Julián pidió otra copa para él.
Para mí, agua.
Lo miré con sorpresa.
—¿Cómo sabes que ya no quiero beber?
Sonrió.
—Sigues frunciendo la nariz después del primer cóctel. Hacías lo mismo con el jarabe cuando tenías quince años.
Me reí.
Gabriel jamás recordaba detalles así.
—¿Cuándo volviste?
—Hace seis meses.
—¿Y no me buscaste?
La sonrisa de Julián desapareció.
—Lo hice.
Sacó el teléfono.
En la pantalla había varios mensajes enviados a mi antiguo número.
Ninguno había llegado hasta mí.
—Ese número lo canceló Gabriel hace dos años —murmuré.
Julián me observó.
—Entonces quizá deberías preguntarte por qué respondió alguien diciendo que no querías volver a verme.
Sentí un escalofrío.
—¿Respondieron?
Me mostró el mensaje.
Irene está comprometida. No vuelvas a molestarla.
Debajo aparecía otro.
Ella eligió su vida. Respétala.
—Pensé que eras tú —dijo Julián.
No lo era.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.
Gabriel.
Lo silencié.
Volvió a llamar.
Después llegó un mensaje.
¿Dónde estás?
Otro.
Faltan tus cosas.
Por primera vez en cuatro años, no contesté.
Julián miró la pantalla.
—¿Él?
Asentí.
—Ya terminó.
Julián no sonrió.
Solo dijo:
—Entonces vuelve a casa.
Aquellas palabras casi me hicieron llorar.
A la mañana siguiente debía tomar el tren hacia mi pueblo.
Pero antes de salir del bar, Julián me entregó una carpeta.
—Tu madre me pidió que te diera esto cuando estuvieras preparada.
La abrí.
Dentro había documentos de una empresa llamada Reyes-Alarcón Capital.
Reconocí inmediatamente el apellido.
—¿Qué tiene esto que ver con Gabriel?
—Todo.
Julián señaló una firma.
Era de mi padre.
Antes de morir, había invertido en la primera empresa de la familia Alarcón.
Las acciones pasaron a mi nombre.
Durante años permanecieron dentro de un fideicomiso.
—Irene, tú posees el dieciocho por ciento del grupo que Gabriel dirige.
Me quedé helada.
—Eso es imposible.
—Gabriel lo sabe.
Sentí que el suelo desaparecía.
Julián sacó otro documento.
Una solicitud presentada cuatro años atrás.
La fecha coincidía exactamente con la semana en que Gabriel comenzó a acercarse a mí.
—¿Qué es?
—Una petición para comprar tus acciones.
Solicitante:
Gabriel Alarcón.
Había sido rechazada porque solo yo podía autorizar la venta.
Entonces entendí algo terrible.
Quizá Gabriel no me había elegido porque yo era obediente.
Quizá me había mantenido cerca porque necesitaba que siguiera siendo exactamente eso.
Mi teléfono volvió a sonar.
Esta vez contesté.
—¿Irene? —La voz de Gabriel estaba extrañamente tensa—. ¿Dónde estás?
—¿Por qué?
Silencio.
Luego preguntó:
—¿Estás con Julián Reyes?
Miré al hombre frente a mí.
Nunca le había dicho a Gabriel que conocía a Julián.
—¿Cómo sabes que está aquí?
Gabriel no respondió.
Julián tomó lentamente mi carpeta y abrió la última página.
Había una fotografía.
Gabriel y Julián.
Juntos.
Tomada cinco años atrás.
Un año antes de que Gabriel y yo empezáramos nuestra relación.
En el reverso, alguien había escrito:
“Irene nunca debe descubrir cuál de los dos fue enviado primero para acercarse a ella.”
Levanté la mirada hacia Julián.
Su rostro había perdido toda expresión.
Entonces comprendí que mi regreso al pueblo quizá tampoco era un reencuentro casual.
