PARTE 2: LA RAZÓN POR LA QUE SAMUEL DEJÓ DE ESPERAR

Emily fue la primera en romper el silencio.

—Samuel me ha hablado de ti.

Aquello dolió más de lo que esperaba.

—¿De verdad?

—Sí. Dijo que estudiaste en la ciudad.

Miré a Samuel.

—¿Eso es todo lo que dijo?

Él bajó los ojos.

—E-Emily, ¿puedes dejarnos un momento?

Ella vaciló.

Después soltó su brazo.

—Estaré dentro.

Cuando desapareció, Samuel apoyó una mano en la mesa.

Su pierna seguía peor desde la inundación.

Yo había visto aquel daño antes.

Pero ahora comprendía algo distinto.

Mientras yo construía mi vida, él había vivido cada día con la consecuencia física de haberme salvado.

—Samuel…

Saqué una pequeña caja de mi bolso.

Dentro estaba la primera figura de madera que me había regalado.

Un pájaro torcido.

—La conservé.

Sus ojos se humedecieron.

—M-me alegro.

—Volví por ti.

Samuel cerró los ojos.

Durante un segundo creí que diría lo que llevaba años esperando escuchar.

Pero negó lentamente.

—Llegaste tarde.

Sentí que me faltaba aire.

—¿La amas?

Tardó demasiado en responder.

—Emily fue buena conmigo.

—No pregunté eso.

Samuel levantó la mirada.

—Tú tampoco respondiste cuando yo esperaba.

No pude defenderme.

—Pensé que tenía tiempo.

—Yo también.

Se sentó.

—Esperé cinco años.

Cinco.

—Te escribí cada cumpleaños. Después dejaste de responder.

—Estaba trabajando.

—Lo sé.

—Quería regresar cuando tuviera algo que ofrecerte.

Samuel sonrió tristemente.

—Nunca te pedí nada.

Entonces entró su madre.

La señora Chiang me vio y su expresión se endureció.

—¿Por qué has vuelto ahora?

—Solo quiero hablar con Samuel.

—¿Después de siete años?

Samuel intentó detenerla.

—Mamá.

—No.

La mujer abrió un viejo cajón.

Sacó una caja metálica oxidada.

La reconocí.

La caja donde Samuel guardaba dinero para mis estudios.

Pero dentro ya no había billetes.

Había cartas.

Docenas.

Todas dirigidas a mí.

Muchas tenían sellos.

Todas habían sido devueltas.

Tomé una.

DESTINATARIA DESCONOCIDA.

Otra.

DIRECCIÓN INCORRECTA.

Otra.

Lo miré.

—Yo nunca recibí esto.

Samuel frunció el ceño.

—¿Qué?

—Viví en esa dirección cuatro años. Era correcta.

Su madre se quedó inmóvil.

Abrí una carta.

Había sido enviada durante mi segundo año de universidad.

Samuel me contaba que había conseguido un trabajo mejor.

Que estaba ahorrando.

Que esperaba poder viajar algún día para verme.

Al final había escrito:

“No quiero molestarte. Solo dime una vez que quieres que siga esperando.”

Nunca la recibí.

Revisé las demás.

Había una enviada después de mi graduación.

Otra después de conseguir mi primer empleo.

Y una última, de hacía dos años.

No estaba devuelta.

Estaba abierta.

—Samuel, ¿quién abrió esta?

Él palideció.

—Yo no.

Su madre tomó la carta.

Y entonces escuchamos una voz desde la puerta.

—Yo.

Emily estaba allí.

Sentí que el corazón se me detenía.

Samuel también.

—¿T-tú?

Emily empezó a llorar.

—No quería que siguieras esperando a alguien que nunca volvía.

—¿Cómo conseguiste mis cartas?

—Mi madre trabajaba en correos.

Samuel se puso de pie.

—¿Las devolviste?

Emily negó.

—Las primeras no.

La señora Chiang preguntó:

—Entonces ¿quién?

Emily miró hacia mí.

—Una mujer de la ciudad venía cada pocos meses. Pagaba para que cualquier carta dirigida a ella fuera devuelta.

Sentí frío.

—¿Qué mujer?

Emily entró y dejó un sobre sobre la mesa.

—Guardé este porque algo me pareció extraño.

En el reverso aparecía un nombre.

Margaret Bennett.

Mi madre.

No pude respirar.

—Eso es imposible.

Pero reconocí su letra.

Samuel también.

Mi madre había escrito a su familia años atrás agradeciéndoles el dinero para mi universidad.

Salí del patio y la llamé.

Contestó al tercer tono.

—¿Ya llegaste al pueblo?

—¿Interceptaste las cartas de Samuel?

Silencio.

—Mamá.

—Lo hice por ti.

Me apoyé contra la pared.

—¿Por mí?

—No ibas a desperdiciar tu futuro regresando para cuidar a un hombre inválido.

Cerré los ojos.

—Él pagó mis estudios.

—Precisamente. Te estaba comprando una deuda emocional.

—Me salvó la vida.

—Y tú no tenías que pagarle casándote con él.

Colgué.

Cuando regresé al patio, Samuel seguía mirando las cartas.

Emily lloraba.

—Samuel, lo siento.

Él no respondió.

Yo tampoco sabía qué decir.

La boda seguía preparada.

Los invitados llegarían en dos días.

Y descubrir la verdad no borraba siete años.

Me acerqué.

—No voy a pedirte que canceles tu boda.

Samuel levantó la mirada.

—Pero necesitaba que supieras que no te olvidé.

Dejé el pájaro de madera sobre la mesa.

Y me marché.

A la mañana siguiente, alguien llamó a la puerta de la casa de mi infancia.

Era Samuel.

Solo.

Sin traje.

—¿Qué haces aquí?

Sacó de su bolsillo la última carta.

La que Emily había abierto.

—Hay algo que ninguno de nosotros vio ayer.

Señaló la fecha.

Había sido enviada dos años atrás.

Pero dentro había una segunda hoja.

No estaba escrita por Samuel.

Era un recibo bancario.

Una transferencia de una cantidad enorme realizada a su nombre.

Ordenante:

Margaret Bennett.

Mi madre.

—¿Mi madre te pagó?

Samuel negó.

—Nunca recibí ese dinero.

Revisé el número de cuenta.

No pertenecía a Samuel.

Pero alguien había abierto una cuenta utilizando su nombre y sus documentos.

Durante siete años, mi madre había transferido dinero allí.

Entonces vi el concepto del primer pago.

Acuerdo Chiang — manutención y silencio.

Miré a Samuel.

—¿Silencio sobre qué?

Él parecía tan confundido como yo.

Hasta que apareció su madre detrás de él.

Al ver el recibo, perdió el color.

—¿De dónde sacaron eso?

Samuel se giró.

—Mamá…

Ella comenzó a llorar.

—Yo prometí que nunca te lo diría.

—¿Qué cosa?

La señora Chiang se sentó lentamente.

—El dinero de tu universidad no salió solamente del trabajo de Samuel.

Sentí que algo dentro de mí se congelaba.

—Entonces ¿de dónde salió?

—De tu padre.

—Mi padre murió cuando yo era adolescente.

Ella negó.

—El hombre que te crió murió.

Samuel dejó caer su bastón contra la pared.

Su madre me miró directamente.

—Tu verdadero padre estaba vivo cuando te fuiste a la universidad.

—¿Quién era?

La mujer cerró los ojos.

—El padre de Samuel.

Ninguno de los dos habló.

Entonces añadió la frase que convirtió nuestro amor imposible en algo mucho más oscuro.

—Por eso tu madre hizo todo lo necesario para impedir que regresaras por él.

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