—Activen el protocolo.
Ricardo perdió el color.
Beatriz, en cambio, sonrió.
—¿Qué protocolo?
No respondí.
Treinta segundos después, las puertas de urgencias quedaron bloqueadas.
Dos agentes de investigación militar y una fiscal federal entraron acompañados por seguridad.
Ricardo retrocedió.
—Esto es un asunto familiar.
—Dejó de serlo cuando golpeaste a mi hija —dije.
Lucía seguía abrazando el relicario.
Me acerqué y susurré:
—¿Está completo?
Asintió.
Beatriz lo oyó.
—¡Quítenle esa cosa!
Aquello confirmó mis sospechas.
La fiscal levantó una mano.
—Nadie toca a la señora De la Vega.
Liberamos las correas.
Entonces Lucía abrió el relicario.
Dentro no había una fotografía.
Había una diminuta tarjeta de memoria.
Ricardo cerró los ojos.
—Lucía, no sabes lo que estás haciendo.
—Sí —respondió ella—. Llevo siete meses haciéndolo.
Conectamos la tarjeta a un equipo seguro.
Aparecieron cientos de documentos.
Facturas.
Contratos hospitalarios.
Transferencias internacionales.
Registros de medicamentos que oficialmente habían sido destruidos.
Lucía había descubierto que empresas vinculadas a los De la Vega facturaban suministros médicos que jamás llegaban a hospitales públicos.
Más de seiscientos millones de pesos.
Pero aquello no explicaba sus moretones.
Entonces apareció una carpeta llamada SAN GABRIEL.
Contenía expedientes de personas ingresadas involuntariamente en la clínica.
Empresarios.
Funcionarios.
Dos periodistas.
Todos habían descubierto algo relacionado con los contratos.
Todos habían sido declarados mentalmente incompetentes por el mismo médico.
Doctor Santillán.
El hombre que acababa de firmar el traslado de Lucía.
—Dios mío —murmuró la fiscal.
Beatriz corrió hacia la salida.
Los agentes la detuvieron.
Ricardo no se movió.
Solo miraba a Lucía.
—Te advertí que dejaras de investigar.
Mi hija levantó lentamente la vista.
—Y después me golpeaste.
Ricardo guardó silencio.
Pero Lucía negó con la cabeza.
—Mamá, todavía no entiendes.
Sacó un segundo objeto del interior del relicario.
Un diminuto papel doblado.
Era una lista de nombres.
Cuando vi el primero, sentí que el estómago se me cerraba.
—¿De dónde sacaste esto?
—Del despacho de Ricardo.
La fiscal observó mi reacción.
—Coronel, ¿qué ocurre?
No podía apartar los ojos del documento.
Aquellos nombres pertenecían a oficiales vinculados a contratos militares.
Y uno aparecía repetido junto a cada operación importante.
General Arturo Ramírez.
Mi hermano.
El hombre que había recomendado personalmente a Ricardo para casarse con Lucía.
Entonces mi teléfono vibró.
Era Arturo.
Contesté.
Durante varios segundos ninguno habló.
Finalmente, mi hermano dijo:
—Elena, escucha con mucha atención. Saca a Lucía de ese hospital ahora mismo.
Miré a los agentes.
—¿Por qué?
Su respiración se volvió pesada.
—Porque Ricardo nunca fue quien dirigía esto.
Un estruendo sacudió las luces del pasillo.
La comunicación se cortó.
Y Lucía me agarró del brazo.
—Mamá…
Señaló al final del corredor.
El doctor Santillán había desaparecido.
Y con él, la carpeta original que contenía la supuesta firma de Lucía.
