Guardé el iPhone dentro de mi chaqueta justo cuando Mark entró.
—¿Qué haces ahí?
—Buscaba unas fotos de mi padre.
Me observó durante varios segundos.
—Sarah debería haber tirado toda esa basura hace años.
No respondí.
Sonreí, recogí mi teléfono de la cocina y me marché.
Una hora después estaba con mi madre en el hotel.
Cuando vio el viejo iPhone, perdió el color del rostro.
—Pensé que Mark lo había destruido.
—¿Por qué?
Sus manos comenzaron a temblar.
—Porque ahí guardaba pruebas.
Conectamos el teléfono a un cargador.
Todavía funcionaba.
Había fotografías de moretones.
Capturas de amenazas.
Audios.
Y varios vídeos grabados desde el dormitorio.
En uno, Mark cerraba desde fuera el cerrojo mientras mi madre golpeaba la puerta.
Pero encontré algo todavía peor.
Una carpeta titulada CASA.
Dentro había fotografías de documentos legales.
Una escritura.
Un poder notarial.
Una solicitud de transferencia de propiedad.
Todo parecía llevar la firma de Sarah.
Mi madre negó inmediatamente.
—Yo nunca firmé eso.
Amplié la imagen.
La supuesta autorización había sido certificada ocho meses atrás.
Precisamente durante una semana en la que mi madre estuvo hospitalizada.
—¿Mark tenía acceso a tus documentos?
—A todo.
Mi entrenamiento me había enseñado a no actuar antes de asegurar las pruebas.
Copié cada archivo.
Guardé respaldos.
Documenté las lesiones.
Y llamé a una abogada.
A la mañana siguiente, regresamos acompañadas.
Mark estaba en el porche.
Cuando vio a mi madre, sonrió.
—¿Ya terminaste con tu berrinche?
Entonces vio a la abogada.
Su sonrisa desapareció.
—Sarah viene a recoger sus pertenencias —dije.
—No puede.
Mark cruzó los brazos.
—Esta casa es mía.
La abogada abrió su carpeta.
—Precisamente queremos hablar de eso.
Le mostró una copia de la supuesta transferencia.
Mark ni siquiera fingió sorpresa.
—Ella firmó.
Mi madre dio un paso adelante.
—No.
Una sola palabra.
Pero esta vez no tembló.
Entonces llegaron dos agentes.
Mark me miró con furia.
—¿Llamaste a la policía?
—No vine a discutir contigo.
Levanté el teléfono.
—Vine a documentarlo todo.
Uno de los agentes examinó el cerrojo exterior.
El otro tomó declaración a mi madre.
Mark empezó a gritar que aquello era una conspiración.
Y mientras más hablaba, más se hundía.
Entonces la abogada me apartó.
—Valeria, hay un problema.
—¿Cuál?
Me mostró el registro actualizado de propiedad.
La casa ya no figuraba únicamente a nombre de Mark.
Había sido transferida otra vez hacía tres meses.
—¿A quién?
Ella señaló el nombre.
Me quedé helada.
Valeria Mendoza.
Yo.
—Esto es imposible.
Mi madre se acercó.
—¿Qué pasa?
Giré la pantalla hacia ella.
Sarah abrió los ojos.
Entonces recordó algo.
—Tu padre.
—¿Qué tiene que ver papá?
Mi madre comenzó a llorar.
—Antes de morir me hizo prometer que nunca te contaría nada mientras estuvieras desplegada.
—¿Contarme qué?
Miró hacia la casa que yo siempre había creído propiedad de mis padres.
—Mark no intentaba quitármela a mí, Val.
Su voz se quebró.
—Intentaba quitártela a ti.
Me quedé completamente inmóvil.
Mamá tomó mi mano.
—Porque tu padre puso esta casa a tu nombre seis meses antes de morir.

Miré nuevamente los documentos.
Entonces vi una segunda propiedad adjunta a la escritura.
Cuarenta hectáreas fuera de San Antonio.
Terreno que jamás había oído mencionar.
Y Mark había solicitado venderlo hacía apenas nueve días.