Daniel no tocó el informe.
Se quedó mirando su nombre como si esperara que desapareciera.
—Julia, puedo explicarlo.
—Empieza por su nombre.
Levantó los ojos.
—¿El nombre de quién?
—De tu esposa.
Su silencio respondió antes que él.
—Rebecca —murmuró finalmente—. Rebecca Moore.
—¿Cuándo os casasteis?
—Hace seis años.
Sentí que algo dentro de mí se enfriaba.
—¿Y cuándo os divorciasteis?
Daniel cerró los ojos.
—Legalmente… todavía no lo hemos hecho.
Me levanté.
—Entonces sal de mi casa.
—Julia, espera. Ese matrimonio terminó hace años.
—Pero sigue existiendo.
—Solo sobre el papel.
—Precisamente el papel que ibas a ignorar mientras intentabas casarte conmigo.
Daniel rodeó la mesa.
—Rebecca desapareció. No vivimos juntos. No somos pareja.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
No respondió.
—¿Por qué querías tu nombre en mi apartamento?
Aquello lo hizo detenerse.
—Eso no tiene relación.
—La doctora Harris me dijo que no firmara ningún documento contigo.
Su expresión cambió.
Solo durante un segundo.
Pero lo vi.
—¿Qué más te dijo esa doctora?
Ya no sonaba preocupado.
Sonaba alarmado.
—Lo suficiente.
Mentí.
Daniel me observó durante varios segundos.
Después tomó su chaqueta.
—Estás cometiendo un error.
—Quizá.
Abrí la puerta.
—Pero ya no será contigo.
Se marchó.
A la mañana siguiente cancelé oficialmente la boda.
Entonces llamé a la doctora Harris.
—Necesito saber por qué sabía lo de Rebecca.
Hubo silencio.
—No debería hablar de información que no le corresponde.
—Entonces dígame solo lo que pueda decirme.
La doctora respiró profundamente.
—Venga al hospital.
Una hora después estaba nuevamente frente a ella.
Esta vez había una mujer sentada en el consultorio.
Tendría unos treinta y tantos años.
Cabello oscuro.
Abrigo gris.
Cuando me vio, se puso de pie.
—¿Julia?
—Sí.
Sus ojos se llenaron de una tristeza extraña.
—Soy Rebecca Moore.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—¿La esposa de Daniel?
—Legalmente, sí.
Me senté.
Rebecca colocó una carpeta sobre la mesa.
—Daniel no estaba intentando casarse contigo porque olvidó divorciarse de mí.
—Entonces, ¿por qué?
Sacó varios documentos.
—Porque necesita una propiedad libre de cargas.
Vi mi dirección.
Mi apartamento.
—¿Cómo tiene esto?
—Porque antes hizo lo mismo conmigo.
Rebecca había heredado una pequeña casa de su abuela.
Meses después de casarse, Daniel la convenció para utilizarla como respaldo de una inversión.
La empresa desapareció.
También el dinero.
—¿Lo denunciaste?
—Sí.
—¿Entonces por qué está libre?
Rebecca bajó la mirada.
—Porque Daniel no figuraba directamente en casi nada.
La doctora Harris intervino.
—Reconocí su nombre durante el examen porque Rebecca fue paciente mía hace años.
Ahora entendía su miedo.
—¿Por qué Daniel sigue casado contigo?
Rebecca abrió otra carpeta.
—Eso es lo que nunca comprendí.
Entonces sacó una fotografía.
Daniel estaba entrando en un edificio junto a una mujer mayor.
Reconocí inmediatamente a la mujer.
—Esa es su madre.
Rebecca negó.
—No.
Me miró.
—Daniel me presentó exactamente a la misma mujer como su madre.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—¿Qué quieres decir?
—Investigamos su identidad.
Empujó hacia mí una copia de un registro mercantil.
La mujer figuraba como directora de varias empresas.
Una de ellas había intentado solicitar información sobre mi apartamento hacía apenas once días.
—Julia —dijo Rebecca—, creo que tu boda nunca fue el objetivo.
Miré a la doctora.
—Entonces, ¿qué querían?
Rebecca respondió:
—Tu firma.
Mi teléfono vibró.
Era mi madre.
Contesté inmediatamente.
—¿Mamá?
Su voz sonaba confusa.
—Julia, hay un hombre aquí preguntando por ti.
Me levanté.
—¿Qué hombre?
—Daniel.
Se me heló la sangre.
—Mamá, no firmes nada.
Hubo silencio.
—¿Mamá?
Entonces escuché la voz de Daniel al otro lado.
—Llegas tarde, Julia.
La llamada terminó.
Corrí hacia la puerta, pero Rebecca me sujetó.
—Espera.
—¡Está con mi madre!
—Precisamente por eso tienes que ver esto.
Sacó el último documento de la carpeta.
Era una copia de mi certificado de nacimiento.
Había una anotación que yo jamás había visto.
Rebecca señaló el nombre de mi padre.
—Daniel no te eligió por tu apartamento.
La miré.
—¿Entonces por qué?
Rebecca tragó saliva.
—Porque tu padre estuvo relacionado con las mismas empresas que vaciaron mi patrimonio.
Hizo una pausa.
—Y según estos documentos, antes de morir escondió algo que todavía vale millones.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un mensaje de Daniel.

Una fotografía.
Mi madre estaba sentada frente a él.
Sobre la mesa había una carpeta abierta y una pluma.
Debajo, solo cinco palabras:
“Pregúntale quién era tu padre.”