Marcus fue el primero en romper el silencio.
—¿Estás casada con Julian Rhodes?
Emma respondió antes que yo.
—¡Sí!
Julian sonrió y volvió a colocarle uno de sus pequeños zapatos.
—Y esta señorita lleva diez minutos escapándose de mí.
Emma rio.
Marcus no.
Sus ojos permanecían clavados en Julian.
—Qué coincidencia.
—No realmente —respondió Julian.
Chloe apretó el brazo de Marcus.
—Deberíamos volver con los invitados.
Pero Marcus parecía incapaz de marcharse.
—Evelyn nunca mencionó que estaba casada contigo.
Julian levantó una ceja.
—Imagino que tampoco tenía motivos para contártelo.
La frase golpeó exactamente donde debía.
Marcus bebió de su copa.
—Supongo que esto no afectará nuestra negociación.
Julian me miró durante un instante.
—Nuestra negociación ya tenía problemas antes de esta noche.
La sonrisa de Marcus desapareció.
—¿Qué problemas?
—Los números.
Chloe se tensó.
Yo permanecí en silencio.
Conocía aquella expresión de Marcus.
Era la misma que utilizaba cuando intentaba calcular cuánto sabía la persona que tenía delante.
—Mi empresa ha superado todas las auditorías —dijo.
—No todas.
Julian sacó el teléfono.
—La diligencia debida encontró transferencias entre varias sociedades que no aparecen correctamente reflejadas en la documentación entregada.
Marcus me miró inmediatamente.
Ahí comprendí que todavía recordaba el disco cifrado.
—¿Tú le diste información?
—No.
Era verdad.
Nunca se la había dado.
Julian continuó:
—Evelyn no participa en esta adquisición.
Marcus pareció relajarse.
Solo un poco.
Entonces añadí:
—Pero reconozco esas transferencias.
El color volvió a desaparecer de su rostro.
Cinco años atrás había encontrado movimientos que nunca pude explicar.
Empresas pantalla.
Préstamos cruzados.
Dinero entrando y saliendo de cuentas asociadas a Marcus.
No tenía pruebas suficientes para afirmar qué significaban.
Por eso guardé copias y me marché.
—Evelyn —murmuró Marcus—, aquello pertenece a nuestro matrimonio.
—No.
Lo miré.
—Los registros empresariales pertenecían a tu empresa.
Chloe soltó lentamente su brazo.
—Marcus, ¿de qué está hablando?
—De nada.
Respondió demasiado rápido.
Julian observó su reloj.
—Mañana nuestro comité decidirá si suspende la adquisición hasta completar una revisión adicional.
Marcus palideció.
—No puedes suspenderla ahora.
—Puedo.
—Mi consejo ya aprobó el acuerdo.
—El mío todavía no.
Por primera vez aquella noche, vi miedo verdadero en los ojos de Marcus.
No era por mí.
Era por lo que podía perder.
Me dispuse a marcharme con Emma.
Entonces Chloe habló.
—Espera.
Estaba mirando la pantalla del teléfono de Marcus.
Una notificación acababa de aparecer.
“VANCE HOLDINGS — DOCUMENTACIÓN RECUPERADA.”
Chloe frunció el ceño.
—¿Por qué aparece el apellido de mi familia?
Marcus guardó el teléfono.
—No es importante.
—Mi padre tenía una empresa llamada Vance Holdings.
El silencio cambió.
Chloe lo miró fijamente.
—Quebró cinco años atrás.
Yo recordaba aquel nombre.
Estaba en mis archivos.
Una de las primeras transferencias sospechosas que descubrí durante mi matrimonio procedía precisamente de Vance Holdings.
—Marcus —dije—, ¿cuándo empezaste tu relación con Chloe?
Él no respondió.
Chloe se volvió hacia mí.
—Tres meses antes de vuestro divorcio.
Negué lentamente.
—No.
Todos me miraron.
—Las transferencias de Vance Holdings comenzaron ocho meses antes.
Chloe retrocedió.
—Eso no tiene sentido.
Julian recibió un mensaje.
Lo leyó.
Su expresión se endureció.
—Ahora sí.
Nos mostró un documento recuperado durante la revisión.
Era un acuerdo privado.
Marcus Mercer aparecía como beneficiario indirecto de una operación relacionada con los activos de Vance Holdings.
La fecha era anterior a nuestra separación.
Anterior a la aventura.
Incluso anterior al día en que Chloe aseguraba haber conocido realmente a Marcus.
—¿Qué significa esto? —preguntó ella.
Marcus no contestó.
Chloe comenzó a temblar.
—¿Te acercaste a mí por la empresa de mi padre?
Marcus dio un paso hacia ella.
—Podemos hablarlo en casa.
—Contéstame.
Varias personas empezaron a observarnos.
Entonces Julian amplió la última página del documento.
Había dos firmas.
La primera era de Marcus.
La segunda hizo que se me helara la sangre.
Conocía perfectamente aquella caligrafía.
La había visto durante toda mi infancia.
—Evelyn —susurró Julian.

No pude responder.
Porque debajo de la firma de Marcus aparecía el nombre del hombre que llevaba cinco años diciéndome que mi divorcio había sido lo mejor que podía haberme ocurrido.
Mi propio padre.