Héctor me miró como si acabara de hablar en otro idioma.
—¿Divorcio?
—Sí.
—Camila, llevamos casados tres días.
—Precisamente. Me has ahorrado años.
Uno de los agentes se acercó para tomar mi declaración sobre el teléfono.
Cuando mencioné su valor, Héctor intentó interrumpirme.
—Fue un accidente.
—Hay cámaras —respondió el agente.
Por primera vez, Héctor guardó silencio.
Cuarenta minutos después llegó mi abogado, Julián Torres.
Traía una carpeta.
—Tenemos otro problema.
La abrió delante de mí.
El Maybach que Héctor había entregado a Valentina no solo pertenecía legalmente a mi familia.
Aquella mañana alguien había intentado cambiar su titularidad.
A nombre de Valentina Herrera.
—¿Quién presentó la solicitud?
Julián deslizó una copia hacia mí.
Firma del solicitante:
Camila Mendoza.
Me quedé helada.
—Yo nunca firmé esto.
Héctor palideció.
Lo miré.
—¿Falsificaste mi firma?
—No.
Esta vez le creí.
Porque su miedo parecía demasiado real.
Entonces un agente regresó acompañado de Valentina.
Ya no parecía la mujer elegante que había llegado aquella mañana a su nuevo empleo.
Estaba llorando.
—Héctor, dijiste que Camila estaba de acuerdo.
Él se levantó.
—¿De acuerdo con qué?
Valentina sacó unos documentos del bolso.
—Con el coche. Con la matrícula. Con todo.
Entre ellos había una autorización aparentemente firmada por mí.
Pero había algo peor.
Un contrato prenupcial complementario.
Según aquel documento, yo cedía a Héctor el control administrativo de varios bienes recibidos de mis padres después del matrimonio.
Incluido el Porsche.
El Maybach.
Y participaciones en dos empresas familiares.
—Esto es falso —susurré.
Julián examinó la fecha.
—Fue registrado ayer.
Dos días después de nuestra boda.
Héctor se volvió hacia Valentina.
—¿Quién te dio esto?
Ella dejó de llorar.
Sus ojos fueron hacia la puerta.
—Tu madre.
El rostro de Héctor perdió todo el color.
Su madre, Teresa Suárez, había organizado prácticamente nuestra boda.
También había insistido en que firmara varios documentos “para actualizar los datos familiares” después de la ceremonia.
Sentí un escalofrío.
—Julián, revisa todo lo que firmé aquella semana.
Una hora después llegó la respuesta.
Había cuatro documentos auténticos.
Y siete añadidos después.
Mi firma había sido escaneada.
Pero el verdadero golpe estaba en una transferencia bancaria.
La noche de nuestra boda, 4,8 millones habían salido de una cuenta vinculada a mi dote hacia una sociedad llamada VH Capital.
Valentina Herrera.
Ella retrocedió.
—Yo no tengo ninguna empresa.
Julián levantó la mirada.
—Sí la tienes. Fue constituida hace seis meses.
—Eso es imposible.
Entonces Héctor pareció recordar algo.
—Seis meses…
Me miró.
—Mi madre fue quien insistió en que me casara contigo exactamente este año.
El silencio se volvió pesado.
Su teléfono comenzó a sonar.
Mamá.
Héctor contestó en altavoz.
—¿Qué hiciste?
Teresa no respondió inmediatamente.
Luego habló con una tranquilidad aterradora.
—¿Camila sigue contigo?
Nadie contestó.
—Perfecto —continuó—. No permitas que salga de la comisaría hasta que firme.
Sentí frío.
—¿Firmar qué?
Teresa soltó una pequeña risa.
—El documento que convierte en irreversible la transferencia.
Julián frunció el ceño.
—Señora Suárez, esa operación es fraude.
Hubo otro silencio.
Entonces Teresa dijo algo que hizo que incluso Héctor se sentara.
—Pregúntenle al padre de Camila de dónde salieron realmente esos 4,8 millones.
Miré a Julián.
Él bajó lentamente la carpeta.
—Camila…
—¿Qué?
Mi abogado tragó saliva.
—Hay algo que tu familia nunca te contó sobre tu dote.
Y entonces comprendí que Héctor quizá no se había casado conmigo por amor.
Pero tampoco había sido él quien había diseñado aquella boda.
