PARTE 2: La cláusula que Lucas dejó para destruirlos

Dos patrullas llegaron antes de que Charles terminara aquella llamada.

Pero yo apenas podía prestar atención.

Las contracciones ya habían empezado.

—Señora Gallagher, necesitamos llevarla al hospital —dijo un paramédico.

Mi padre salió al porche.

—¡Esta propiedad pertenece al patrimonio de su marido!

Samantha seguía al teléfono.

—Ponme en altavoz, Victoria.

Obedecí.

—Señor Baldwin —dijo ella—, acaba de entrar sin autorización en una propiedad cuya titular exclusiva es su hija.

Charles palideció.

—Lucas tenía deudas.

—No con usted.

Silencio.

Entonces Samantha continuó:

—Y ayer presentó un poder supuestamente firmado por Victoria para asumir el control de los bienes de Lucas.

Un policía miró inmediatamente a mi padre.

Courtney dejó de sonreír.

—Eso puede explicarse —murmuró Charles.

—Perfecto. Explíqueselo a la policía.

Otra contracción me dobló.

Los paramédicos me colocaron en la camilla.

Antes de subir a la ambulancia pregunté:

—Samantha, ¿qué es la cláusula de fraude?

Hubo una pausa.

—Lucas poseía el treinta y ocho por ciento de Baldwin-Gallagher Logistics.

Miré a mi padre.

Toda su expresión cambió.

—Eso es mentira.

—No —respondió Samantha—. Durante seis años Lucas compró silenciosamente acciones a socios minoritarios.

Yo tampoco lo sabía.

—¿Por qué?

—Porque descubrió irregularidades financieras dentro de la empresa.

Charles dio un paso hacia el teléfono.

—¡Cállese!

Los agentes lo detuvieron.

Samantha prosiguió.

—Las acciones estaban depositadas en un fideicomiso para Victoria y su hijo. Pero Lucas añadió una condición: si Charles Baldwin intentaba obtener cualquier activo mediante falsificación, coacción o fraude, sus derechos de voto quedaban automáticamente transferidos al fideicomiso.

Mi padre parecía incapaz de respirar.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

—Que desde ayer tú controlas el bloque accionarial más importante de su empresa.

Courtney retrocedió.

Charles la miró.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Ella tomó su bolso.

—Yo no firmé nada.

Mi padre giró hacia ella.

—Courtney.

—Me dijiste que Victoria había aceptado.

Su voz ya no sonaba divertida.

Sonaba aterrorizada.

La ambulancia cerró sus puertas.

Horas después, después de que mi hijo naciera sano, Samantha llegó al hospital con una caja metálica.

—Lucas dejó esto para ti.

Dentro había una carta y una memoria USB.

Reconocí inmediatamente la letra de mi marido.

“Victoria: si estás leyendo esto, significa que Charles hizo exactamente lo que temíamos.”

Mis manos comenzaron a temblar.

No decía “lo que temía”.

Decía “lo que temíamos”.

Miré a Samantha.

—¿Lucas sabía que podía morir?

Ella no respondió.

Conectó la memoria USB.

Apareció un vídeo grabado por Lucas cinco días antes del accidente.

Estaba sentado en su despacho.

Pálido.

Nervioso.

—Victoria, si algo me sucede, no permitas que tu padre controle la investigación.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Lucas acercó un documento a la cámara.

Era un informe de mantenimiento del camión que lo había embestido.

—Porque tres días antes de mi muerte —continuó— descubrí quién estaba pagando para manipular los vehículos de Baldwin-Gallagher.

Hizo una pausa.

Luego pronunció un nombre.

No era Charles.

Era Courtney.

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