Me quedé mirándolo, convencida de que había entendido mal.
Julian, en cambio, parecía completamente serio.
—¿Qué acabas de decir?
Sus ojos bajaron hacia Oliver, dormido contra mi pecho.
—Que no pienso negociar la custodia de mi hijo contigo.
Sentí un pequeño golpe de decepción.
Pero entonces añadió:
—Porque preferiría negociar la permanencia de su madre.
Mi corazón dio un vuelco.
—Julian, nuestro matrimonio tiene fecha de vencimiento.
—Lo sé.
—Dieciocho meses.
—Diecisiete días menos, para ser exactos.
Parpadeé.
—¿Llevas la cuenta?
Él sostuvo mi mirada.
—Desde que empecé a desear que dejara de existir.
No supe qué responder.
Por suerte, Oliver se removió entre mis brazos.
Julian se acercó y apoyó una mano sobre su frente.
Ese gesto sencillo rompió la tensión.
—La fiebre ha bajado —murmuró.
Lo llevamos juntos a su habitación.
Cuando acomodé a Blue junto a su almohada, Oliver abrió apenas los ojos.
—Mamá…
—Aquí estoy.
Sus dedos encontraron los míos.
—No te vayas.
—No voy a irme.
Lo dije sin pensar.
Pero cuando levanté la mirada, Julian estaba junto a la puerta.
Había escuchado.
A la mañana siguiente fingimos que aquella conversación nunca había ocurrido.
Julian fue a trabajar.
Yo llevé a Oliver al estudio.
Durante varios días todo volvió a parecer normal.
Hasta que mi padre apareció en Flores entre la niebla.
No visitaba mi tienda desde hacía casi dos años.
Entró mirando los arreglos florales como si fueran objetos inútiles.
—Claire, tenemos que hablar.
Dejé las tijeras.
—Eso nunca anuncia nada agradable.
Colocó una carpeta sobre el mostrador.
—La fusión está prácticamente terminada.
Abrí el documento.
Había fechas.
Firmas.
Proyecciones financieras.
Y una cláusula marcada en amarillo.
Mi matrimonio con Julian podía disolverse anticipadamente una vez completada la integración empresarial.
Levanté la vista.
—¿Qué significa esto?
—Que ya no necesitas seguir casada.
Sentí frío.
—Nuestro acuerdo era de dieciocho meses.
—Era una garantía. Ya no es necesaria.
Mi padre sonrió.
—Puedes solicitar el divorcio inmediatamente.
Oliver apareció desde la trastienda con una pequeña maceta entre las manos.
—Mamá, mira.
Mi padre se quedó inmóvil.
Oliver también.
—¿Quién es él?
—Mi padre.
Oliver sonrió educadamente.
—Hola, abuelo.
El rostro de mi padre cambió.
—No me llames así.
La sonrisa desapareció de la cara del niño.
Me puse de pie.
—Papá.
—Claire, esto es exactamente lo que quería evitar.
Señaló a Oliver.
—Te estás encariñando demasiado con una familia temporal.
Sentí que algo dentro de mí se endurecía.
—Él no es temporal.
—No es tu hijo.
Oliver bajó la mirada.
Eso bastó.
Abrí la puerta del estudio.
—Vete.
Mi padre pareció sorprendido.
—Claire.
—Ahora.
Se marchó furioso.
Yo cerré la puerta y encontré a Oliver escondido detrás del mostrador.
Me agaché.
—Ven aquí.
Se abrazó a mí.
—¿Cuando te divorcies de papá dejaré de ser tu hijo?
No pude responder inmediatamente.
Porque acababa de descubrir algo aterrador.
La idea de perder a Julian me dolía.
Pero perder a Oliver me parecía imposible.
Aquella noche esperé despierta.
Julian llegó cerca de medianoche.
Dejé la carpeta frente a él.
—Mi padre vino hoy.
Julian miró los documentos.
Su expresión se volvió ilegible.
—Ya veo.
—Podemos divorciarnos antes.
—Sí.
Solo eso.
Sí.
Sentí una punzada absurda.
—Parece que finalmente recuperaremos nuestras vidas.
Julian cerró la carpeta.
—¿Eso quieres?
—Estoy preguntándote a ti.
—Y yo te estoy preguntando a ti.
Nos quedamos mirándonos como dos personas demasiado orgullosas para pronunciar la única respuesta que importaba.
Entonces sonó el timbre.
Era casi la una de la madrugada.
Julian frunció el ceño.
Abrió la puerta.
Un hombre de unos treinta años esperaba bajo la lluvia.
Tenía una maleta pequeña y una fotografía protegida dentro de una funda transparente.
Cuando vio a Julian, respiró profundamente.
—¿Oliver Hart vive aquí?
Julian se tensó.
—¿Quién pregunta?
El desconocido levantó la fotografía.
Reconocí inmediatamente a Amelia.
Estaba embarazada.
Y abrazaba al hombre que teníamos delante.
—Me llamo Nathan Cole.
Su voz tembló.
—Soy el padre biológico de Oliver.
Julian dio un paso hacia él.
Pero Nathan todavía no había terminado.

Sacó un sobre de su chaqueta.
—Y he venido porque Amelia dejó una carta que demuestra que yo nunca abandoné a mi hijo.
Julian perdió el color.
Entonces comprendí algo mucho peor.
Julian ya sabía que aquella carta existía.