Adrian tardó varios segundos en responder.
—Emma, nunca fuiste una molestia.
Lo miré sin discutir.
Antes habría aprovechado aquella frase para contarle todo.
Las noches en urgencias.
La hemorragia.
El miedo de que nuestro hijo dejara de respirar.
Ahora ya no quería explicarle nada.
La enfermera entró con unos documentos.
—Señorita Carter, necesitamos su firma para el traslado del bebé.
Adrian frunció el ceño.
—¿Traslado?
Tomé el bolígrafo.
—Cuando pueda salir, iremos con mi madre.
—¿A Boston?
—Sí.
—¿Y nuestra casa?
Levanté los ojos.
—Era nuestra cuando todavía íbamos a casarnos.
Su expresión se endureció.
—La boda solo fue aplazada.
—Durante seis meses.
—Camille estaba enferma.
—Lo sé.
No había reproche en mi voz.
Eso pareció afectarlo más que cualquier grito.
Adrian se sentó frente a mí.
—Regresé, Emma.
—Sí.
Miré hacia la incubadora.
—Pero nosotros aprendimos a vivir sin ti.
Su rostro perdió color.
En ese momento, su teléfono vibró.
Camille.
Adrian rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
La rechazó otra vez.
A la tercera apareció un mensaje en la pantalla.
“Adrian, no puedes estar con Emma cuando descubra por qué su bebé nació antes.”
Lo vi.
Él también.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—No lo sé.
Pero su rostro decía otra cosa.
—Adrian.
—Emma, te juro que…
La puerta se abrió.
Entró mi obstetra acompañada por un hombre con una carpeta.
—Señorita Carter, necesitamos hablar sobre sus análisis prenatales.
Sentí un escalofrío.
La doctora explicó que habían revisado mi historial después del parto prematuro.
Había algo extraño.
Tres meses antes, alguien había solicitado acceso externo a mis registros médicos.
La autorización llevaba mi firma.
Era falsa.
—¿Quién pidió mis expedientes?
El hombre abrió la carpeta.
—Una clínica privada en Suiza.
Adrian se levantó bruscamente.
Yo apenas podía respirar.
—¿Qué clínica?
La doctora pronunció el nombre.
Adrian se quedó completamente inmóvil.
—¿La conoces? —pregunté.
No respondió.
No necesitaba hacerlo.
Era la clínica donde habían tratado a Camille.
Entonces mi teléfono recibió un correo automático.
Habían recuperado documentos asociados a aquella solicitud.
Abrí el primero.
Era una comparación genética.
Mi nombre aparecía arriba.
Debajo estaba el de mi hijo.
Y en una tercera línea:
Camille Hayes.
—¿Por qué compararon a Camille con mi bebé?
Adrian tomó el documento.
Sus manos comenzaron a temblar.
La doctora continuó:
—Eso todavía estamos intentando determinar.
Pasé a la siguiente página.
Había una autorización fechada cuatro meses antes del nacimiento.
Y esta vez la firma no era mía.
Era de Adrian Blake.
Lo miré.
—Dijiste que fuiste a Suiza porque estaba enferma.
—Eso creía.
—Entonces explícame esto.
Adrian parecía genuinamente perdido.
—Nunca firmé ese documento.
En ese momento entró otro mensaje de Camille.
Solo contenía una fotografía.
Era Adrian dormido en una habitación de Suiza.
Sobre la mesa, junto a él, estaba mi expediente prenatal.
Debajo, Camille había escrito:
“Pregúntale por qué nuestro hijo debía nacer primero.”
Sentí que el mundo se detenía.
Miré a Adrian.
—¿Nuestro hijo?
Él palideció.
—Emma, Camille nunca estuvo enferma.
—¿Qué?
Su voz se quebró.
—Estaba embarazada.
