La habitación quedó en silencio.
Durante varios segundos nadie se atrevió a hablar.
Mi madre seguía mirando la carta en mis manos como si quisiera arrancármela.
—Elena, no exageres —dijo finalmente—. Estás pasando por un momento difícil y cualquier cosa te parece una conspiración.
La miré.
La misma mujer que no había estado conmigo en el funeral de mi hija ahora estaba preocupada por mi estabilidad.
Qué conveniente.
Conecté la memoria USB al portátil de Julián.
Rodrigo dejó de mirar el teléfono.
Mi padre se acercó un poco.
—¿Qué estás haciendo?
No respondí.
La pantalla se llenó de carpetas.
Una tenía un nombre:
“SI ALGO ME PASA”.
Sentí un escalofrío.
Julián no era una persona paranoica.
Era un hombre cuidadoso.
Abrí la carpeta.
Había documentos.
Grabaciones.
Correos.
Fotografías.
Y una lista de movimientos bancarios.
Mi respiración se cortó cuando vi el primer archivo.
“Transferencias familiares”.
Durante años, Julián había ayudado económicamente a mi familia.
Pagó deudas de mis padres.
Cubrió préstamos de Rodrigo.
Incluso financió el primer negocio de mi hermano.
Pero nunca me lo había contado.
Pensaba que yo defendería a mi familia aunque ellos nunca nos defendieran a nosotros.
Abrí el siguiente documento.
Era un informe financiero.
El nombre de Rodrigo aparecía varias veces.
Préstamos.
Deudas.
Dinero desaparecido.
Entonces apareció una transferencia reciente.
800 mil pesos.
Exactamente la cantidad que Rodrigo acababa de pedirme.
Levanté la mirada.
—¿Por qué Julián tenía esto?
Nadie respondió.
Rodrigo se puso pálido.
—Eso no significa nada.
—¿No?
Giré la pantalla hacia él.
—Aquí dice que dos semanas antes del accidente intentaste pedirle dinero a Julián.
Silencio.
Mi madre habló rápidamente:
—Rodrigo solo estaba pasando por un mal momento.
—¿Y por eso necesitaba ocultármelo?
Mi voz salió más fría de lo que esperaba.
Abrí otro archivo.
Era un audio.
La fecha era tres días antes del accidente.
La voz de Julián llenó la sala.
“Si algo me ocurre, Elena debe saber que no fue un accidente”.
Sentí que mis manos empezaban a temblar.
“Descubrí que alguien manipuló documentos de la empresa y estaba intentando desviar dinero. No sé hasta dónde llega esto, pero tengo pruebas”.
Miré a mi familia.
Mi padre había dejado de mirar con arrogancia.
Mi madre estaba completamente inmóvil.
Rodrigo parecía no saber dónde poner las manos.
—¿Qué hiciste? —le pregunté.
Él retrocedió.
—No sabes de qué estás hablando.
—Entonces explícame por qué Julián investigaba tus cuentas.
Nadie respondió.
La puerta de la casa sonó.
Todos volteamos.
Era la abogada de Julián.
Mariana Solís.
Entró con una carpeta gris.
Me miró.
Luego miró a mi familia.
—Llegué justo a tiempo.
Mi madre se levantó.
—¿Quién es usted?
Mariana dejó la carpeta sobre la mesa.
—La persona que Julián contrató para proteger a Elena y a Sofía si algo le ocurría.
La palabra Sofía hizo que mi pecho doliera.
Mariana abrió la carpeta.
—Señora Elena, su esposo dejó instrucciones muy claras.
Pausa.
—La primera era que nadie de su familia recibiera acceso a los bienes hasta que se completara una investigación.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Mariana lo miró directamente.
—Significa que Julián sospechaba que algunas personas cercanas a él estaban intentando beneficiarse de su muerte.
Rodrigo dio un paso atrás.
—Eso es una locura.
Mariana sacó una fotografía.
La dejó sobre la mesa.
Era una imagen tomada desde una cámara de seguridad.
La fecha:
El día del accidente.
Mi corazón dejó de latir por un segundo.
Porque en la imagen aparecía una persona que reconocí perfectamente.
Alguien que había dicho estar en Cancún.
Alguien que había enviado fotos desde la playa.
Alguien que ahora estaba frente a mí.
Mi propia familia.
Y entonces Mariana dijo:
—Elena, hay algo más que necesitas saber.
—El accidente de Julián y Sofía no ocurrió por una falla del vehículo.
Pausa.
—El sistema fue manipulado.
Miré a mis padres.
Miré a Rodrigo.
Y por primera vez desde que perdí a mi esposo y a mi hija…
sentí algo distinto al dolor.
Sentí que la verdad finalmente estaba llegando.