PARTE 2: LA DOSIS DE MEDIANOCHE

La puerta se abrió.

Era Ricardo.

El hermano de Alejandro entró con una taza de café y una expresión preocupada.

—¿Cómo pasó la noche?

Alejandro sintió que Rosa le rozaba discretamente el brazo.

No diga nada.

Mateo permaneció acostado, fingiendo dormir.

—Igual —respondió Alejandro—. Incluso peor.

Ricardo suspiró.

—Pobre muchacho.

Se acercó a la cama.

Pero no miró primero a Mateo.

Miró la mesa.

Allí estaba la bandeja de medicamentos.

Rosa lo vio también.

—¿Quién es usted? —preguntó Ricardo.

—La nueva auxiliar nocturna.

Ricardo frunció el ceño.

—Guillermo no mencionó ninguna auxiliar.

—Llegó de madrugada —intervino Alejandro.

Ricardo tomó uno de los frascos.

—¿Ya recibió su dosis de las cinco?

Rosa cerró su libreta.

—Todavía no.

Ricardo levantó inmediatamente la mirada.

—Debería haberla recibido.

Alejandro sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Durante ocho meses jamás había escuchado a su hermano hablar de horarios médicos con semejante precisión.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó.

Ricardo dejó el frasco.

—Guillermo me mantiene informado.

Sonrió.

—Soy su padrino, Alejandro. Me preocupo por él.

Entonces Mateo tosió.

Ricardo se volvió.

Por un instante, Mateo abrió los ojos.

Fue suficiente.

La expresión de Ricardo cambió.

No fue alivio.

Fue miedo.

Solo duró un segundo.

Pero Rosa lo vio.

—¡Mateo! —exclamó Ricardo—. Te ves mejor.

Mateo fingió debilidad.

—Un poco.

Ricardo se acercó.

—¿Tomaste algo diferente?

Rosa y Alejandro intercambiaron una mirada.

—Nada —respondió Mateo.

Ricardo sonrió otra vez.

—Excelente.

Después salió diciendo que buscaría al doctor Bernal.

En cuanto desapareció, Rosa cerró la puerta.

—Ya tenemos al primero que se asustó.

—Es mi hermano.

—No he dicho que sea culpable.

Abrió su libreta.

—Pero sabía exactamente qué dosis faltaba.

Mateo levantó lentamente la cabeza.

—Papá…

—¿Qué?

—El tío Ricardo viene muchas noches.

Alejandro sintió frío.

—¿Desde cuándo?

—No sé.

Mateo respiró profundamente.

—A veces despierto y está hablando con el doctor Bernal.

Rosa preguntó:

—¿Sobre qué?

—Nunca escucho todo.

Mateo cerró los ojos intentando recordar.

—Pero hace dos semanas escuché a Ricardo decir: “No puede llegar consciente a la junta.”

Alejandro dejó de respirar.

La junta.

En nueve días, Grupo Villarreal celebraría la asamblea extraordinaria donde Mateo asumiría oficialmente el puesto de vicepresidente ejecutivo.

Además recibiría el control de las acciones heredadas de su madre.

El 18 % de la compañía.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Pensé que estaba delirando.

Rosa levantó la mirada.

—¿Cuándo empezó a enfermar?

Alejandro respondió lentamente:

—Ocho meses atrás.

—¿Y cuándo anunciaron su incorporación a la dirección?

Alejandro palideció.

—Nueve meses atrás.

A las siete llegó Bernal.

Entró directamente en la habitación.

—Necesito administrar la medicación.

Rosa señaló una bandeja nueva.

—La prepararemos aquí.

Bernal la miró con desprecio.

—No necesito supervisión.

—Entonces tampoco debería molestarle.

El médico se volvió hacia Alejandro.

—¿Vas a permitir esto?

—Sí.

Bernal preparó la dosis frente a todos.

Mateo la tomó.

No ocurrió nada.

Una hora después seguía consciente.

A las diez desayunó.

A mediodía caminó seis pasos con ayuda.

Alejandro tuvo que salir de la habitación para llorar.

Ocho meses viendo desaparecer a su hijo.

Y bastó una noche cambiando el procedimiento para que algo fuera diferente.

Rosa no celebró.

—Todavía no sabemos qué ocurre.

—Pero alguien estaba alterando algo.

—Eso debemos demostrar.

Pidieron análisis independientes de muestras antiguas y actuales.

Alejandro también ordenó revisar discretamente las cámaras de la residencia.

A las cuatro de la tarde apareció el primer hallazgo.

Una cámara del corredor mostraba al doctor Bernal entrando en la habitación de Mateo casi todas las noches entre las 11:40 y las 12:20.

Nada extraño.

Era su médico.

Hasta que revisaron la cámara de la cocina.

Varias noches, Bernal recibía una pequeña bolsa térmica.

Quien se la entregaba era Ricardo.

Alejandro se quedó mirando la pantalla.

—No.

Rosa no dijo nada.

Entonces encontraron otra grabación.

Ricardo entregaba la bolsa.

Bernal preguntaba algo.

No había audio.

Pero Ricardo sacaba un sobre y se lo daba.

Dinero.

Alejandro llamó inmediatamente a su abogado.

No confrontó a nadie.

Rosa insistió.

—Si saben que usted sospecha, destruirán lo que falta.

Aquella noche hicieron creer a todos que Mateo había empeorado otra vez.

Bernal llegó a las 11:55.

Llevaba su maletín habitual.

—Necesito estar solo con el paciente.

Alejandro fingió cansancio.

—Estaré en mi despacho.

Pero nadie se fue realmente.

Dos personas de seguridad observaban desde la habitación contigua.

Rosa estaba detrás de una puerta.

Bernal abrió el maletín.

Sacó el medicamento habitual.

Luego metió la mano en un bolsillo interior.

Sacó un segundo frasco.

Rosa susurró:

—Ahora.

Seguridad entró.

Bernal dejó caer el frasco.

—¿Qué significa esto?

Alejandro apareció detrás.

—Eso mismo quiero preguntarte.

El médico palideció.

—Es medicación complementaria.

—Entonces estará registrada.

Bernal no respondió.

El frasco fue entregado inmediatamente para análisis.

A la mañana siguiente llegó el resultado preliminar.

No era un veneno misterioso.

Era una combinación de fármacos de uso legítimo que, administrados repetidamente junto con el tratamiento de Mateo, podían provocar somnolencia extrema, debilidad, confusión y empeorar peligrosamente su estado general.

—¿Durante ocho meses? —preguntó Alejandro.

El especialista asintió.

—Tendremos que reconstruir las dosis.

Alejandro fue directamente hacia Bernal.

—¿Por qué?

El médico guardó silencio.

—¡Es mi hijo!

Bernal finalmente levantó la cabeza.

—Yo no debía matarlo.

Alejandro quedó inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

—Solo mantenerlo incapacitado.

—¿Para quién?

Bernal cerró los ojos.

—Ricardo.

La policía fue notificada.

Pero cuando llegaron a buscarlo, Ricardo ya había desaparecido.

Su teléfono estaba apagado.

Su oficina vacía.

Y alguien había intentado acceder remotamente a los servidores de Grupo Villarreal.

Entonces apareció el segundo descubrimiento.

El 18 % de acciones que Mateo heredaría de Ana Lucía no era lo único en juego.

Había una cláusula en el antiguo pacto familiar.

Si Mateo era declarado médicamente incapaz antes de asumir su puesto, sus derechos de voto serían ejercidos temporalmente por su padrino.

Ricardo Villarreal.

—Todo era por la empresa —dijo Alejandro.

Rosa negó lentamente.

—No creo.

Le mostró su libreta.

Había comparado las fechas de las crisis más graves.

Tres coincidían con reuniones empresariales.

Pero otras cuatro coincidían con algo completamente distinto.

Visitas de una mujer llamada Elena Cárdenas.

—¿Quién es?

Alejandro conocía el nombre.

Había sido amiga íntima de Ana Lucía.

No la veía desde el funeral.

Rosa sacó una fotografía que había encontrado entre los papeles de Mateo.

Ana Lucía.

Ricardo.

El doctor Bernal.

Y Elena.

Tomada treinta y un años atrás.

Ana Lucía estaba embarazada.

Detrás aparecía escrito:

“Si Alejandro descubre la verdad antes de que nazca Mateo, todo termina.”

Alejandro sintió que el mundo se detenía.

—¿Qué verdad?

Mateo tomó la fotografía.

—Papá…

Entonces sonó el timbre de la residencia.

Uno de los guardias llamó desde la entrada.

—Señor Villarreal, hay una mujer preguntando por usted.

—¿Quién?

El guardia dudó.

—Elena Cárdenas.

Alejandro miró la fotografía.

—Déjala entrar.

Minutos después escucharon pasos por el pasillo.

Rosa fue la primera en ponerse de pie.

Elena apareció en la puerta.

Tenía el cabello completamente blanco.

Llevaba un sobre amarillo apretado contra el pecho.

Miró a Mateo.

Al verlo sentado y consciente, comenzó a llorar.

—Gracias a Dios.

Alejandro avanzó.

—¿Qué sabes de Ricardo?

Elena cerró la puerta.

—Mucho más de lo que quisiera.

Dejó el sobre sobre la mesa.

—Ricardo no estaba intentando quedarse únicamente con las acciones de Mateo.

—Entonces ¿qué quería?

Elena miró al joven.

—Impedir que recordara.

Mateo frunció el ceño.

—¿Recordar qué?

Elena abrió el sobre.

Dentro había una declaración firmada por Ana Lucía pocos meses antes de morir.

Alejandro reconoció inmediatamente la letra de su esposa.

La primera línea decía:

“Si mi hijo comienza a enfermar después de cumplir treinta años, no permitan que Guillermo Bernal vuelva a medicarlo.”

Alejandro sintió que las piernas le fallaban.

Ana Lucía había muerto dieciséis años antes.

—¿Cómo podía saberlo?

Elena pasó a la siguiente página.

—Porque esto ya ocurrió una vez.

—¿Con quién?

Elena levantó la mirada hacia Alejandro.

—Con ella.

El silencio llenó la habitación.

—Ana Lucía no murió por la enfermedad que te dijeron.

Alejandro retrocedió.

—No.

—Descubrió transferencias ocultas dentro de Grupo Villarreal. Millones desviados durante años.

—¿Por Ricardo?

—Ricardo y alguien más.

—¿Quién?

Elena miró hacia el pasillo.

—La persona que viene caminando hacia esta habitación ahora mismo.

Se escucharon pasos.

Lentos.

Firmes.

Alejandro esperaba ver a Ricardo.

Pero la puerta se abrió.

Y quien apareció fue su propio padre, Ernesto Villarreal, de ochenta y nueve años, apoyado en un bastón.

El fundador de Grupo Villarreal.

El hombre que llevaba siete años fingiendo que su deterioro cognitivo era demasiado avanzado para reconocer siquiera a su familia.

Ernesto miró directamente a Mateo.

Luego a Alejandro.

Y habló con una claridad perfecta:

—Ya era hora de que alguien dejara de tomar las medicinas de Guillermo.

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