La voz del teléfono respondió:
—Equipo médico en camino, comandante.
Miré a Irene a través del parabrisas. Seguía inmóvil bajo mi abrigo. Entonces entendí que había dado la orden equivocada primero.
—Llame también a emergencias locales —dije—. Mi esposa necesita un hospital ahora.
Colgué y volví al todoterreno. No esperé a que llegara ningún equipo para regresar al salón. Irene abrió los ojos cuando me senté a su lado.
—No firmé —murmuró.
—Lo sé. Ya no tienes que pensar en esos papeles.
Los paramédicos llegaron minutos después. Les conté cuánto tiempo la había encontrado expuesta al frío y lo que ella había alcanzado a decirme. Mientras la atendían, dos agentes se acercaron a la casa. Les señalé la carpeta rota sobre la mesa y les pedí que conservaran las grabaciones de las cámaras de la entrada.
Victoria salió al porche envuelta en su túnica de seda.
—Caleb, estás confundiendo un desacuerdo familiar con un delito.
Irene oyó su voz desde la camilla y se aferró a mi mano.
—Ella cerró la puerta —dijo—. Camila me sujetó mientras me sacaban.
Uno de los agentes tomó nota. Yo subí a la ambulancia con Irene.
En el hospital le atendieron los golpes y la mantuvieron en observación por el frío. Cuando por fin se durmió, llamé al abogado que administraba el fideicomiso de mi padre.
—Intentaron obligarla a renunciar —le dije.
—La renuncia no les habría dado el control —respondió—. ¿Recuerdas la cláusula que tu padre añadió al final?
La recordaba. Mi padre había dejado parte de sus bienes a Victoria y Camila, pero reservó a Irene la decisión sobre una fundación que financiaba tratamientos médicos y becas. Sabía que ella había ayudado a crearla durante sus últimos años. Ninguna firma obtenida bajo presión habría sustituido una decisión libre de Irene.
—Hay algo más —añadió el abogado—. La carpeta que llevaron a la casa no salió de mi oficina. Necesito verla.
Al amanecer, la policía me llamó. La cámara de la entrada mostraba a Irene intentando volver a entrar mientras Victoria cerraba la puerta. En otra grabación se veía a Camila arrastrándola por el brazo. Los agentes habían recogido también la carpeta para examinar quién la había preparado.
Irene despertó poco después.
—¿Siguen en la casa? —preguntó.
—Por ahora no pueden acercarse a ti. El resto se resolverá con las pruebas y con tu declaración, cuando estés preparada.
Me observó en silencio.
—Anoche oí lo que dijiste por teléfono, Caleb. Hablabas como alguien que no conozco.
Tenía razón. Le había ocultado demasiado de mi trabajo, creyendo que así la mantenía al margen de sus riesgos. Me senté junto a la cama.
—Te debo la verdad —dije—. Y tú decidirás qué quieres hacer después de oírla.
Irene me soltó la mano para tomar un vaso de agua. No era perdón. Era tiempo para hablar, y no iba a desperdiciarlo.