El sábado por la mañana, Daniel salió vestido como si realmente fuera a una actividad de empresa.
—Volveré mañana —dijo mientras cargaba una mochila enorme.
Sonreí.
—Diviértete.
Esperé veinte minutos.
Después llamé a Rodrigo.
No le expliqué nada.
Solo dije:
—Creo que deberías acompañarme al Monte Sur.
Guardó silencio.
—¿Está Sofía allí?
—Será mejor que lo veas tú mismo.
Una hora después llegamos al camping.
El automóvil de Daniel estaba escondido detrás de unos pinos.
El de Sofía estaba junto a él.
Rodrigo dejó de hablar.
Caminamos hasta la zona de acampada.
Allí estaba la famosa tienda doble con techo transparente.
Daniel colocaba mantas mientras Sofía preparaba comida.
Mateo jugaba cerca.
Lucía no estaba.
Mi esposo había utilizado a nuestra hija como excusa para organizar una acampada a la que ni siquiera pensaba llevarla.
Entonces Sofía abrazó a Daniel por detrás.
Rodrigo dio un paso adelante.
—Bonito team building.
Sofía se separó de golpe.
Daniel se quedó blanco.
—Clara…
Saqué mi teléfono.
—No te preocupes. No vine a discutir.
Mostré las fotografías del chat.
—Vine a asegurarme de que nadie pudiera volver a decir que estoy loca.
Rodrigo leyó en silencio.
Cuando llegó al mensaje donde Mateo decía que deseaba que Daniel fuera su padre, cerró los ojos.
Sofía comenzó a llorar.
—Rodrigo, no es lo que parece.
—Entonces explícame qué parece.
Daniel intentó acercarse a mí.
—Podemos hablar en casa.
—Ya no.
Le entregué un sobre.
Dentro estaba la solicitud de divorcio que había preparado dos días antes.
Su rostro cambió.
—¿Estás destruyendo nuestra familia por unos mensajes?
—No.
Lo miré directamente.
—La destruiste cuando convertiste a nuestra hija en coartada.
Daniel soltó una carcajada nerviosa.
—No conseguirás nada. La casa está a mi nombre.
Aquello casi me hizo sonreír.
—Precisamente por eso revisé nuestros documentos.
Su expresión se congeló.
Durante años yo había transferido mi salario a nuestra cuenta conjunta mientras Daniel administraba las inversiones familiares.
Pero mi abogada descubrió algo.
Había retirado dinero durante dieciocho meses.
Hoteles.
Regalos.
La tienda.
Y transferencias mensuales a una cuenta identificada como ST Consulting.
Rodrigo levantó lentamente la cabeza.
—¿ST?
Sofía palideció.
—Clara…
—La empresa está registrada a nombre de Sofía Torres.
Daniel miró a su amante.
—Me dijiste que esa cuenta estaba a nombre de tu hermana.
Rodrigo soltó una risa seca.
—Sofía no tiene hermana.
Por primera vez, Daniel también pareció confundido.
Entonces Rodrigo abrió su teléfono.
—Pero yo sí sé quién creó ST Consulting.
Nos mostró el registro mercantil.
La empresa existía desde hacía cuatro años.
Mucho antes de que Sofía conociera oficialmente a Daniel.
Y había un segundo socio.
Reconocí inmediatamente el nombre.
Eduardo Salazar.
Mi padre.
El hombre que supuestamente había muerto cinco años atrás.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—Eso es imposible.
Rodrigo abrió otro documento.
—Hay algo peor, Clara.
ST Consulting no solo había recibido dinero de Daniel.
Durante tres años había pagado las cuotas de la escuela privada de Lucía.
Miré a Sofía.
Ya no lloraba.
—¿Quién eres realmente?
Ella permaneció callada.
Hasta que Mateo apareció detrás de la tienda.
—Mamá…
Sofía cerró los ojos.
El niño señaló mi teléfono, donde todavía aparecía la fotografía de mi padre.
—Ese es el abuelo Eduardo.
Y en aquel instante comprendí que la aventura de mi marido quizá era solo la parte más pequeña de una mentira que había comenzado años antes.
