Cuando llegué a Aurora, la directora me esperaba en el vestíbulo.
—Su hija está en el nivel de servicio —dijo—. No debería causar problemas.
—¿Quién autorizó que la trasladaran?
—El señor Reeves.
—¿Y quién dirige este centro?
Su sonrisa vaciló. Mi asistente le mostró los documentos de propiedad. La directora se quedó sin palabras.
—Nadie entra en la habitación de Clara —ordené—. Aseguren las grabaciones y llamen a una médica independiente.
Encontré a mi hija en una habitación estrecha, con su recién nacida en brazos. Tenía una vía en la mano y marcas visibles en el rostro. Cuando me vio, intentó sonreír.
—Mamá, no quería preocuparte.
Me senté junto a ella.
—No tienes que protegerme de lo que te hicieron.
La médica examinó a Clara y a la bebé. Ambas necesitaban atención inmediata, así que las trasladamos a una suite privada bajo vigilancia. Antes de salir, Clara me apretó los dedos.
—No dejes que Daniel se lleve a mi hija.
—No se la llevará.
Daniel llegó poco después con Mia. Entró furioso, pero se detuvo al ver a los guardias y a mi abogada.
—Esto es un asunto familiar —dijo.
—Agredieron a mi hija y falsificaron autorizaciones en mi centro —respondí—. Ya entregamos las grabaciones a la policía.
Mia levantó la barbilla.
—Yo soy la verdadera señorita Montenegro.
—No —dije—. Eres Mia Lewis, y te di una oportunidad cuando necesitabas ayuda. Eso no te dio derecho a mi apellido, a mi empresa ni a la vida de mi hija.
Daniel quiso acercarse a la habitación. La seguridad se lo impidió. Mi abogada le informó que Clara había iniciado el proceso de divorcio y solicitado medidas para proteger a la bebé.
La investigación confirmó que el traslado de Clara se hizo sin su consentimiento y que el centro había ocultado el incidente que provocó el parto prematuro. Suspendí a la directora y a todo empleado que hubiera alterado los registros. La policía se hizo cargo de las agresiones y del fraude.
Semanas después, Clara volvió a casa con su hija. No le pedí que regresara a la empresa ni que perdonara a nadie. Solo le pregunté qué necesitaba.
—Que me creas —respondió.
Le tomé la mano.
—Siempre debí hacerlo.
Daniel había llamado heredera a su hijo imaginario para reclamar mi imperio.
Pero la única persona con derecho a decidir qué hacer con nuestro apellido era mi hija.