St. Marcel’s pertenecía a una de las empresas de Dorian.
Por eso no me sorprendió que un médico nos recibiera antes de que terminara de llenar el formulario.
Lo que sí me sorprendió fue su expresión después de revisar los análisis.
—Señora Voss, está embarazada de doce semanas.
Siete palabras.
Y todo mi mundo se detuvo.
Dorian también dejó de respirar.
—Eso es imposible —susurré.
El médico giró la pantalla.
Tres pequeños latidos aparecieron frente a nosotros.
—En realidad, hay algo más.
Me agarré al borde de la camilla.
—¿Qué?
—Son trillizos.
Dorian se levantó tan rápido que la silla cayó detrás de él.
No parecía feliz.
Parecía aterrorizado.
—Repita los análisis —ordenó.
—Ya lo hicimos dos veces.
Entonces comprendí que aquello no era simple incredulidad.
Dorian sabía algo.
—¿Qué ocurre?
No respondió.
Su teléfono vibró.
Miró el mensaje y su rostro perdió el color.
—Cierra esta planta —dijo a uno de sus hombres—. Nadie entra ni sale.
—¡Dorian!
Finalmente me miró.
—El divorcio no fue idea mía.
Sentí como si me hubieran golpeado.
—Tú presentaste los papeles.
—Porque alguien amenazó con matarte si seguías siendo Alina Cross.
Sacó su teléfono.
Durante ocho meses había recibido fotografías mías.
Saliendo del gimnasio.
Comprando café.
Durmiendo junto a la ventana de nuestro dormitorio.
La última mostraba mi nuevo apartamento.
Debajo había una frase:
LA ESPOSA PUEDE DESAPARECER. EL HEREDERO NO.
—Por eso llegabas de madrugada —murmuré.
—Estaba buscando a quien nos vigilaba.
Entonces entró el médico nuevamente.
Llevaba otro expediente.
—Señor Cross, tenemos un problema con los análisis genéticos.
Dorian se puso rígido.
Los trillizos estaban sanos.
Pero el laboratorio había detectado una coincidencia extraordinaria con una muestra almacenada hacía veintinueve años.
Mi muestra.
—Yo nunca estuve aquí hace veintinueve años.
El médico tragó saliva.
—Usted no.
Abrió el archivo.
PACIENTE: ELENA VOSS.
Mi madre.
Muerta cuando yo tenía once años.
Dorian cerró los ojos.
Él reconocía el nombre.
—¿Conocías a mi madre?
—No personalmente.
Su respuesta llegó demasiado rápido.
El médico continuó.
Elena había participado en un programa privado de fertilidad financiado por Cross Biomedical.
Y existía una segunda muestra relacionada genéticamente conmigo.
Padre biológico:
Alexander Cross.
Miré a Dorian.
—¿Quién es Alexander?
Por primera vez desde que lo conocía, vi miedo auténtico en sus ojos.
—Mi padre.
El aire desapareció de la habitación.
—Eso significaría que tú y yo…
—No.
Dorian tomó el informe.
—Mi padre murió estéril. Hay pruebas.
El médico negó lentamente.
—Entonces alguien falsificó uno de los dos expedientes.
Una alarma comenzó a sonar en el pasillo.
Uno de los guardaespaldas entró corriendo.
—Señor Cross, alguien acaba de intentar acceder al laboratorio.
—¿Quién?
El hombre colocó una fotografía de seguridad sobre la mesa.
Reconocí inmediatamente a la mujer.
Margaret Cross.
La madre de Dorian.
La mujer que había organizado nuestra boda tres años atrás.
En la imagen sostenía una carpeta.
En la portada podía leerse:
PROYECTO VOSS — EMBARAZO CONFIRMADO.
Fecha:
Dos semanas antes de que yo supiera que estaba embarazada.
Entonces llegó un mensaje al teléfono de Dorian.
Era de su madre.

No firmes el divorcio. Ya tenemos los tres herederos que necesitábamos.
Levanté la mirada hacia mi marido.
Y comprendí algo mucho peor que descubrir que nuestro matrimonio había sido vigilado.
Alguien había planeado mi embarazo antes de que Dorian y yo decidiéramos separarnos.