Durante los siguientes dos días fingí no recordar nada.
Adrian se tragó cada mentira.
—¿La boda? —pregunté débilmente.
Su expresión se llenó de falsa tristeza.
—La cancelamos. Lo único importante eres tú.
—¿Y Elena?
Sus dedos se tensaron alrededor de los míos.
—¿Elena? Apenas hablamos.
Sonreí.
Perfecto.
Seguía creyendo que yo era estúpida.
Lo que Adrian ignoraba era que, antes del accidente, mi padre había instalado una aplicación de emergencia en mi teléfono.
Grababa automáticamente cuando detectaba una caída violenta.
El accidente había activado el sistema.
Y la grabación nunca se detuvo.
Aquella noche pedí a la enfermera que me entregara mi teléfono.
El archivo duraba cuarenta y siete minutos.
Escuché el impacto.
La voz del conductor.
Luego algo que hizo que me temblaran las manos.
—Señor Shaw, ya está hecho.
La respuesta de Adrian llegó por el altavoz del coche.
—Asegúrate de que sobreviva. La necesito viva.
Guardé tres copias.
Después llamé a mi hermano mayor, Nathan.
No hablábamos desde hacía cuatro años.
Pero cuando escuchó mi voz, solo preguntó:
—¿Quién te hizo daño?
—Adrian.
Nathan llegó antes del amanecer con un abogado y un neurocirujano.
El especialista revisó mis imágenes durante veinte minutos.
Después su rostro cambió.
—Grace, ¿quién dijo que tu parálisis era irreversible?
—El médico de Adrian.
—Está mintiendo.
Me mostró las imágenes.
La cirugía que podía aliviar la compresión de mi médula todavía era posible.
Adrian no solo había retrasado mi tratamiento.
Había falsificado el informe que afirmaba que jamás volvería a caminar.
Nathan golpeó la mesa.
—Lo destruiremos.
—Todavía no.
Quería saber hasta dónde llegaba aquello.
Entonces revisamos el expediente quirúrgico.
No existía consentimiento para una histerectomía.
Pero sí había una autorización falsificada.
Mi supuesta firma aparecía al final.
Y como testigo figuraba Elena.
Nathan se quedó helado.
—Grace…
Había otra página.
Un análisis genético realizado tres meses antes del accidente.
Paciente: Mia Shaw.
Madre biológica: Elena Cross.
Padre biológico: Adrian Shaw.
Debajo aparecía una segunda solicitud.
Compatibilidad con Grace Bennett.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué analizaron mi compatibilidad con Mia?
Nathan pasó a la página siguiente.
Entonces perdió el color.
Mia padecía una enfermedad hereditaria.
Necesitaría probablemente un trasplante en pocos años.
Y yo aparecía registrada como posible donante.
Finalmente entendí.
Adrian no quería simplemente una esposa paralizada para criar a su hija.
Quería mantenerme disponible para salvarla.
Pero Nathan señaló una fecha.
—Mira esto.
El análisis de compatibilidad había sido solicitado cuatro años atrás.
Un año antes de que Mia supuestamente naciera.
—Eso es imposible.
Entonces la puerta se abrió.
El médico que había discutido con Adrian entró apresuradamente.
Cerró detrás de él.
—Señorita Bennett, tenemos que sacarla del hospital.
—¿Por qué?
Me entregó una fotografía antigua.
Adrian aparecía sosteniendo a una recién nacida.
En la parte posterior estaba escrito:
MIA — 6 DE JUNIO, HACE CUATRO AÑOS.
Pero la niña que Adrian sostenía no era Mia.
Yo conocía aquel rostro.
Era el mío.
La fotografía había sido tomada cuando yo era bebé.
Levanté la mirada, horrorizada.
El médico susurró:
—Grace, Mia no necesita su útero ni solamente su médula.
Tragó saliva.
—Adrian la eligió a usted muchos años antes de conocerla.
Y entonces comprendí que nuestro supuesto encuentro de infancia quizá tampoco había sido una casualidad.
