Dos días después, a las cinco y veinte de la mañana, subí al avión rumbo a Xinjiang.
No hubo despedidas.
No hubo última conversación.
Solo mi maleta, mi bata cuidadosamente doblada y una tranquilidad que no había sentido en años.
Antes de despegar envié dos mensajes.
El primero a mis padres:
“Ya estoy en el avión. Los llamaré cuando llegue.”
El segundo a Mia:
“No le digas a Nathan dónde estoy.”
Después apagué el teléfono.
Mientras tanto, Nathan seguía creyendo que yo estaba preparando el viaje a Yunnan que él había organizado.
No descubrió la verdad hasta aquella tarde.
Llegó a nuestro apartamento cargando una bolsa de regalos.
—¿Lena?
Nadie respondió.
Abrió el dormitorio.
Mi ropa había desaparecido.
También mis libros médicos.
La fotografía de nuestros tres años juntos seguía sobre la cómoda.
No me la llevé.
Nathan me llamó.
Número no disponible.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Entonces llamó a Mia.
—¿Dónde está Lena?
—¿Ahora te preocupa?
—Deja de jugar.
—Tú cancelaste vuestro registro para cuidar a Clara.
Mia soltó una risa fría.
—¿Qué esperabas? ¿Que Lena se quedara sentada esperando tu regreso?
—Solo pospusimos el registro.
—Tú lo pospusiste. Ella canceló la boda.
Nathan quedó en silencio.
—¿Qué?
—Hotel, ceremonia, banquete. Todo.
Mia colgó.
Una hora después, Nathan estaba en el hospital.
Mi consulta tenía otro nombre en la puerta.
La jefa de enfermeras lo encontró preguntando por mí.
—La doctora Song ya no trabaja temporalmente aquí.
—¿Dónde está?
—Fue asignada a un equipo médico regional.
El rostro de Nathan cambió.
—¿Adónde?
La enfermera lo miró con indiferencia.
—No puedo proporcionarle información personal.
Aquella noche recibí treinta y seis llamadas cuando finalmente encendí el teléfono.
No respondí.
Luego aparecieron los mensajes.
“Lena, ¿qué significa esto?”
“¿Cancelaste nuestra boda?”
“Dime dónde estás.”
Y finalmente:
“No puedes desaparecer así después de tres años.”
Miré aquella frase durante varios segundos.
Después bloqueé su número.
Mi nueva vida comenzó a la mañana siguiente.
El hospital regional era pequeño.
El viento levantaba polvo contra las ventanas y faltaban especialistas.
Apenas había terminado de presentarme cuando llegó una urgencia cardíaca.
Trabajamos durante horas.
Cuando finalmente salí del quirófano, un médico alto esperaba junto a la puerta con dos cafés.
—Doctora Song.
Me tendió uno.
—Soy Ethan Lu, responsable del equipo. Me dijeron que rechazó este destino hace unas semanas.
—Mis planes cambiaron.
No preguntó por qué.
Solo respondió:
—Entonces me alegra que haya venido.
Aquella sencillez me sorprendió.
Nada de interrogatorios.
Nada de exigencias.
Nada de hacerme sentir culpable por elegir mi carrera.
Los días siguientes fueron demasiado intensos para pensar en Nathan.
Hasta que una semana después mi madre me llamó.
—Lena, Nathan vino a casa.
Guardé silencio.
—¿Qué quería?
—Encontrarte.
—No le dijiste dónde estoy, ¿verdad?
—No.
Mi madre dudó.
—Pero trajo algo.
—¿Qué?
—Una carpeta que encontró entre las cosas de Clara.
Me incorporé.
—¿De Clara?
—Nathan dice que descubrió que ella llevaba meses mintiéndole.
Casi me reí.
—Eso ya no es asunto mío.
—Lena, escucha primero.
La voz de mamá se volvió seria.
—Dentro había copias de tus documentos.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Qué documentos?
—Tu identificación. Tu información del hospital. Incluso la solicitud para Xinjiang.
Me quedé inmóvil.
Yo había guardado aquella solicitud en el cajón de mi escritorio.
Clara jamás debería haber podido verla.
—Mamá, ¿Nathan tiene esa carpeta?
—Sí.
Entonces escuché otra voz detrás de ella.
—Lena.
Nathan.
Me puse de pie de golpe.
—¿Por qué estás en casa de mis padres?
—Porque necesito decirte algo antes de que Clara descubra que encontré esto.
—No me interesa.
—Debería.
Su respiración sonaba agitada.
—Clara sabía que ibas a Xinjiang antes que yo.
Miré por la ventana del hospital.
—Eso es imposible.
—Hay algo más.
Escuché papeles.
—Encontré una reserva de avión hecha hace tres semanas.
—¿De quién?
Nathan tardó varios segundos en responder.
—De Clara.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
—¿Destino?
Nathan pronunció una sola palabra.
—Xinjiang.
En ese instante alguien llamó a la puerta de mi alojamiento.
Tres golpes suaves.
Me acerqué.

—¿Quién es?
Una voz femenina respondió desde el otro lado.
Una voz que conocía perfectamente.
—Lena, abre.
Era Clara.