Nathan extendió la carta hacia mí.
—Se quedó sobre la mesa. Pensé que querrías llevártela.
La tomé demasiado rápido.
—¿La leíste?
Miró a Grace antes de responder.
—La última línea. Estaba abierta.
Sentí otra vez el calor insoportable de tener dieciocho años.
—Fue hace mucho tiempo.
—Lo sé.
Su voz era tranquila.
Eso me hizo más difícil mirarlo.
Grace seguía sujetándome del brazo.
—Lena, ¿qué pasó durante el examen?
Respiré hondo.
Durante diez años había contado aquella historia en versiones cada vez más pequeñas.
Un problema familiar.
Una mudanza.
Planes que cambiaron.
Aquella noche, por fin, dije lo que había ocurrido.
—Mi padre tuvo un accidente.
Grace aflojó los dedos.
—¿Cuándo?
—La mañana del último examen. Una camioneta chocó contra su coche cuando iba a trabajar. Mi madre llamó a la escuela. Me sacaron del aula.
Recordé el bolígrafo todavía abierto sobre el pupitre.
La profesora tomando mi mochila.
El director diciendo mi nombre como si pudiera prepararme para lo que venía.
—Estuvo hospitalizado varios meses. Después necesitó ayuda para todo. Vendimos la casa y nos mudamos cerca de mis abuelos.
—¿Por qué no me llamaste? —preguntó Grace.
No había reproche en su voz.
Eso dolió más.
—Al principio pensaba hacerlo cuando las cosas mejoraran. Después me dio vergüenza. Ustedes empezaban la universidad y yo estaba aprendiendo a cambiar vendajes.
Grace se cubrió la boca.
—Te habría acompañado.
Asentí.
—Ahora lo sé.
Me abrazó con tanta fuerza que la carta se arrugó entre nosotras.
Y aquella vez no intenté sonreír para convencerla de que todo estaba bien.
Entramos en una cafetería que todavía seguía abierta.
Grace pidió té.
Nathan dejó su teléfono sobre la mesa sin mirar la pantalla.
Les conté el resto.
Mi padre había sobrevivido, aunque nunca recuperó por completo la movilidad.
Yo trabajé en una librería, terminé los estudios pendientes y después hice cursos mientras ayudaba en casa.
Una editorial pequeña me dio mi primera oportunidad corrigiendo pruebas.
—Tardé más de lo que pensaba —dije—. Pero llegué a un trabajo que me gusta.
Nathan miró la carta junto a mi taza.
—Entonces algunas cosas sí se cumplieron.
Grace me apretó la mano.
—Y sigues siendo mi amiga. Aunque tengamos diez años de conversación atrasada.
Me reí llorando.
Era una sensación extraña.
No tener que defender mi vida.
No tener que explicar por qué había tomado otro camino.
Grace salió un momento a llamar a su marido.
Nathan y yo nos quedamos solos.
Miré por la ventana.
—Puedes olvidar lo que leíste.
—Preferiría que me dijeras si te incomoda hablar de ello.
Lo miré.
No era una respuesta que el Nathan de dieciocho años hubiera sabido dar.
—Me incomoda bastante.
Él asintió.
—Entonces no tenemos que hablar esta noche.
Su consideración me dio el valor que me faltaba.
—Pero quiero preguntarte algo.
—Adelante.
—¿Por qué necesitabas el contacto de Vivian?
Nathan parpadeó.
Luego bajó la mirada, como si acabara de entender una parte importante de la noche.
—Porque estaba buscando a nuestra profesora. Vivian seguía en contacto con ella y el delegado no encontraba su número actualizado. Queríamos organizar una visita.
Me quedé inmóvil.
—Podrías haberlo explicado.
—Sí. Escribí el mensaje entre dos reuniones. Pensé que añadiría el resto después y se me pasó.
Una explicación sencilla.
Sin destino.
Sin un amor secreto de diez años.
Solo un mensaje incompleto que yo había llenado con mi miedo.
—¿Y Vivian? —pregunté.
—Le dije dentro que recordaba con cariño aquellos años, pero que no sentía lo mismo.
Bajé los ojos hacia mi taza.
Nathan esperó.
Después pregunté lo que nunca había conseguido preguntar.
—¿Le diste tu botón?
Frunció el ceño.
—¿Mi botón?
—El día de la graduación.
Tardó unos segundos en recordar.
—Ella lo arrancó antes de preguntarme.
Lo miré.
—¿Qué?
Nathan soltó una risa breve, sin alegría.
—Dije que no estaba bien. Pero cuando me volví hacia el pasillo, tú ya no estabas.
Recordé mi carrera hacia las escaleras.
La pluma apretada dentro del bolso.
El alivio terrible de no tener que arriesgarme a escuchar un rechazo.
—Yo solo oí su pregunta —admití.
Él se recostó en la silla.
—Y yo pensé que te habías ido porque no querías verme.
Durante un momento ninguno habló.
Diez años cabían, de pronto, en una respuesta que no habíamos esperado.
—La persona que dijiste que habías dejado escapar… —empecé.
Nathan me miró directamente.
—Eras tú.
Sentí que se me aceleraba el corazón.
Pero esta vez no quise correr.
—¿Estabas enamorado de mí?
Se quedó pensando.
Agradecí que no respondiera por impulso.
—Me gustabas. Mucho. Buscaba excusas para sentarme contigo en la biblioteca. Pero no sabía qué hacer con eso. Después desapareciste y no conseguí encontrarte.
Sonreí apenas.
—Pensaba que te sentabas conmigo porque te prestaba los apuntes de literatura.
—También eran muy buenos.
Me reí.
Una risa pequeña, sorprendida.
Nathan sonrió.
—No voy a decirte que te esperé diez años, Lena. Tuve relaciones. Una estuvo a punto de terminar en boda. Mi vida siguió.
Asentí.
—La mía también.
—Pero verte esta noche me alegró más de lo que esperaba.
Me quedé mirando su mano junto a la taza.
Esta vez fui yo quien la acercó.
Solo hasta tocarle los dedos.
No nos besamos aquella noche.
Nathan nos acompañó al taxi y preguntó si podía escribirme al día siguiente.
Dije que sí.
Después cumplió.
Sin juegos.
Sin desaparecer tres días para parecer menos interesado.
Tomamos café.
Visitamos a nuestra antigua profesora con Grace y otros compañeros.
Nathan conoció a mi padre.
Yo descubrí que, fuera del trabajo, perdía las llaves con una frecuencia absurda y cocinaba una sola receta con excesiva confianza.
Él descubrió que yo hablaba mucho cuando dejaba de tener miedo.
No siempre fue fácil.
Una tarde canceló una cena por una reunión urgente y yo respondí con una frialdad que ninguno de los dos merecía.
Después lo llamé.
—Me asusté —admití—. Y preferí enfadarme antes que decirlo.
Nathan escuchó.
—Gracias por volver a llamar.
Aprendimos así.
Con preguntas completas.
Con respuestas que esta vez nos quedábamos a escuchar.
Seis meses después llevé una caja pequeña a su apartamento.
Dentro estaba la pluma que había comprado para él el día de la graduación.
Nathan la sostuvo con cuidado.
—¿La guardaste todo este tiempo?
—En el fondo de un cajón. Cada mudanza pensaba que debía tirarla.
—Me alegra que no lo hicieras.
Había una hoja debajo.
Él la abrió.
Yo había escrito:
“Nathan:
A los dieciocho no esperé tu respuesta.
A los treinta quiero hacerte una pregunta sin salir corriendo.
¿Te gustaría construir algo conmigo?”
Levantó la vista.
Tenía los ojos húmedos.
Luego destapó la pluma y escribió debajo:
“Sí.”
Me acercó la hoja.
—Aunque preferiría no esperar otros diez años para nuestra próxima conversación.
Me reí.
Y cuando me besó, la carta antigua estaba sobre la mesa, junto a la nueva.
La chica que la había escrito había deseado ser más valiente.
Por fin, pude decirle que lo habíamos conseguido.