PARTE 2: EL DIVORCIO QUE LO DEJÓ SIN NADA

Adrián no respondió.

Su madre fue la primera en reaccionar.

—¿Falsificar? No digas estupideces.

Miré a Adrián.

—Entonces explícalo tú.

Él apretó el certificado.

—Podemos hablar en casa.

—No tenemos casa.

La frase lo dejó inmóvil.

—Legalmente llevamos sesenta y ocho días divorciados. ¿Recuerdas?

Daniela miraba alternativamente a Adrián y a mí.

—¿Pero por qué seguir fingiendo?

Yo también quería escuchar la respuesta.

Adrián se pasó una mano por el rostro.

—Mi padre quería que me casara con alguien que pudiera ayudar a la familia.

Finalmente lo dijo.

—Los Chen propusieron una alianza. Su hija aceptó comprometerse conmigo, pero necesitaban comprobar que yo estaba legalmente libre.

Sentí una calma extraña.

—Así que te divorciaste de mí.

—Pensaba decírtelo.

—¿Cuándo? ¿Después de casarte otra vez?

Su madre intervino:

—Elena, entiende tu posición. Este tipo de matrimonios son decisiones empresariales.

La miré.

—Perfecto.

Tomé mi bolso.

—Entonces no existe ningún problema. Su hijo ya está libre.

Adrián se levantó.

—No puedes marcharte así.

Lo miré sorprendida.

—Tú ya me hiciste marcharme hace sesenta y ocho días. Solo olvidaste avisarme.

Salí.

Adrián me siguió hasta la entrada.

—Elena.

Intentó sujetarme del brazo.

Me aparté.

—No vuelvas a tocarme.

Por primera vez vi miedo verdadero en sus ojos.

—¿Qué vas a hacer?

—Lo que debí hacer hace seis años.

—¿Qué significa eso?

—Vivir como si nunca hubiera conocido a la familia Lu.

Su expresión cambió.

—¿Y la herencia?

Ahí estaba.

La pregunta llegó finalmente.

Sonreí.

—Buenas noches, Adrián.

A la mañana siguiente me reuní con mis abogados.

La falsificación de mi firma sería revisada por las vías legales correspondientes.

Pero había algo todavía más irónico.

La fecha del divorcio.

Sesenta y ocho días antes.

Mi pariente había fallecido treinta y nueve días después.

Por tanto, cuando recibí la herencia, Adrián ya no era mi esposo.

Él mismo había creado la separación legal que ahora impedía que pudiera presentarse como mi cónyuge cuando apareció una fortuna.

Esa tarde comenzaron las llamadas.

Primero Adrián.

Después mi suegra.

Luego el abogado de la familia Lu.

No contesté.

Hasta que recibí un mensaje de Daniela:

“Mi tía descubrió cuánto heredaste.”

Sonreí.

Habían tardado menos de veinticuatro horas.

El teléfono comenzó a sonar inmediatamente.

Mi suegra.

Esta vez contesté.

Su voz había cambiado por completo.

—Elena, cariño, creo que todos reaccionamos demasiado emocionalmente ayer.

Cariño.

Seis años esperando aquella palabra.

Y apareció cuando aparecieron nueve mil seiscientos millones.

—¿Qué necesita, señora Lu?

Hubo un silencio incómodo.

—No me llames así. Seguimos siendo familia.

—No.

Miré el certificado sobre mi escritorio.

—Su hijo se aseguró de que no lo fuéramos.

—Ese divorcio fue una formalidad.

Casi me reí.

—Entonces agradézcale a Adrián por hacerla tan formal.

Colgué.

Tres días después recibí una invitación de la junta directiva de Lu Pharmaceutical.

No porque quisieran reconciliarnos.

La herencia incluía participaciones en varios fondos y sociedades.

Una de ellas mantenía una posición importante en un grupo de inversión que tenía negocios pendientes con la farmacéutica de los Lu.

La mujer pobre que habían despreciado durante seis años ahora podía sentarse frente a ellos en una mesa donde ya no podían ordenarle que entregara sus pendientes.

Cuando entré a la reunión, Adrián ya estaba allí.

También su padre.

Su madre esperaba fuera.

Adrián se puso de pie.

—Elena.

—Señor Lu.

Su rostro se endureció.

Durante la reunión no lo miré.

Hablé con asesores.

Hice preguntas.

Escuché propuestas.

Y cuando terminó, Adrián me alcanzó en el pasillo.

—Podemos volver a casarnos.

Me detuve.

Realmente lo había dicho.

—¿Perdón?

—Sé que cometí un error.

—Falsificaste mi firma.

—Puedo compensarte.

Lo miré durante varios segundos.

—Adrián, cuando yo tenía poco, tú dijiste que mi dinero no importaba.

Di un paso hacia él.

—Ahora que tengo más de lo que tu familia imaginó, tampoco importa.

Sus ojos se iluminaron por un instante.

Hasta que terminé:

—Porque nunca volverá a ser tuyo.

Me marché.

Semanas después recuperé los pendientes de zafiro.

No porque los necesitara.

Sino porque finalmente entendí algo.

Durante seis años había permitido que aquella familia decidiera cuánto valían mis regalos, mi tiempo y hasta mi dignidad.

Ya no.

Adrián creyó que divorciarse en secreto le permitiría reemplazarme sin pagar el precio.

En cambio, aquellos sesenta y ocho días terminaron convirtiéndose en el mejor regalo que jamás me había dado.

Cuando yo no tenía nada, decidió que no era digna de ser su esposa.

Y cuando heredé una fortuna, descubrió demasiado tarde que legalmente ya no tenía ninguna relación conmigo.

Exactamente como él había querido.

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