PARTE 2: EL NIÑO QUE TRAJO DE VUELTA A MI HERMANA

—Eleanor —susurró el niño.

Sentí que el salón desaparecía a mi alrededor.

Eleanor Whitmore.

Mi hermana.

La muchacha cuya fotografía llevaba veinte años guardada en mi despacho.

—¿Tu madre está viva?

El niño asintió.

—Está enferma.

Volví a sentarme lentamente.

—¿Cómo te llamas?

—Samuel.

Ordené cerrar inmediatamente todas las puertas.

Nadie saldría hasta que entendiera qué estaba ocurriendo.

Samuel abrió el reloj.

Dentro había una fotografía diminuta.

Eleanor.

Más vieja.

Más delgada.

Pero indudablemente ella.

A su lado estaba Samuel.

—¿Dónde está?

—Mamá dijo que no podía decírtelo hasta saber si todavía eras bueno.

Aquellas palabras dolieron más de lo esperado.

—¿Por qué desapareció?

Samuel sacó una hoja doblada del bolsillo.

Reconocí la letra antes de leer una sola palabra.

Charlie:

No me fui porque quisiera.

Mis manos comenzaron a temblar.

El hombre que me llevó hace veinte años todavía está cerca de ti. Si Samuel consiguió encontrarte, significa que ya no puedo seguir escondiéndome.

Miré alrededor del salón.

Empresarios.

Políticos.

Viejos aliados.

Hombres que habían trabajado para mi familia durante décadas.

La carta continuaba:

No confíes en nadie que lleve el anillo negro.

Se me heló la sangre.

Solo tres hombres de mi organización utilizaban aquel anillo.

Dos estaban muertos.

El tercero estaba en aquella sala.

Vincent Hale.

Mi consejero durante veintisiete años.

El hombre que me había acompañado durante cada búsqueda de Eleanor.

Vincent notó mi mirada.

Y lentamente escondió la mano en el bolsillo.

—Cierren las puertas —ordené.

Vincent corrió.

Mis guardias lo derribaron antes de llegar al ascensor.

Samuel no pareció sorprendido.

—Mamá dijo que haría eso.

Entonces sacó otra cosa.

Una fotografía reciente.

Mostraba a Eleanor frente a una pequeña casa con una puerta roja.

—Llévame con ella.

Samuel miró mis piernas.

—Primero tienes que caminar.

Extendió su mano.

La tomé.

Un paso.

Después otro.

Cada movimiento dolía como fuego.

Pero caminé.

Los invitados observaban en absoluto silencio mientras un niño descalzo ayudaba al hombre más temido de Nueva York a cruzar el salón.

Entonces miré nuevamente la fotografía.

Había alguien reflejado en la ventana detrás de Eleanor.

Amplié la imagen con mi teléfono.

Mi corazón se detuvo.

—Samuel… ¿quién tomó esta foto?

—Mi abuelo.

No podía ser.

El hombre reflejado llevaba el mismo rostro que aparecía en el retrato principal de la mansión Whitmore.

Mi padre.

El hombre cuyo funeral había celebrado dieciocho años atrás.

Samuel apretó mi mano.

—Mamá dice que la persona que hizo desaparecer a nuestra familia nunca murió.

Y por primera vez comprendí que quizá Eleanor no había pasado veinte años escondiéndose de mis enemigos.

Había estado escondiéndose de nuestro propio padre.

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