PARTE 2: LA DOBLE TRAICIÓN

Seong-ho sacó el primer documento de la carpeta negra y lo dejó sobre la mesa.

Era una solicitud de divorcio.

Mi nombre aparecía en la primera página.

Pero yo jamás la había visto.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Min-jae no respondió.

Su padre pasó otra hoja.

—Hace cuatro meses, mi hijo pidió al departamento jurídico que preparara su divorcio en secreto.

Sentí un vacío en el estómago.

Cuatro meses.

Mientras yo todavía estaba embarazada.

—Papá, esto no te concierne —murmuró Min-jae.

Seong-ho golpeó la mesa con la palma.

—¡Tus hijos me conciernen!

Los gemelos comenzaron a llorar desde la habitación.

Instintivamente me levanté, pero Seong-ho suavizó la voz.

—Ve con ellos, Ji-woo. Esto no terminará mientras estés fuera.

Cuando regresé con Hyun entre mis brazos, había otro documento sobre la mesa.

Esta vez era una transferencia bancaria.

Una cantidad enorme enviada mensualmente a Seo Ha-rin.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

—Dieciocho meses —respondió Seong-ho.

Cerré los ojos.

Dieciocho meses de mentiras.

Min-jae finalmente se acercó.

—Ji-woo, puedo explicarlo.

—Entonces explica una sola cosa. ¿Pensabas abandonarme después de que nacieran nuestros hijos?

Su silencio respondió por él.

Pero Seong-ho todavía no había terminado.

Sacó una tercera hoja.

Min-jae se puso de pie de golpe.

—¡No!

Aquella reacción hizo que mi corazón se acelerara.

—¿Qué es?

Seong-ho me entregó el documento.

Era una investigación interna de la empresa.

El nombre de Seo Ha-rin aparecía vinculado a una compañía que había recibido contratos millonarios de una filial controlada directamente por Min-jae.

—La relación no es el único problema —explicó Seong-ho—. Mi hijo utilizó recursos corporativos para beneficiar a una empresa relacionada con ella.

Min-jae apretó los puños.

—Lo hice para protegerla.

Lo miré incrédula.

—¿Y quién nos protegía a nosotros?

No tuvo respuesta.

Entonces su teléfono comenzó a sonar.

En la pantalla apareció el nombre que ya jamás olvidaría.

Seo Ha-rin.

Min-jae intentó tomarlo.

Su padre fue más rápido.

Respondió y activó el altavoz.

—¿Min-jae? —dijo una mujer—. Necesito saber cuándo vas a contarle todo. No pienso seguir escondiéndome.

Seong-ho permaneció inmóvil.

—Ya lo sabemos.

Silencio.

La llamada terminó inmediatamente.

Min-jae parecía derrotado.

—Papá, dame tiempo.

—Tuviste dieciocho meses.

Seong-ho volvió a abrir la carpeta.

—Desde esta noche quedas suspendido de tus funciones ejecutivas mientras el consejo investiga las transferencias.

Min-jae lo miró horrorizado.

—Soy tu hijo.

—Precisamente por eso esperaba más de ti.

Luego Seong-ho se volvió hacia mí.

—Ji-woo, no voy a decidir qué debes hacer con tu matrimonio. Pero nadie utilizará mi apellido para dejarte indefensa.

Min-jae cayó de rodillas frente a mí.

—Cometí un error.

Retrocedí.

—Un error ocurre una vez. Tú construiste una vida paralela durante dieciocho meses.

—Podemos salvar nuestra familia.

Miré hacia la habitación donde dormían nuestros hijos.

—Nuestra familia son ellos. Lo nuestro lo destruiste tú.

Tres meses después, la investigación interna terminó.

Min-jae perdió su puesto ejecutivo y tuvo que responder por las operaciones que había autorizado. Su relación con Ha-rin tampoco sobrevivió al escándalo.

Yo inicié el divorcio.

No porque Seong-ho me lo ordenara.

Sino porque finalmente entendí que permanecer al lado de alguien por miedo a empezar de nuevo también era una forma de perderme.

El día que firmé los documentos definitivos, Min-jae me esperaba afuera.

—¿Alguna vez podrás perdonarme?

Miré al hombre al que una vez había amado.

—Quizá.

Sus ojos recuperaron una pequeña esperanza.

Entonces terminé:

—Pero perdonarte no significa darte otra oportunidad.

Subí al automóvil.

En el asiento trasero estaban Joon y Hyun, profundamente dormidos.

Seong-ho esperaba junto al vehículo.

Antes de cerrar la puerta, me dijo:

—Lamento no haber criado al hombre que merecías.

Negué suavemente.

—Ahora solo ayúdeme a que sus nietos aprendan a ser mejores.

El antiguo general asintió.

Y mientras el automóvil se alejaba, comprendí algo.

Aquella noche creí que un mensaje había destruido mi familia.

Me equivocaba.

El mensaje solo había revelado una verdad que llevaba demasiado tiempo escondida.

Y algunas verdades no llegan para destruirte.

Llegan para abrir la puerta que nunca te habrías atrevido a cruzar.

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