Cerré la puerta de mi despacho.
—Empieza a hablar.
Elena señaló el informe.
—Genevieve descubrió esto durante el tratamiento de fertilidad.
Abrí las páginas.
Había códigos genéticos, números de muestras y dos nombres que reconocí.
Jonah Mercer.
Blythe Mercer.
—Mis hijos aún no habían nacido.
—Esos no son historiales de tus hijos —respondió Elena—. Son perfiles embrionarios.
Sentí frío.
Genevieve y yo habíamos recurrido a fecundación in vitro después de años intentándolo.
—¿Qué tiene eso que ver con la leucemia?
Elena sacó otra hoja.
—La clínica detectó una anomalía hematológica que exigía seguimiento. Genevieve nunca recibió ese informe.
—¿Por qué?
—Porque alguien lo sustituyó.
Prescott dio un paso hacia nosotros.
—¿Quién?
Elena lo miró.
Y retrocedió.
Aquello no me gustó.
—¿Lo conoces?
—No.
Mintió.
Prescott también lo supo.
Antes de que pudiera interrogarla, sonó mi teléfono.
Era Yates.
—Lawson, necesitamos que vengas al hospital.
—¿Qué ocurrió?
—Encontramos algo en los análisis de los gemelos.
Miré a Elena.
—Dímelo ahora.
Yates vaciló.
—Los marcadores que estamos tratando no coinciden completamente con los registrados al nacer.
Sentí que el despacho se inclinaba.
—¿Qué significa?
—Necesito repetir las pruebas desde cero.
Elena cerró los ojos.
—Ya empezó.
Colgué.
—¿Qué sabes?
Entonces ella se quitó el abrigo.
En su brazo había una cicatriz larga.
—Genevieve sobrevivió al accidente.
No pude respirar.
—Eso es imposible.
—Estuvo consciente casi nueve horas.
Elena me contó que trabajaba como auxiliar en una clínica privada cuando llevaron a Genevieve bajo otro nombre.
Antes de morir, mi esposa le entregó el collar y los documentos.
—¿Por qué no viniste antes?
—Porque tenía miedo.
—¿De quién?
Elena miró nuevamente a Prescott.
Esta vez él llevó lentamente la mano hacia su chaqueta.
Mis guardias reaccionaron.
—Manos donde pueda verlas —ordené.
Prescott sonrió.
—Señor Mercer, está cometiendo un error.
Elena comenzó a temblar.
—Ese hombre estuvo en la clínica aquella noche.
Todo quedó en silencio.
Prescott salió disparado hacia la puerta.
No llegó.
Dos hombres lo derribaron.
De su bolsillo cayó un teléfono.
La pantalla seguía encendida.
Había un mensaje enviado hacía menos de un minuto.
“WARD ESTÁ AQUÍ. PREPARAD A LOS GEMELOS.”
Mi sangre se convirtió en hielo.
Llamé inmediatamente al hospital.
Nadie respondió en la habitación de Jonah.
Tampoco en la de Blythe.
Entonces Yates contestó.
Estaba jadeando.
—Lawson…
—¿Dónde están mis hijos?
—Alguien activó una orden de traslado con tu autorización electrónica.
Miré a Prescott en el suelo.
—Yo no autoricé nada.
Elena recogió el teléfono caído.
Otro mensaje apareció.
Solo cinco palabras.
“LOS DOS PAQUETES YA SALIERON.”
Sentí que algo monstruoso despertaba dentro de mí.
Pero Elena me agarró del brazo.
—Lawson, escucha.
Sus ojos estaban llenos de terror.
—No quieren matar a Jonah y Blythe.
—¿Entonces qué quieren?
Ella abrió la última página del informe de Genevieve.
Allí había un tercer código embrionario.
Un tercer nombre.
Mercer.
—Tus gemelos no fueron los únicos embriones viables.
Levanté lentamente la mirada.
—Genevieve tuvo otro hijo.
Elena asintió.
—Y la persona que se llevó a tus gemelos esta noche lleva seis años intentando encontrarlo.
