—Julian no solo quiere encontrarte —dijo mi antiguo conocido—. Quiere que vuelvas a declarar.
—Ya declaré.
—Lo sé. Pero la investigación del incendio volvió a abrirse.
La cuchilla seguía en mi mano. La dejé sobre la tabla antes de mirar a mis padres. Mi madre había regresado con una bolsa de verduras; mi padre observaba la conversación desde su silla.
—¿Por qué ahora? —pregunté.
Mi amigo sacó un sobre del bolsillo. No tenía remitente, solo mi nombre escrito con la letra inclinada de Celeste.
No lo abrí.
—¿Ella está viva?
—Sí. Está en Londres. Su abogado contactó a los investigadores hace dos semanas.
Mi madre se acercó a la silla de mi padre y le tomó la mano.
—Entonces por fin hablará —dijo.
—¿Hablará de qué?
Mi padre tardó en contestar. Durante tres años había evitado mencionar el almacén. Cuando le preguntaba por aquella noche, cambiaba de tema o decía que lo importante era que seguíamos juntos.
—El día del incendio, escuché a dos hombres discutir —dijo al fin—. Julian se fue después de que le diéramos la dirección. Pero alguien llegó al almacén más tarde.
Sentí que el mercado entero se alejaba.
—¿Quién?
—No pude verle la cara. Tu madre sí.
Ella apretó los labios.
—Llevaba un abrigo claro. Y Celeste tenía uno igual.
El sobre tembló entre mis dedos. Lo abrí.
La carta era breve.
“Julian me encontró en la isla aquella noche. Me dijo que tus padres ya estaban a salvo y que tú no querías volver a verlo. Creí que todos habían salido del almacén. Supe la verdad meses después. No te pido que me perdones. Voy a contar lo que vi.”
Debajo estaba la fecha de su declaración y el nombre de su abogada.
Mi padre bajó la voz.
—Nora, no sabemos si Celeste dice la verdad. Pero sé que la persona que entró al almacén llevaba una llave del lugar.
Miré a mi madre.
Ella tragó saliva.
—Julian no tenía esa llave.
El teléfono del puesto vibró. Número desconocido. Contesté sin hablar.
Una voz de mujer susurró:
—Nora, no dejes que tu padre te cuente todo. Él sabe quién cerró la puerta.
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