Cerré las puertas de mi oficina.
—Empieza a hablar.
Elena señaló el informe.
—Genevieve descubrió algo durante el embarazo. Jonah y Blythe heredaron una alteración genética extremadamente rara.
—Los médicos hicieron pruebas.
—Buscaron compatibilidad para tratar la leucemia. No buscaron esto.
Sentí que la paciencia desaparecía.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Elena se quitó lentamente el abrigo.
En su brazo había una cicatriz larga.
—Porque yo tengo la misma alteración.
Prescott dio un paso adelante.
—¿Está diciendo que es pariente de los niños?
Elena me miró.
—Soy hermana de Genevieve.
Me quedé inmóvil.
Mi esposa siempre me había dicho que era hija única.
—Estás mintiendo.
—Pregúntele por el nombre Evelyn Ward.
Ese nombre sí lo conocía.
Genevieve lo pronunciaba algunas noches mientras dormía.
Siempre creí que pertenecía a una amiga de infancia.
Elena continuó.
—Nuestra familia nos separó cuando éramos niñas. Genevieve fue adoptada. Yo terminé pasando de un hogar temporal a otro.
Miré nuevamente el collar.
—¿Por qué apareció ahora?
—Porque hace siete años Genevieve descubrió que alguien había manipulado información de sus pruebas prenatales.
Mi sangre se heló.
—¿Quién?
Elena negó.
—Nunca me dio un nombre.
Sacó un pequeño sobre impermeable.
Dentro había una memoria USB.
—Solo dijo que si sus hijos enfermaban al mismo tiempo, debía entregarle esto personalmente.
Prescott extendió la mano.
—Yo revisaré el dispositivo.
Elena retrocedió inmediatamente.
—No.
Prescott frunció el ceño.
—¿Perdón?
Ella lo miró fijamente.
—Genevieve fue muy específica.
Luego repitió unas palabras que hicieron que mi estómago se cerrara.
—“No permitas que Prescott toque la memoria.”
El silencio se volvió mortal.
Miré a mi jefe de seguridad.
Prescott llevaba once años conmigo.
Había sostenido a Jonah cuando nació.
Había organizado el funeral de Genevieve.
Y había sido él quien me informó que mi esposa murió instantáneamente.
—Sal de la habitación —ordené.
—Lawson, esto es absurdo.
—Ahora.
Por primera vez, Prescott dudó antes de obedecer.
Cuando la puerta se cerró, conecté la memoria a un ordenador aislado.
Había un único video.
Genevieve apareció en pantalla.
Estaba viva.
Asustada.
Y llevaba puesto el collar azul.
—Lawson, si estás viendo esto, significa que Elena logró encontrarte.
Mi garganta se cerró.
—Nuestros hijos no están enfermos por casualidad.
Miré a Elena.
Genevieve continuó:
—Alguien sabía desde antes de su nacimiento qué vulnerabilidad genética tenían.
Entonces levantó varios informes.
—Y alguien ha estado alterando sus historiales médicos para asegurarse de que, si alguna vez desarrollaban leucemia, recibieran tratamientos que no pudieran salvarlos.
Me puse de pie.
—¿Quién?
Como si pudiera escucharme desde hacía siete años, Genevieve miró directamente a la cámara.
—No confíes en la persona que controla el acceso a nuestra casa.
La pantalla se apagó.
En ese mismo instante, todas las luces de la mansión desaparecieron.
La alarma no sonó.
Las cámaras tampoco.
Solo escuchamos el clic seco de las cerraduras electrónicas bloqueándose.
Elena palideció.
Mi teléfono vibró.
Era el hospital.
Contesté.
—Señor Mercer —dijo el doctor Yates, jadeando—, alguien acaba de intentar trasladar a Jonah y Blythe utilizando una autorización firmada por usted.
—Yo no autoricé nada.
—Lo sé.
Hizo una pausa.
—Por eso detuvimos el traslado.
Entonces escuché disparos al otro lado de la llamada.
La comunicación murió.
Elena me miró aterrorizada.
Pero yo ya había comprendido algo peor.
Prescott no estaba intentando entrar en mi oficina.
Estaba intentando sacar a mis hijos del hospital.
