Leí el mensaje tres veces.
Mi primera reacción fue ignorarlo.
La segunda fue recordar los ojos asustados de Sofía.
Cinco minutos después estaba frente a su habitación.
Sofía seguía despierta.
Cuando me vio, sonrió.
—¡Doctora Adelaida!
Elías estaba sentado junto a la cama.
No dijo nada.
Me acerqué para comprobar la vía y la férula.
—¿Cómo está mi paciente favorita?
—Mejor.
Sofía señaló mi vientre.
—¿Tu bebé puede escucharme?
—Probablemente.
Se inclinó hacia él.
—Hola, bebé.
Tuve que contener una sonrisa.
Entonces dijo algo que me dejó inmóvil.
—Mi mamá también tenía un bebé en la barriga antes de morir.
Miré a Elías.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Sofía, cariño…
—Papá dice que no fue culpa mía.
Sentí un nudo en el pecho.
Nunca había sabido exactamente qué había ocurrido con la madre de Sofía.
Cuando conocí a Elías, solo me dijo que había muerto años atrás.
Nada más.
Sofía comenzó a quedarse dormida.
Salí al pasillo.
Elías me siguió.
—¿Qué quiso decir?
Él bajó la mirada.
—Su madre murió durante el embarazo.
Sentí que las piezas empezaban a encajar.
—¿En el parto?
Negó.
—A los siete meses.
Exactamente donde estaba yo ahora.
Elías se apoyó contra la pared.
—Hubo una complicación inesperada.
Su voz se quebró.
—Perdimos al bebé primero.
Guardé silencio.
—Y tres días después la perdí a ella.
Por fin comprendí aquella frase de seis meses atrás.
No sé cómo formar una familia.
No había significado que no me amara.
Había significado que tenía miedo.
—Debiste contármelo.
—Lo sé.
—Me dejaste creer que simplemente no me querías.
—Porque era más fácil parecer un cobarde que admitir que estaba aterrorizado.
Lo miré.
—Seguías siendo un cobarde.
Asintió.
—También lo sé.
Entonces sus ojos descendieron hacia mi vientre.
—¿Cuándo te enteraste?
—Tres semanas después de que te marcharas.
Cerró los ojos.
—¿Por qué no me llamaste?
—Porque la última conversación que tuvimos terminó contigo diciéndome que no sabías formar una familia.
No tuvo respuesta.
De pronto sentí una presión extraña.
Bajé la mirada.
Una pequeña mancha húmeda apareció sobre mi uniforme.
Mi corazón dio un vuelco.
Elías lo vio.
—Adelaida…
Otra contracción me atravesó.
Esta vez tuve que agarrarme a la pared.
Una enfermera corrió hacia nosotros.
—¿De cuántas semanas estás?
—Treinta y una.
Su expresión cambió.
En cuestión de minutos dejé de ser la doctora.
Me convertí en paciente.
Mientras me llevaban hacia obstetricia, Elías caminó detrás de la camilla.
—Voy contigo.
—Quédate con Sofía.
—Adelaida…
—Tu hija acaba de sufrir un accidente.
Él se detuvo.
Pero antes de que las puertas se cerraran, dijo:
—Esta vez no voy a desaparecer.
Las siguientes horas fueron una mezcla de monitores, pruebas y miedo.
Finalmente consiguieron detener las contracciones.
El bebé estaba estable.
Yo también.
Cuando amaneció, regresé a mi habitación después de una ecografía.
Elías estaba esperando fuera.
Sofía dormía en una silla de ruedas junto a él.
—¿Qué haces aquí?
—Necesitaba saber que estabais bien.
Entonces me entregó un sobre.
—También necesito que entiendas por qué me marché realmente.
Dentro había documentos.
Informes médicos.
Una demanda antigua.
Y una fotografía de la madre de Sofía.
Leí el nombre.
Isabella Moretti.
—¿Qué es esto?
Elías tragó saliva.
—La muerte de Isabella no fue una complicación imprevisible.
Seguí leyendo.
Había una investigación contra la clínica donde había sido atendida.
Medicamentos administrados incorrectamente.
Registros alterados.
Firmas desaparecidas.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Qué tiene esto que ver conmigo?
Elías señaló la última página.
—Cuando descubrí que tú trabajabas aquí, intenté averiguar quién había autorizado aquel tratamiento.
Miré la firma.
Conocía ese nombre.
Era el director médico del hospital.
—Me alejé de ti porque empecé a recibir amenazas —continuó Elías—. Pensé que si creían que habíamos terminado, te dejarían fuera.
Lo miré, incapaz de hablar.
Entonces abrió otro documento.
—Pero anoche, mientras Sofía estaba en radiología, alguien dejó esto debajo de su almohada.
Era una fotografía mía.
Tomada aquella misma semana.
Saliendo de obstetricia.
En la parte posterior había una frase escrita a mano.

“Sabemos de quién es el bebé.”
Debajo aparecía una segunda línea.
Y esa fue la que hizo que Elías comenzara a temblar.
“Esta vez, termina lo que empezaste.”