—¿Te pedí tu opinión? —repitió Patricia con frialdad.
Rosa bajó la mirada.
No porque tuviera miedo.
Porque estaba eligiendo sus palabras.
Emiliano lo notó inmediatamente.
Durante años había visto a Rosa como una empleada silenciosa. Alguien que hacía su trabajo y desaparecía en los pasillos.
Pero en ese momento entendió algo.
Ella no estaba callada porque no tuviera nada que decir.
Estaba callada porque llevaba demasiado tiempo protegiendo a sus hijas sin que nadie se diera cuenta.
—Solo digo que las niñas necesitan paciencia —respondió Rosa.
Patricia soltó una risa corta.
—Qué curioso.
—Una empleada cree que puede decirme cómo educar a las hijas de mi prometido.
Emiliano apretó los puños frente al monitor.
Sus hijas.
Su casa.
Su familia.
Y él había estado preocupado por la persona equivocada.
En la pantalla, Daniela levantó la cabeza.
—Rosa, está bien.
Pero su voz no sonaba como una niña tranquila.
Sonaba como alguien intentando evitar que un problema empeorara.
Eso fue lo que más daño le hizo a Emiliano.
Sus hijas ya habían aprendido a manejar el comportamiento de Patricia.
A caminar con cuidado.
A hablar menos.
A esconder sus emociones.
Y él nunca lo había visto.
Porque cuando él estaba presente, Patricia volvía a ponerse la máscara.
La mujer cariñosa.
La futura esposa perfecta.
La persona que le decía:
“Solo quiero ayudar a tus hijas porque necesitan una figura femenina”.
Patricia salió de la sala después de unos minutos.
Rosa se arrodilló junto a las niñas.
—¿Están bien?
Martina negó lentamente con la cabeza.
—¿Papá va a creerle?
La pregunta hizo que Emiliano se quedara inmóvil.
Rosa suspiró.
—Tu papá te quiere.
Daniela bajó la mirada.
—Pero siempre le cree a ella.
Silencio.
En la sala de monitoreo, Emiliano sintió que algo se rompía dentro de él.
Porque esa frase era la respuesta a todas las preguntas que llevaba semanas evitando.
Por qué sus hijas estaban más calladas.
Por qué dejaron de correr hacia Patricia.
Por qué dejaron de pedirle que se quedara en casa.
Por qué Rosa parecía siempre estar alerta.
Entonces ocurrió algo que cambió todo.
Patricia regresó.
Pero esta vez llevaba su teléfono en la mano.
—Creo que ya es hora de terminar con esta situación.
Rosa se puso de pie.
—¿Qué quiere decir?
Patricia sonrió.
Una sonrisa que Emiliano nunca había visto antes.
—Que cuando Emiliano vuelva, ya no tendrás que preocuparte por trabajar aquí.
Rosa palideció.
—¿Me está despidiendo?
—Sí.
—Y también voy a asegurarme de que nadie vuelva a contratarte.
Emiliano se levantó de golpe de la silla.
El jefe de seguridad lo miró.
—Señor Duarte…
Pero Emiliano no respondió.
Porque en ese momento entendió algo.
Patricia no estaba intentando controlar la casa.
Estaba intentando controlar a todos los que podían revelar la verdad.
Unos minutos después, Emiliano salió de la sala de seguridad.
No fue hacia Patricia.
No todavía.
Fue hacia sus hijas.
Entró en la habitación de juegos.
Daniela y Martina estaban sentadas juntas.
Cuando lo vieron, sus rostros cambiaron.
Primero sorpresa.
Después miedo.
—Papá…
Esa palabra casi lo destruyó.
Porque esperaba que corrieran hacia él.
Como antes.
Pero no lo hicieron.
Se quedaron quietas.
Como si no supieran si podían confiar.
Emiliano se agachó frente a ellas.
—Perdón.
Las dos lo miraron.
—¿Por qué?
La pregunta de Daniela fue pequeña.
Pero más dolorosa que cualquier acusación.
—Porque estuve mirando a todos menos a ustedes.
Martina abrazó su conejo de peluche.
—Patricia dice que si te contamos cosas, te vas a enojar con nosotras.
Emiliano cerró los ojos.
Ahora entendía.
No era que sus hijas estuvieran alejadas de él.
Alguien había trabajado durante meses para que ellas creyeran que acercarse a él era peligroso.
Esa noche, Emiliano canceló todos sus compromisos.
Llamó a su equipo legal.
Pidió revisar cada contrato.
Cada transferencia.
Cada acceso que Patricia había tenido dentro de la casa.
Y entonces apareció algo extraño.
Una transferencia mensual.
A una cuenta desconocida.
El concepto decía:
“Servicios familiares”.
Pero la cuenta no pertenecía a ninguna empresa.
Pertenecía a alguien relacionado con Patricia.
Alguien que Emiliano conocía.
Alguien que había estado entrando y saliendo de su casa durante meses.
Cuando abrió el archivo adjunto de la transferencia, vio un nombre.
Y por primera vez desde que empezó todo, comprendió que Patricia no había actuado sola.
Había alguien más detrás.
Alguien que conocía perfectamente sus puntos débiles.
Y que sabía exactamente cómo destruir su familia desde dentro.