—¿Dónde está Emma? —pregunté al camarero.
El hombre bajó la mirada.
—En la cocina, señor.
Atravesé el salón mientras las risas se apagaban a mi paso. Mi madre dejó la copa sobre la mesa.
—¿Qué haces aquí? —dijo, perdiendo el color.
No respondí. Seguí hasta la cocina y encontré a Emma junto al fregadero, con un delantal blanco y las manos enrojecidas por el agua caliente. Tenía una bandeja apoyada contra la cadera.
Cuando me vio, se quedó inmóvil.
—¿Qué te hicieron? —pregunté.
—Nada que no pudiera soportar.
Dejé la caja de terciopelo sobre la mesa.
—Esta casa es tuya también.
Emma soltó una risa triste.
—Eso decía yo. Hasta que tu madre cambió las cerraduras y Jennifer empezó a decirles a todos que yo era una invitada. Me quedé porque no quería que echaran a los empleados que dependían de este trabajo.
Volví al salón.
—Quiero los libros de cuentas. Ahora.
Michael intentó bromear, pero nadie se rio. Mi madre protestó. Jennifer dijo que todo estaba autorizado. Entonces el administrador de la propiedad apareció con una carpeta que había guardado durante meses: transferencias a empresas vinculadas a mi hermano, facturas falsas y documentos firmados en mi nombre.
También había una carta de Emma pidiendo ayuda. Nunca me la habían enviado.
Miré a mi familia.
—Tienen una hora para recoger sus cosas.
—No puedes echarnos —dijo mi madre—. Somos tu sangre.
—Precisamente por eso confié en ustedes.
Mi abogado llegó antes de que terminara la fiesta. Ordenó preservar los registros y revisar cada movimiento. Nadie volvió a brindar.
Cuando el salón quedó vacío, le entregué a Emma la caja.
Dentro estaba el collar de diamantes que había comprado para ella.
—No quiero que intentes arreglar cinco años con una joya —dijo.
—Tienes razón.
Dejé la caja a un lado.
—No espero que me perdones esta noche. Solo quiero escucharte, si algún día quieres hablar.
Emma miró la casa, luego a los empleados que seguían esperando instrucciones.
—Mañana empezamos por devolverles lo que les quitaron —dijo—. Después veremos qué queda de nosotros.
Asentí.
Había vuelto creyendo que llevaría a Emma el mundo.
Esa noche entendí que primero tenía que ayudarla a recuperar su propia casa.