PARTE 2: El documento que Rodrigo nunca imaginó

Rodrigo permaneció de pie en medio del pasillo, sosteniendo la demanda de divorcio con ambas manos.

Los residentes dejaron de hablar.

Una enfermera fingió revisar unos documentos.

Nadie se atrevía a mirar directamente al famoso cirujano.

Él volvió a leer mi nombre.

Mariana Salazar.

Después miró al actuario.

—¿Cuándo presentó esto?

—Hace catorce días.

Rodrigo frunció el ceño.

—Eso es imposible.

—La notificación es completamente válida, doctor.

El actuario le entregó otro sobre.

—También hay una solicitud de separación patrimonial y una medida para preservar determinados documentos hospitalarios.

Rodrigo dejó de respirar durante un segundo.

—¿Qué documentos?

—Eso tendrá que consultarlo con su abogado.

El actuario se marchó.

Rodrigo entró rápidamente en su despacho y cerró la puerta.

Sacó el teléfono.

Me llamó.

Número bloqueado.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Entonces llamó a mi antigua oficina.

—Necesito hablar con Mariana.

La respuesta fue breve.

—Ya no trabaja aquí.

Rodrigo se quedó inmóvil.

Durante casi un minuto miró la pantalla.

Luego llamó a Valeria.

Ella sí respondió.

—¿Dónde está Mariana?

—No puedo darte esa información.

—Es mi esposa.

—No por mucho tiempo.

Rodrigo apretó la mandíbula.

—¿Qué encontró?

Silencio.

—Valeria.

—Creo que deberías preguntarte qué hiciste tú.

La llamada terminó.

Aquella noche Rodrigo llegó al departamento vacío.

Mi ropa ya no estaba.

Mis libros habían desaparecido.

Incluso la taza azul que utilizaba todas las mañanas había desaparecido de la cocina.

Solo encontró una cosa sobre la mesa.

Una copia de nuestro certificado de matrimonio.

Debajo había una nota.

“No necesito que vengas a buscarme.”

Rodrigo se sentó.

Por primera vez en años, parecía no saber qué hacer.

Pero todavía no entendía.

Yo no había pedido el divorcio solamente porque no hubiera ido a verme.

Había encontrado algo mucho peor.

Tres días antes de recibir el alta, una enfermera administrativa había entrado en mi habitación.

Traía una carpeta.

—Licenciada Mariana, necesitamos que firme esto.

—¿Qué es?

—Una autorización relacionada con su expediente.

Leí la primera página.

Después la segunda.

Y entonces vi una solicitud de acceso a mi historial médico.

El nombre del solicitante era Rodrigo.

La fecha correspondía al día diecisiete de mi hospitalización.

Pensé que finalmente había decidido preocuparse.

Pero debajo aparecía un apartado que me heló la sangre.

Motivo del acceso:

“Revisión de antecedentes clínicos para evaluación de riesgo laboral.”

No tenía sentido.

Rodrigo no necesitaba revisar mi historial para trabajar.

Entonces pedí el registro completo.

Había más de veinte accesos.

No solo de Rodrigo.

También de dos médicos que yo no conocía.

Y todos habían consultado exactamente las mismas páginas.

Mis análisis.

Mis estudios de imagen.

Mis antecedentes quirúrgicos.

Y una prueba genética que yo había realizado seis meses antes.

Aquella prueba nunca debía haber salido de mi expediente.

La enfermera me miró con preocupación.

—¿Quiere que solicitemos una auditoría?

—Sí.

Fue entonces cuando descubrí el documento.

Una autorización firmada digitalmente por Rodrigo.

La fecha era seis meses anterior.

El motivo decía:

“Evaluación de compatibilidad familiar.”

Sentí que el corazón se me detenía.

Yo no había autorizado aquello.

Y había algo todavía más extraño.

La solicitud estaba vinculada a una paciente registrada con otro apellido.

Una mujer llamada Camila Ortega.

Busqué el nombre.

No aparecía como paciente de mi servicio.

Pero sí como familiar de uno de los médicos que habían consultado mi expediente.

Entonces entendí por qué Rodrigo nunca había subido a verme.

No estaba demasiado ocupado.

No estaba aislado.

Estaba utilizando el hospital para buscar información sobre mí.

Y alguien más estaba involucrado.

Esa misma noche llamé a Valeria.

—Quiero que solicites una copia certificada de todos los accesos a mi expediente.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—Mariana, si alguien accedió sin autorización, esto puede ser mucho más serio que un divorcio.

—Lo sé.

Al día siguiente, el hospital inició una investigación interna.

Rodrigo fue citado.

Él llegó pensando que se trataba de una revisión rutinaria.

Hasta que el director médico colocó una carpeta frente a él.

—Doctor Salazar, necesitamos que explique por qué accedió al expediente de su esposa durante su hospitalización.

Rodrigo respondió inmediatamente:

—Soy su esposo.

—Eso no le daba autorización para acceder a información restringida.

—Estaba preocupado por ella.

El director abrió otra página.

—Entonces explique esto.

Rodrigo miró el documento.

Su rostro cambió.

Era el registro de una segunda consulta.

Y debajo aparecía una firma que no pertenecía a Mariana.

El director levantó la mirada.

—Doctor Salazar, ¿quién es Camila Ortega?

Rodrigo no respondió.

—¿Por qué utilizó información genética de su esposa para solicitar una evaluación relacionada con esa mujer?

El silencio llenó la oficina.

Mientras tanto, yo estaba sentada en el despacho de Valeria.

Ella acababa de recibir un correo.

Lo abrió.

Leyó la primera línea.

Después levantó la mirada hacia mí.

—Mariana…

—¿Qué?

Me entregó la pantalla.

Habían encontrado el documento original.

No era una simple consulta médica.

Era una solicitud de parentesco.

Y el resultado preliminar estaba adjunto.

Mi nombre aparecía como posible coincidencia genética con Camila Ortega.

Debajo había una segunda línea.

“Probabilidad de parentesco: 99,8%.”

Me quedé mirando la pantalla.

Camila Ortega no era una desconocida.

Era la mujer que Rodrigo había presentado públicamente durante años como una simple colega.

Y ahora yo tenía que descubrir por qué mi expediente médico demostraba que podía existir un vínculo familiar entre nosotras.

Entonces Valeria recibió otro mensaje.

Lo leyó.

Su expresión cambió por completo.

—¿Qué pasó? —pregunté.

Me miró lentamente.

—Rodrigo acaba de pedir una reunión contigo.

—¿Para qué?

Valeria tragó saliva.

—Dice que acaba de descubrir quién es realmente Camila.

Y cuando escuché el nombre de la mujer por segunda vez, comprendí que mi divorcio era apenas el principio.

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