PARTE 2: EL DÍA 29 QUISO RECUPERARME, PERO YA ERA DEMASIADO TARDE

El día diez me mudé.

Dos maletas. Mis documentos. La ropa de mi hija.

Nada más.

Esa noche Adrián llamó.

—¿Dónde estás?

—En mi nueva casa.

—Dame la dirección.

—No.

—Clara, todavía soy tu esposo.

Miré el calendario.

—Durante veinte días más.

Y colgué.

Mi nueva vida estaba empezando.

Sofía y yo habíamos alquilado un pequeño local para abrir una cafetería. Durante años cociné para Adrián y su familia sin que nadie valorara mi trabajo.

Ahora la licencia tenía mi nombre.

Clara Bennett. Propietaria.

El día dieciocho, Adrián apareció allí.

Yo ya no llevaba el enorme abrigo con el que ocultaba mi embarazo.

Cuando me vio, sus ojos bajaron lentamente hacia mi vientre.

Palideció.

—¿Estás embarazada?

—Sí.

—¿De cuánto?

—Treinta y cuatro semanas.

Hizo el cálculo.

—Es mi hija.

—Sí.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Lo miré fijamente.

—Viviste conmigo ocho meses, Adrián. No tuve que esconderte nada. Simplemente dejaste de mirarme.

Se quedó sin palabras.

Luego dijo:

—Entonces no podemos divorciarnos.

—Una hija no arregla un matrimonio.

A partir de ese día empezó a llamar constantemente.

Preguntaba si había comido.

Si necesitaba ir al médico.

Compró ropa para la bebé.

De pronto se convirtió en el marido atento que yo había esperado durante años.

Pero llegó demasiado tarde.

El día veintinueve apareció en mi apartamento.

—Clara, retiremos la solicitud.

—¿Por qué?

—Porque cometí un error.

Me enseñó mensajes de su madre. Ella llevaba meses convenciéndolo de que yo no lo quería, gastaba su dinero y planeaba abandonarlo.

—Le creí —admitió—. Pero quiero arreglarlo.

Negué lentamente.

—Ese no fue tu mayor error.

—¿Entonces cuál?

—Nunca preguntarme si era verdad.

Bajó la mirada.

—Dame otra oportunidad.

En ese momento llamaron a la puerta.

Adrián estaba más cerca y abrió.

Mi abogado estaba detrás.

Traía los documentos definitivos del divorcio y un acuerdo de custodia.

El rostro de Adrián cambió.

—¿De verdad vas a hacerlo?

—Mañana es el día treinta.

—Clara…

—No voy a impedirte ser padre. Pero ser padre de mi hija no significa que tengas derecho a seguir siendo mi esposo.

Al día siguiente firmamos.

Tres semanas después nació nuestra hija.

Adrián llegó al hospital y esperó hasta que autoricé su entrada.

Cuando sostuvo a la pequeña por primera vez, lloró.

—¿Cómo se llama?

—Margarita.

Él me miró.

Era la misma flor bordada en aquel viejo delantal que me había regalado cuando todavía éramos felices.

Pero no confundió aquel recuerdo con una segunda oportunidad.

Meses después, mi cafetería abrió.

Adrián cumplió su responsabilidad como padre.

Yo construí mi negocio y mi propia vida.

Nunca volvimos a ser marido y mujer.

Porque el día veintinueve él finalmente quiso cerrar la puerta del divorcio.

Pero cuando abrió la puerta de mi apartamento y encontró a mi abogado esperando…

comprendió que yo ya había cruzado otra.

Y esta vez no pensaba regresar.

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