PARTE 2: EL VERDADERO PADRE DEL HEREDERO

Daniel amplió el informe.

Debajo del 0,00 % aparecía otra línea.

Coincidencia genética probable: 99,98 %.

Y después, un nombre.

Alejandro Ribas.

Daniel dejó caer el teléfono.

Su hermano mayor.

El hombre que llevaba tres años sentado en el consejo de administración de Helios Technologies.

—¿Qué pasa? —preguntó Sofía.

Daniel la miró.

—¿Alejandro?

La sonrisa desapareció de su rostro.

Eso fue suficiente.

Su madre recogió el teléfono del suelo.

Leyó el resultado.

—Sofía… dime que esto es falso.

Sofía comenzó a llorar.

—Puedo explicarlo.

Daniel salió de la habitación sin escucharla.

Pero afuera lo esperaba otro problema.

Su director financiero tenía siete llamadas perdidas.

Helios había caído un dieciocho por ciento desde mi venta.

Y varios inversores preguntaban por qué una de las fundadoras había liquidado toda su posición sin previo aviso.

Entonces llegó mi segundo regalo.

Un correo programado.

Asunto: Terminación de licencias internacionales.

Daniel lo abrió.

Durante años había permitido que Helios utilizara gratuitamente varias patentes registradas por una sociedad suiza que yo había creado antes de nuestro matrimonio.

La empresa no era propietaria de aquella tecnología.

Yo sí.

Y nuestra licencia contenía una cláusula sencilla:

Si yo dejaba de ser accionista de Helios, la renovación debía negociarse nuevamente.

Daniel me llamó.

No contesté.

Volvió a llamar.

Diecisiete veces.

Finalmente dejó un mensaje.

—Elena, no hagas esto. Podemos hablar.

Lo escuché desde mi habitación en Zúrich.

Después lo eliminé.

Entonces recibí una llamada de mi abogado.

—Hay algo que debe ver.

Me envió documentos internos recuperados durante la revisión de mis participaciones.

Alejandro llevaba meses comprando acciones de Helios mediante sociedades pantalla.

Pero había algo más extraño.

Una de aquellas sociedades había transferido grandes cantidades de dinero a Sofía durante su embarazo.

Daniel creyó que su hermano simplemente había tenido una aventura con ella.

Yo también.

Hasta que mi abogado abrió el último archivo.

—Elena, Alejandro no está intentando quedarse con Sofía.

—Entonces ¿qué quiere?

—Helios.

La respuesta estaba en el acuerdo de accionistas.

Si Daniel tenía un heredero reconocido legalmente y después quedaba incapacitado para dirigir la compañía, ciertas acciones familiares pasarían temporalmente a un fideicomiso administrado por el padrino designado del niño.

Pregunté:

—¿Quién figura como padrino?

Silencio.

—Alejandro Ribas.

Me levanté lentamente.

Aquello nunca había sido únicamente una infidelidad.

El bebé era parte de una estrategia empresarial.

Entonces mi abogado añadió:

—Hay algo todavía peor.

Me mostró el historial médico utilizado para convencer a Daniel de que Sofía esperaba un hijo suyo.

Los documentos habían sido alterados.

Pero la autorización digital pertenecía a alguien de mi propio equipo.

—¿Quién?

Apareció el nombre.

Me quedé inmóvil.

Era Marta Vargas.

Mi hermana.

La misma mujer que me había llamado dos semanas antes para convencerme de no abandonar a Daniel.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje de Marta.

No regreses a España. Alejandro sabe que descubriste el plan.

Tres segundos después llegó otro.

Y Elena… tu venta de acciones no te salvó.

Después apareció una fotografía tomada aquella misma mañana.

Yo estaba sentada junto al lago de Zúrich.

Alguien me había seguido hasta Suiza.

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