PARTE 2: LA HABITACIÓN QUE NADIE HABÍA REVISADO

—Quiero que los niños salgan de estas habitaciones.

Nathan no preguntó por qué.

—Señora Bennett.

La gobernanta apareció casi inmediatamente.

—Prepare dos habitaciones en el ala oeste.

—Pero el doctor Reeves dijo que los gemelos necesitan mantener su rutina.

Me agaché frente a la rejilla.

El olor era más intenso allí.

—Precisamente por eso quiero romperla.

Nathan me miró.

—Explícate.

—No sé qué es. Y no voy a fingir que lo sé. Pero si ambos niños presentan síntomas parecidos y duermen junto al mismo sistema de ventilación, debemos descartar una exposición ambiental.

La expresión de Nathan se endureció.

—¿Ningún médico revisó esto?

—Pregúnteles.

Entramos a conocer a los gemelos.

Jacob estaba sentado dibujando.

Jonah permanecía acostado.

Eran demasiado delgados.

Pero lo primero que me llamó la atención fue otra cosa.

—¿Se sienten mejor cuando salen de casa?

Jacob levantó la cabeza.

—En casa de la abuela puedo correr.

Nathan se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—En Navidad —continuó Jacob—. Jonah y yo jugamos afuera y no nos dolían tanto las piernas.

—¿Por qué nunca me dijiste eso?

El niño se encogió de hombros.

—El doctor Malcolm dijo que era porque estábamos emocionados.

Miré a Nathan.

Él ya había entendido.

Los gemelos fueron trasladados esa misma tarde.

Nathan llamó a una empresa independiente para inspeccionar la ventilación.

No permitió que Reeves eligiera a los técnicos.

Dos horas después encontraron una modificación.

Un pequeño conducto secundario había sido instalado detrás de la pared.

No figuraba en los planos originales.

—¿Adónde conduce? —preguntó Nathan.

El técnico siguió la línea.

Terminaba en una habitación de servicio cerrada.

La señora Bennett buscó las llaves.

No estaban.

Nathan ordenó abrir la puerta.

Dentro había filtros, recipientes vacíos y un pequeño dispositivo conectado al sistema que alimentaba exclusivamente las habitaciones de Jacob y Jonah.

Nathan no gritó.

Eso fue peor.

—Nadie toca nada.

Llamó a seguridad.

Después a la policía.

Y finalmente a un laboratorio independiente.

Esa noche los niños durmieron en el ala oeste.

A la mañana siguiente, Jonah desayunó casi completo.

Jacob pidió salir al jardín.

Era demasiado pronto para sacar conclusiones.

Pero Nathan los observaba como si acabara de despertar de una pesadilla.

Entonces llegó Reeves.

Entró furioso.

—¿Quién autorizó cambiar a mis pacientes de habitación?

Nathan apareció detrás de mí.

—Yo.

Reeves vio a los técnicos.

Después vio la puerta abierta de la habitación de servicio.

Su rostro cambió apenas.

Pero lo vi.

—¿Qué hicieron?

Una pregunta extraña.

No preguntó qué habían encontrado.

Preguntó qué habíamos hecho.

—Encontramos una conexión no registrada —respondí.

Reeves me señaló.

—Desde que esta mujer llegó está provocando paranoia.

—Llegué ayer —dije—. Esa instalación lleva mucho más tiempo aquí.

Nathan se acercó.

—¿La conocías?

—Claro que no.

—Entonces ¿por qué recomendaste mantener a mis hijos específicamente en esas habitaciones?

Reeves guardó silencio.

La señora Bennett apareció con una carpeta.

—Señor Coleman.

Dentro estaban las facturas de mantenimiento.

La modificación del sistema había sido realizada veintidós meses atrás.

Tres semanas antes de que comenzaran los síntomas.

La autorización llevaba una firma electrónica.

Dr. Malcolm Reeves.

Nathan levantó lentamente los ojos.

—Sal de mi casa.

—Nathan, puedo explicarlo.

—Hazlo delante de la policía.

Reeves intentó marcharse.

Seguridad bloqueó la puerta.

Pero la historia no terminó allí.

El análisis preliminar del dispositivo indicó residuos de una sustancia capaz de provocar síntomas compatibles con los que sufrían los gemelos tras exposición repetida.

Y alguien había estado rellenando el sistema.

No hacía dos años.

Hacía cinco días.

Eso significaba que quien lo hacía seguía entrando en la mansión.

Nathan reunió a todo el personal.

Cocineros.

Guardias.

Limpieza.

Jardineros.

Enfermeras.

La señora Bennett.

Revisaron cámaras y registros.

Durante meses, nadie había entrado oficialmente en aquella habitación.

Entonces pregunté:

—¿Y las cámaras antiguas?

El jefe de seguridad bajó la mirada.

—Se borran automáticamente cada treinta días.

—¿Quién puede desactivar una cámara sin aparecer en el registro?

Silencio.

Nathan respondió:

—Yo.

Después añadió:

—Y mi jefe de seguridad.

El hombre palideció.

Pero antes de que Nathan reaccionara, la señora Bennett habló.

—También Rebecca podía.

Todos se quedaron quietos.

Nathan giró hacia ella.

—Rebecca murió hace tres años.

—Lo sé.

La gobernanta parecía aterrada.

—Pero su perfil nunca fue eliminado del sistema.

Revisaron los accesos.

El usuario de Rebecca Coleman había abierto la puerta de servicio cuarenta y tres veces durante los últimos dieciocho meses.

Nathan perdió el color.

—Eso es imposible.

El técnico comprobó el sistema.

No era un error.

Alguien utilizaba las credenciales biométricas antiguas de su esposa.

Entonces encontramos una cámara olvidada en el garaje.

No apuntaba hacia la habitación.

Apuntaba al corredor que conducía hasta ella.

Había conservado siete días de grabación.

La noche del martes, a las 2:13, apareció una mujer.

Gorra.

Mascarilla.

Guantes.

Llevaba un recipiente pequeño.

Entró.

Diecisiete minutos después salió sin él.

Nathan se acercó tanto a la pantalla que casi la tocó.

—Amplíalo.

La imagen era mala.

Pero cuando la mujer giró hacia la escalera, durante menos de un segundo se vio su muñeca.

Llevaba una pulsera de plata con tres pequeñas piedras azules.

Nathan retrocedió.

—¿La reconoce? —pregunté.

No contestó.

Subió corriendo las escaleras.

Regresó con una fotografía.

Rebecca estaba sonriendo junto a los gemelos cuando eran bebés.

En su muñeca llevaba la misma pulsera.

—Se la regalé en nuestro aniversario.

—Tal vez alguien la conservó después de su muerte.

Nathan negó.

—No.

Su voz apenas salió.

—Rebecca llevaba esa pulsera cuando ocurrió el accidente.

La policía recuperó entonces el expediente del choque.

El cuerpo había quedado gravemente quemado.

La identificación no se había realizado mediante ADN.

Se hizo mediante objetos personales.

Entre ellos…

aquella pulsera.

Nathan se sentó.

Durante tres años había creído que su esposa estaba muerta.

Pero todavía faltaba algo.

La señora Bennett apareció con un sobre antiguo.

—Señor Coleman, hay algo que nunca le entregué.

Nathan levantó la mirada.

—¿Qué?

—Rebecca me lo dio una semana antes del accidente. Me hizo prometer que solo lo abriría si alguna vez alguien intentaba enfermar a los niños.

Nathan rompió el sello.

Dentro había una fotografía del doctor Reeves.

Y detrás, escrita de puño y letra por Rebecca, una frase:

“Malcolm no está tratando a nuestros hijos. Está esperando que manifiesten lo mismo que tiene su verdadero padre.”

Nathan dejó caer la fotografía.

Miró hacia el jardín, donde Jacob y Jonah jugaban por primera vez en semanas.

Luego volvió a mirar la nota.

Porque Rebecca acababa de convertir dos misterios en uno.

Quizá seguía viva.

Y Nathan Coleman acababa de descubrir que los gemelos que había criado durante seis años podían no ser biológicamente suyos.

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