El teléfono vibró por nonagésima novena vez. Grant seguía llamando mientras Chloe permanecía inmóvil bajo el resplandor de los monitores.
No contesté.
Rosa entró en la habitación con los ojos hinchados. Aún llevaba el abrigo puesto; debía de haber corrido desde la sala de espera.
—Señora Vance… tengo que contarle algo.
La miré. Tenía miedo, y no de mí.
—Cuando Chloe empezó a ahogarse, llamé a Grant antes de pedir el taxi. Contestó.
Sentí que el aire se volvía pesado.
—¿Qué dijo?
Rosa apretó las manos.
—Que estaba ocupado y que usted volvería pronto. Me pidió que no interrumpiera su día por una “falsa alarma”. Luego colgó.
Por un instante solo escuché el pitido del monitor.
El médico había intentado localizarlo once veces. Grant no había respondido a esas llamadas. Pero Rosa sí había conseguido hablar con él.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Pensé que vendría en cuanto entendiera lo grave que era. Y… me pidió que no la preocupara hasta tener noticias.
Miré a mi hija. La mano que yo sostenía estaba fría, pero ya no parecía tan inerte.
Entonces atendí la siguiente llamada.
—¿Por fin? —soltó Grant—. Evelyn, mis tarjetas están bloqueadas y el puerto no quiere abastecer el yate. Soluciona esto ahora.
—Chloe está en la UCI.
Al otro lado hubo una pausa.
—¿Qué?
—Rosa te llamó. Contestaste. Dijiste que era una falsa alarma.
Su respiración se volvió irregular.
—No sabía que era tan grave.
—No preguntaste.
—Estaba en medio del mar. No podía hacer nada.
—Estabas en un yate que compré con mi herencia, con una mujer que no soy yo.
Su voz bajó.
—No hagas esto delante de todos.
Colgué.
El médico entró minutos después. Chloe había reaccionado a una voz familiar. Me incliné junto a su cama y le acaricié el cabello.
Sus párpados se movieron.
—Mamá… —susurró.
—Estoy aquí, cariño.
Trató de levantar la mano.
—Papá contestó cuando llamé… Me dijo que no te avisara porque no quería que supieras con quién estaba.
Rosa soltó un sollozo.
Y, justo entonces, el monitor de Chloe empezó a sonar con una alarma aguda.