PARTE 2: LA CITA QUE ISABEL NUNCA LLEGÓ A CUMPLIR

A las seis y veinte de la mañana ya estaba despierta.

Adrian no había regresado.

Me duché, preparé una pequeña bolsa y dejé el convenio de divorcio sobre la mesa.

Entonces sonó el teléfono.

Era mi abogada.

—Isabel, tenemos un problema.

—¿Qué ocurrió?

—Adrian abrió el correo esta madrugada.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Firmó?

—No. Me llamó tres veces preguntando por qué solicitaste el divorcio.

Miré el reloj.

—Ya no importa.

Colgué.

Una hora después llegué al hospital.

Pero cuando la enfermera estaba terminando mi ingreso, escuché pasos apresurados.

—Isabel.

Me giré.

Adrian estaba allí.

Tenía la misma ropa de la noche anterior.

—¿Qué haces aquí?

No respondí.

Sus ojos bajaron hacia mi pulsera hospitalaria.

Después hacia el formulario que sostenía la enfermera.

Vi exactamente cuándo comprendió.

—¿Estás embarazada?

Silencio.

—Isabel.

—Nueve semanas.

Su rostro quedó completamente blanco.

—¿Nueve…?

Asentí.

—¿Es mío?

Aquella pregunta destruyó lo último que quedaba.

—Firma el divorcio, Adrian.

Intentó acercarse.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Solté una risa amarga.

—Ayer trajiste al control prenatal de otra mujer al consultorio de tu esposa embarazada.

—El bebé de Natalie no es mío.

—Nunca dije que lo fuera.

Se quedó inmóvil.

Entonces apareció Natalie al final del pasillo.

Venía acompañada por un hombre mayor.

Al verme, frenó.

—Doctora Moore…

Adrian giró hacia ella.

—Natalie, ahora no.

Pero el hombre que la acompañaba miró a Adrian con furia.

—Esto es culpa tuya.

Natalie comenzó a llorar.

—Papá, basta.

Yo ya no entendía nada.

El hombre señaló a Adrian.

—Dile la verdad a tu esposa. Dile por qué llevas cinco meses acompañando a Natalie.

Adrian apretó la mandíbula.

—No aquí.

—¿Qué verdad? —pregunté.

Natalie se secó las lágrimas.

—Mi bebé tiene una enfermedad genética.

Sentí que mi instinto médico despertaba.

—¿Cuál?

Me dijo el nombre.

Mi respiración se detuvo.

Era rara.

Hereditaria.

Y había algo que no encajaba.

—Para confirmarla necesitaron estudiar al padre.

Natalie asintió.

—Sí.

—Entonces ¿dónde está?

Miró a Adrian.

Por primera vez sentí verdadero miedo.

Adrian sacó lentamente un sobre de su chaqueta.

—Isabel, hace seis meses Natalie vino a buscarme porque necesitaba encontrar al padre biológico del bebé.

—¿Y qué tienes tú que ver?

No respondió inmediatamente.

Fue Natalie quien lo hizo.

—Porque el hombre que me dejó embarazada es el hermano de Adrian.

Fruncí el ceño.

Adrian era hijo único.

Al menos eso había creído durante todo nuestro matrimonio.

—Adrian no tiene hermanos.

El padre de Natalie soltó una carcajada sin humor.

—Eso es lo que su familia lleva treinta y cuatro años diciendo.

Adrian me entregó el sobre.

Dentro había una prueba genética.

Dos nombres.

Adrian West.

Gabriel West.

Coincidencia: hermanos biológicos.

—Gabriel desapareció hace cinco meses —dijo Adrian—. He estado ayudando a Natalie a encontrarlo.

Me temblaron las manos.

Aquello explicaba muchas cosas.

Pero no las mentiras.

No los hoteles.

No las noches desaparecido.

Y desde luego no cambiaba la decisión que me había llevado hasta allí.

Entonces vi otra hoja dentro del sobre.

Un análisis diferente.

Con mi nombre.

ISABEL MOORE.

Levanté la cabeza lentamente.

—¿Por qué tienes un análisis genético mío?

Adrian palideció.

Natalie dejó de llorar.

—Isabel…

Retrocedí.

—¿Qué hicieron?

Adrian intentó tomarme la mano.

No se lo permití.

—Tu embarazo no es la primera razón por la que quería hablar contigo hoy.

—¿Qué significa eso?

Me mostró la última página.

Y comprendí por qué había parecido tan alterado al verme en el consultorio.

Mi ADN aparecía relacionado con el de Gabriel.

No de forma lejana.

Compartíamos suficiente material genético para que solo existieran unas pocas explicaciones posibles.

Adrian habló casi en un susurro.

—Gabriel desapareció después de descubrir quién eres realmente.

Antes de que pudiera exigir una explicación, las puertas del ascensor se abrieron.

Un hombre demacrado salió apoyándose en una enfermera.

Natalie dejó escapar un grito.

—¡Gabriel!

Pero él no miró a Natalie.

Me miró directamente a mí.

Y pronunció el nombre de mi madre, fallecida hacía veintidós años.

Después dijo:

—Isabel, no permitas que hagan nada con ese bebé hasta que sepas lo que tu madre hizo para mantenerte con vida.

Related Posts

PARTE 2: EL PRESIDENTE BAJÓ SIN AVISAR

—No hagas nada por mí —le dije—. Solo revisa la filial como revisarías cualquier otra. Mi padre guardó silencio. —Lucía, llevo treinta años dirigiendo este grupo. Sé…

PARTE 2: EL PRESIDENTE BAJÓ SIN AVISAR

—No hagas nada por mí —le dije—. Solo revisa la filial como revisarías cualquier otra. Mi padre guardó silencio. —Lucía, llevo treinta años dirigiendo este grupo. Sé…

PARTE 2: LA EVIDENCIA QUE MICHAEL NO PUDO BORRAR

El detective Daniel Reeves había trabajado bajo mi mando durante once años. Se recompuso inmediatamente. —Señor. —Hoy soy solamente el padre de Emily. Daniel entendió. No quería…

PARTE 2: LA MATRÍCULA ERA SOLO EL PRINCIPIO

Héctor me miró como si acabara de hablar en otro idioma. —¿Divorcio? —Sí. —Camila, llevamos casados tres días. —Precisamente. Me has ahorrado años. Uno de los agentes…

PARTE 2: LA CANCIÓN QUE GABRIEL NUNCA SUPO QUE ERA MÍA

Me senté frente al piano sin pensar demasiado. Arthur dejó el té sobre una mesa. —¿Qué va a tocar? Miré las teclas. —Algo que escribí hace mucho…

PARTE 2: LA VERDAD SOBRE AQUELLA NOCHE

—Nora, nadie saldrá de aquí hasta que sepamos exactamente qué ocurrió aquella noche. El abuelo de Adrian golpeó una vez el suelo con su bastón. Los guardaespaldas…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *