Adrian tomó la fotografía con dedos rígidos.
—Ese hombre es Julian Kane.
Sentí que me faltaba el aire.
Mia levantó la mirada.
—¿Lo conoces?
Adrian tardó demasiado en responder.
—Era mi hermano.
Era.
Aquella palabra cayó como una piedra.
Tomé a Mia de la mano.
—Tenemos que irnos.
Adrian bloqueó suavemente nuestro camino.
—¿Julian es el padre de Mia?
No respondí.
No hacía falta.
Miró a mi hija otra vez.
Sus ojos.
La forma de la nariz.
Incluso aquella pequeña hendidura en la barbilla.
De repente Adrian también podía verlo.
—Dios mío.
Su voz apenas fue un susurro.
—Es mi sobrina.
Mia me miró confundida.
—¿Qué es sobrina?
—Luego te explico.
Adrian cerró la puerta de su oficina.
—Me dijeron que Julian murió hace siete años.
—También me lo dijeron.
Su expresión cambió.
—¿Quién?
Abrí mi bolso y saqué algo que llevaba años conmigo.
Una carta.
Julian había desaparecido tres semanas después de enterarse de mi embarazo.
Dos días más tarde recibí aquella carta.
Decía que no quería una familia.
Que había conocido a otra mujer.
Que jamás volviera a buscarlo.
Adrian leyó las primeras líneas.
Después negó con la cabeza.
—Julian no escribió esto.
—Reconocí su firma.
—Yo también.
Señaló una palabra.
—Pero mi hermano nunca firmaba “Julian Kane”.
Sacó su teléfono y me mostró antiguos documentos.
Todas sus firmas decían simplemente:
J. Alexander Kane.
Sentí un escalofrío.
—¿Alexander?
Adrian me miró.
—Julian era su segundo nombre.
Nunca me lo había contado.
Entonces Adrian abrió la caja fuerte de su oficina.
Sacó una carpeta vieja.
Dentro había un informe policial.
La noche en que Julian supuestamente murió, su coche fue encontrado destruido junto al río.
Nunca recuperaron el cuerpo.
—Mi padre hizo que lo declararan muerto meses después —dijo Adrian.
—¿Por qué?
—Eso llevo años preguntándome.
Entonces Mia tiró suavemente de mi manga.
—Mami.
—¿Qué ocurre?
Sacó otro papel de su mochila.
—La señora mayor me dio esto.
Mi sangre se heló.
—¿Qué señora?
—La que vino ayer a la escuela. Dijo que conocía a papá.
Adrian tomó el sobre.
En el frente aparecía mi nombre.
Dentro había una fotografía reciente.
Julian.
Más delgado.
Una cicatriz atravesándole la mejilla.
Pero vivo.
En el reverso había una dirección de Manhattan y una frase:
Si Mia ya cumplió seis años, se acabó el tiempo. No confíes en ningún Kane.
Adrian se quedó inmóvil.
Entonces sonó su teléfono.
Era seguridad.
—Señor Kane, hay un hombre abajo preguntando por Mia.
Adrian activó el altavoz.
—¿Nombre?
Hubo una pausa.
—Julian Kane.
Sentí que las piernas me fallaban.
Mia sonrió.
—¿Es mi papá?
Pero Adrian no respondió.
Estaba mirando nuevamente aquella advertencia.
No confíes en ningún Kane.

Y debajo, casi invisible, alguien había añadido:
Especialmente en Adrian.