PARTE 2: El secreto bajo la villa

A la mañana siguiente fui directamente a casa de mi padre.

No fui a la villa.

Por primera vez, obedecí sin discutir.

Mi padre ya me esperaba en el estudio.

Sobre la mesa había una caja metálica antigua.

—Cierra la puerta —dijo.

Lo hice.

—Ahora dime qué está pasando.

Mi padre permaneció varios segundos en silencio.

—Tu madre conocía a Julián Romero mucho antes de que tú conocieras a Álex.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué relación tenían?

—Negocios.

Abrió la caja.

Dentro había fotografías, contratos y una llave pequeña.

—Tu madre invirtió en una empresa tecnológica hace más de veinte años. Julián era uno de los socios.

—Nunca me hablaste de eso.

—Porque después ocurrió algo.

Sacó un documento.

—Descubrió que alguien estaba desviando activos de la compañía mediante empresas fantasma.

—¿Julián?

—Ella estaba convencida.

Me quedé mirando la fotografía que había recibido.

—¿Y qué tiene que ver la villa?

Mi padre sostuvo la pequeña llave.

—Tu madre reunió pruebas.

—¿Las escondió allí?

—Eso creía.

—¿Y ahora?

Me miró fijamente.

—Ahora creo que escondió algo mucho más valioso.

Antes de que pudiera preguntar, sonó mi teléfono.

Álex.

No respondí.

Volvió a llamar.

Y otra vez.

Finalmente llegó un mensaje.

“Necesitamos hablar de la villa. Es urgente.”

Mi padre lo leyó.

—Ya saben que cambiaste la propiedad.

—¿Cómo?

—Eso es precisamente lo preocupante.

Esa tarde llamó nuestro abogado.

Alguien había intentado obtener información sobre la transferencia.

No era Álex.

Era una empresa llamada Orion Capital Holdings.

Mi padre palideció al escuchar el nombre.

—Esa empresa existía cuando murió tu madre.

—¿Quién es el propietario?

—Sobre el papel, nadie relacionado con los Romero.

Hizo una pausa.

—Pero tu madre estaba investigándola.

Aquella noche decidimos entrar en la villa acompañados por el abogado y dos personas de seguridad.

Mi padre llevaba la llave.

Fuimos directamente a la habitación de mi madre.

Todo permanecía como lo recordaba.

Libros.

Plantas secas.

La taza de porcelana.

Mi padre se acercó a la biblioteca.

—Tu madre me dijo una vez que, si algún día tú corrías peligro por esta casa, debía buscar donde ella veía salir el sol.

Miré alrededor.

La habitación estaba orientada al sur.

Entonces recordé algo.

Mamá siempre se sentaba junto a la tercera ventana.

Movimos el escritorio.

Debajo había una pequeña placa de madera diferente al resto.

La levantamos.

Encontramos una cerradura.

La llave encajó.

Pero debajo no había dinero.

Ni joyas.

Había una caja hermética.

Dentro encontramos varios discos duros, documentos originales y un sobre con mi nombre.

Mis manos temblaron al abrirlo.

La letra era de mamá.

Solo había una frase:

“Elena, si estás leyendo esto, significa que Julián volvió por lo que nunca pudo encontrar.”

Debajo había un certificado.

Lo leí dos veces.

Después una tercera.

—Papá…

Mi padre tomó el documento.

Su expresión cambió.

Era la participación accionarial de una empresa que posteriormente había sido absorbida y transformada en un enorme grupo tecnológico.

Aquellas acciones no valían treinta y un millones.

Según la valoración adjunta, incluso veinte años atrás representaban una fortuna.

—¿Cuánto vale esto ahora? —pregunté.

Mi padre negó lentamente.

—Necesitamos comprobarlo.

Entonces escuchamos un ruido abajo.

Uno de los hombres de seguridad apareció en la puerta.

—Señorita, hay alguien en el jardín.

Nos condujo hacia las cámaras.

Un hombre estaba junto a la entrada.

Álex.

Solo.

Le envié un mensaje.

“Vete.”

Su respuesta llegó inmediatamente.

“Encontraste la caja.”

Sentí que se me helaba la sangre.

Mi padre leyó la pantalla.

—No le dijimos a nadie que existía.

Entonces llegó otro mensaje.

“Elena, escucha. Mi padre tampoco es quien crees.”

Y otro.

“Si encontraste los discos duros, no los conectes a ningún ordenador.”

Miré la caja.

Demasiado tarde.

El abogado ya había conectado uno a su portátil.

La pantalla parpadeó.

Aparecieron decenas de carpetas.

Una llevaba el nombre de Julián Romero.

Otra, el de mi madre.

Pero había una tercera.

MI PADRE.

Giré lentamente hacia él.

Su rostro había perdido todo el color.

—Papá…

Retrocedió.

—Elena, puedo explicarlo.

En la pantalla apareció un vídeo fechado tres días antes de la muerte de mamá.

Mi padre estaba sentado frente a Julián Romero.

Y entre ambos, sobre una mesa, estaba exactamente la misma caja que acabábamos de sacar del suelo.

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