Cuando abrí la puerta, mi hermano Daniel dejó de caminar.
Sus ojos pasaron de mi rostro a mi hombro hinchado. No me había visto en tres años, desde que discutimos por mi boda, pero me reconoció de inmediato.
—Clara —dijo—. ¿Quién te hizo esto?
Adrián apareció detrás de mí.
—Es un asunto entre mi esposa y yo.
Daniel levantó la mirada. Durante un segundo vi en él la furia que yo ya no tenía fuerzas para sentir. Luego sacó su teléfono.
—Necesita atención médica —dijo—. Voy a pedir una ambulancia.
Adrián frunció el ceño.
—Ya le di dinero para ir al hospital.
Daniel no contestó. Yo tampoco. Me apoyé en la pared mientras él daba la dirección.
Mi suegra bajó las escaleras al oírlo.
—Están exagerando —dijo—. Clara se cayó durante una discusión.
—Adrián me empujó —respondí.
Lo dije delante de los tres. Mi voz tembló, pero ninguno pudo fingir que no la había oído.
Daniel se quitó el abrigo y lo sostuvo para que yo pudiera ponérmelo sin mover el brazo. Cuando llegaron los paramédicos, me acompañó en la ambulancia. Adrián se quedó en el porche, todavía con el teléfono en la mano.
En el hospital confirmaron la fractura de clavícula y revisaron los golpes que me había causado la caída. Una agente vino a tomar mi declaración. Le mostré el mensaje de Adrián: «Para la cirugía. Mantente lejos de Valeria». También le dije que la cámara del vestíbulo apuntaba hacia la escalera.
Daniel me escuchó sin interrumpir. Cuando la agente salió, me entregó un vaso de agua.
—Pensé que me dirías que debí llamarte antes —murmuré.
—Quise llamarte muchas veces —dijo—. Lamento haber dejado que aquella discusión durara tres años.
Apoyé la cabeza en la almohada. Yo también lo lamentaba.
A la mañana siguiente, Adrián entró en mi habitación con flores. Se detuvo al ver a Daniel sentado junto a la ventana.
—Daniel Serrano —dijo, reconociéndolo.
Mi hermano dirigía una firma con la que la empresa de Adrián llevaba meses intentando cerrar un contrato. Entendí por qué la expresión de mi esposo había cambiado, y me dolió que aquello pudiera inquietarlo más que verme herida.
—Quiero hablar con Clara —dijo Adrián.
Daniel se levantó.
—Le preguntaré si desea verte.
—Ya puedo responder —dije—. Tienes cinco minutos.
Adrián dejó las flores sobre una silla.
—Lo de anoche fue un error. Podemos resolverlo.
—Tú me empujaste. Después me dejaste sola al pie de la escalera.
Miró hacia Daniel.
—No tienes que hablar así delante de él.
—No voy a seguir ocultándolo por ti.
Adrián abrió la boca y volvió a cerrarla. Por primera vez, no encontré en su silencio ninguna razón para quedarme.
Le pedí que se llevara las flores. Cuando salió, llamé a una abogada para empezar el divorcio. Daniel esperó hasta que terminé y luego preguntó si quería que trajera mis libros y mi ropa.
—Sí —dije—. Pero hoy quédate un rato.
Acercó su silla a la cama. Afuera amanecía y el hombro todavía me dolía. La diferencia era que, esta vez, no tenía que levantarme sola.