PARTE 2: LOS TRES BEBÉS QUE NO ERAN DE ADRIAN

El sobre llegó durante la recepción.

Adrian acababa de levantar su copa cuando un asistente se acercó.

—Señor Cole, entrega privada.

Vivian sonrió.

—¿Otro regalo?

Adrian abrió el sobre.

Cuatro fotografías.

Cuatro certificados.

Cuatro pruebas de ADN.

Su copa cayó al suelo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Victor.

Adrian apenas podía hablar.

—Tengo cuatro hijos.

El salón quedó en silencio.

Vivian palideció.

—Eso es imposible.

Adrian levantó la mirada.

—Son de Elena.

Victor le arrancó los documentos.

99,99 %.

Una coincidencia tras otra.

Su madre tuvo que sentarse.

—Cuatro… —susurró—. ¿Cuatro varones?

Adrian negó lentamente.

—Dos niños y dos niñas.

Después encontró mi nota.

La leyó una vez.

Luego otra.

Y salió corriendo hacia la puerta.

Pero antes de alcanzarla apareció otro mensajero.

—Señor Cole, hay una segunda entrega.

Vivian dejó de respirar.

Esta vez el sobre no llevaba mi nombre.

Procedía de un laboratorio independiente.

Adrian abrió los resultados.

Durante varios segundos permaneció inmóvil.

—Vivian.

Ella retrocedió.

—¿Qué?

—¿Por qué hicieron pruebas de ADN a los trillizos?

Victor frunció el ceño.

—Yo las ordené antes de la boda. Por seguridad.

Adrian pasó a la segunda página.

Su rostro perdió completamente el color.

—Entonces explícame esto.

Probabilidad de paternidad de Adrian Cole: 0,00 %.

La madre de Adrian gritó.

Vivian comenzó a negar.

—¡El laboratorio se equivocó!

—Tres veces —dijo Victor.

Adrian continuó leyendo.

Entonces se quedó rígido.

Había una coincidencia familiar parcial.

Los trillizos sí estaban relacionados con los Cole.

Pero Adrian no era su padre.

—¿Quién? —preguntó Vivian.

Nadie respondió.

Victor tomó el informe.

Sus manos empezaron a temblar.

Posible relación: abuelo paterno.

Adrian levantó lentamente la mirada hacia su padre.

—¿Qué significa esto?

—No significa nada.

Pero Vivian ya estaba llorando.

Y aquella reacción respondió antes que cualquier palabra.

—Dios mío —susurró Adrian.

Victor había sido quien me ofreció doscientos millones.

Victor había insistido en el divorcio inmediato.

Victor había protegido a Vivian.

No porque quisiera nietos.

Porque necesitaba que todos creyeran que los trillizos pertenecían a su hijo.

Adrian agarró a su padre por la chaqueta.

—¿Te acostaste con ella?

—¡No!

Vivian soltó un sollozo.

—Adrian, escúchame. Tu padre no es el padre.

Todos quedaron inmóviles.

Victor palideció todavía más.

—Cállate.

Adrian soltó lentamente su chaqueta.

—Entonces ¿quién?

Vivian miró hacia el fondo del salón.

Un hombre acababa de entrar.

Treinta años.

Traje negro.

El mismo rostro de Adrian, pero con una cicatriz sobre la ceja.

La madre de Adrian dejó escapar un grito.

—No puede ser…

El desconocido sonrió.

—Hola, mamá.

Adrian se volvió hacia ella.

—¿Quién es?

Ella empezó a llorar.

—Tu hermano.

—No tengo ningún hermano.

El hombre avanzó.

—Sí lo tienes.

Miró los resultados de ADN.

—Y esos tres niños son míos.

Después dirigió los ojos hacia Victor.

—Pero si vamos a revelar secretos familiares, padre, deberías contarle a Adrian por qué pagaste doscientos millones para expulsar a Elena antes de que nacieran sus cuatro hijos.

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