel estuvo conmigo.

Vanessa parecía mucho más delgada de lo que recordaba.

Dejó una memoria USB sobre la mesa.

—No estoy intentando quitarte a Adrian.

—Nunca pensé que pudieras quitármelo.

Sonrió con tristeza.

—Siempre me caíste bien.

—Entonces explícame por qué falsificaste mi firma.

—Porque necesitaba saber si estabas embarazada.

Mi mano se cerró alrededor del bolso.

—¿Por qué?

—Porque alguien lleva meses esperando que ocurra.

Abrió su portátil.

Apareció una carpeta:

MORETTI SUCCESSION PROJECT.

Dentro había documentos creados dos años antes.

Mucho antes de mi embarazo.

Mi nombre.

El de Adrian.

Y una frase:

“Primer descendiente biológico viable.”

Sentí náuseas.

—¿Qué significa esto?

Vanessa negó.

—No lo sé completamente.

Pero había descubierto que las transferencias de 120 millones no estaban saliendo realmente de Moretti Capital.

Se estaban moviendo entre sociedades antiguas creadas por el padre de Adrian.

Lorenzo Moretti.

Muerto hacía once años.

Una de aquellas sociedades administraba un fideicomiso.

—¿Para Adrian?

—No.

Vanessa me miró.

—Para su primer hijo.

Valor estimado:

640 millones de dólares.

Me quedé sin respiración.

—Adrian nunca mencionó esto.

—Porque no sabe que existe.

—¿Cómo podría no saberlo?

Vanessa abrió el documento constitutivo.

El fideicomiso se activaba únicamente cuando Adrian tuviera descendencia biológica reconocida.

Hasta entonces, los activos permanecían bajo control de tres administradores privados.

—¿Quiénes?

Vanessa mostró los nombres.

Dos habían muerto.

El tercero seguía vivo.

Marco Bellini.

Sentí que todo se detenía.

—Marco sabía.

—Desde siempre.

Recordé quién me había entregado el expediente.

Quién me había enviado a preguntarle a Adrian por el divorcio.

—Entonces ¿por qué me ayudó?

—Quizá porque algo cambió.

Vanessa abrió otro archivo.

Durante los últimos cuatro meses, Marco había intentado bloquear siete transferencias desde el fideicomiso.

Alguien estaba vaciándolo antes del nacimiento del heredero.

—¿Cuánto falta?

—Casi noventa millones.

—¿Quién los está retirando?

—Eso intentaba descubrir cuando empezaron mis problemas médicos.

Sentí frío.

—¿Qué problemas?

Vanessa sacó varios análisis.

Durante semanas había sufrido mareos, debilidad y episodios de confusión.

Los médicos sospechaban exposición repetida a una sustancia presente en uno de sus suplementos.

—¿Crees que alguien te estaba enfermando?

—Creo que alguien quería que dejara de investigar.

Mi teléfono sonó.

Adrian.

Contesté.

—¿Dónde estás?

—Con Vanessa.

Silencio.

—Claire, sal de ahí.

—Adrian—

—Marco desapareció.

Vanessa y yo nos miramos.

—¿Qué significa desapareció?

—Su apartamento está vacío.

Entonces Adrian dijo algo que me heló.

—Y encontré el original del expediente prenatal.

—¿Qué expediente?

—El que Vanessa presentó.

Vanessa palideció.

—Claire —susurró—, yo presenté una copia.

Adrian continuó:

—El original fue solicitado antes de que Vanessa supiera que estabas embarazada.

—¿Cuándo?

—Hace nueve semanas.

Me puse de pie.

—Eso fue antes de mi primera ecografía.

—Lo sé.

—¿Quién lo solicitó?

Adrian tardó en responder.

—Mi padre.

Cerré los ojos.

—Tu padre está muerto.

—Exactamente.

El documento utilizaba sus credenciales privadas.

Pero había algo más.

La solicitud no preguntaba únicamente si yo estaba embarazada.

Pedía confirmar una fecha estimada de concepción.

Y debajo aparecía una instrucción:

“Si el embarazo corresponde al período previo al divorcio, detener inmediatamente la transferencia final.”

Vanessa se acercó.

—¿Transferencia a quién?

Adrian respiró profundamente.

—A Marco.

El silencio cayó sobre la habitación.

Entonces alguien golpeó la puerta.

Tres veces.

Vanessa miró la cámara de seguridad.

Su rostro perdió todo el color.

—Claire…

—¿Quién es?

Giró la pantalla hacia mí.

Marco estaba afuera.

Pero no estaba solo.

A su lado había una mujer de unos sesenta años.

Adrian seguía al teléfono cuando preguntó:

—¿Quién está con él?

No conocía a aquella mujer.

Vanessa sí.

—Se llama Elena Moretti.

—¿Quién es?

Vanessa me miró.

—La hermana mayor de Lorenzo.

Luego añadió:

—Y la mujer que lleva once años diciendo que Adrian no debería heredar absolutamente nada de la familia Moretti.

Volvieron a llamar.

Esta vez escuchamos la voz de Marco desde el pasillo.

—Claire, no abras hasta escucharme.

Hizo una pausa.

—El fideicomiso de 640 millones nunca fue creado para el primer hijo de Adrian.

Miré mi vientre.

—Entonces ¿para quién?

Marco respondió desde el otro lado de la puerta:

—Para el tuyo.

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