Aquella noche Daniel regresó después de medianoche.
Yo estaba dormida.
O fingía estarlo.
Durante cuatro años había esperado despierta cada vez que llegaba tarde.
Le calentaba la cena.
Preparaba su ropa para el día siguiente.
Recordaba los cumpleaños de sus padres, compraba sus regalos y escribía las tarjetas que él después firmaba.
Organizaba nuestras vacaciones según su agenda.
Incluso había rechazado dos ascensos porque requerían viajar demasiado.
Daniel llamaba a todo aquello “tener un matrimonio estable”.
Yo lo llamaba amor.
Hasta aquella cena.
A la mañana siguiente me levanté temprano.
Preparé café.
Uno.
Daniel apareció en la cocina.
—¿Y el mío?
—La cafetera está ahí.
Me observó como si hubiera hablado en otro idioma.
—Siempre me preparas café.
—Siempre lo hacía.
Tomé mi taza y salí.
Los cambios fueron pequeños.
Dejé de llevar sus trajes a la tintorería.
Dejé de recordarle las citas.
Cuando su madre cumplió años, no compré el regalo.
A las diez de la noche Daniel entró furioso.
—¡Hoy era el cumpleaños de mamá!
—Lo sé.
—¿Y no compraste nada?
—Es tu madre.
—Siempre te encargas tú.
Cerré mi computadora.
—También solía creer que casarse y amar significaban lo mismo.
Su rostro se endureció.
—¿Vas a utilizar aquella frase para castigarme eternamente?
—No te estoy castigando.
—Entonces ¿qué haces?
—Estoy adaptándome a nuestro matrimonio.
Sonreí.
—Tú mismo me explicaste las reglas.
Dos semanas después acepté el ascenso que había rechazado meses antes.
Directora regional de estrategia.
Daniel se enteró cuando vio una maleta abierta sobre la cama.
—¿Adónde vas?
—Singapur. Reuniones.
—¿Cuánto tiempo?
—Diez días.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
Lo miré.
—Ahora.
—Somos marido y mujer, Sophie.
Aquello casi me hizo reír.
—¿Y eso importa?
—Claro que importa.
—Qué extraño. En el restaurante parecía solo una decisión práctica.
Daniel guardó silencio.
Vanessa empezó a aparecer con más frecuencia.
Al principio Daniel no lo ocultaba.
Café.
Cenas.
Reuniones de antiguos compañeros.
Una noche me dijo:
—Vanessa necesita ayuda para buscar apartamento.
—Perfecto.
—¿No te molesta?
—No.
Me estudió con atención.
—Antes te habría molestado.
—Antes estaba enamorada de mi marido.
La frase lo dejó inmóvil.
Me puse el abrigo.
—Ahora intento averiguar si todavía lo estoy.
Por primera vez, Daniel fue quien pasó la noche esperando mi regreso.
Tres meses después presenté el divorcio.
Dejé los documentos sobre la mesa.
Daniel los miró durante mucho tiempo.
—¿Hay otro hombre?
—No.
—Entonces no entiendo.
Me senté frente a él.
—Eso es exactamente lo que nos diferencia. Tú necesitas que exista otro hombre para comprender por qué una mujer puede dejarte.
—Podemos arreglarlo.
—¿Qué quieres arreglar?
—Nuestro matrimonio.
—¿Porque me amas?
Abrió la boca.
No respondió inmediatamente.
Y sonreí.
—Sigues necesitando demasiado tiempo para contestar.
Me levanté.
Daniel me sujetó suavemente la muñeca.
—Sí.
Lo miré.
—Sí, ¿qué?
—Te amo.
Cuatro años había esperado esas palabras.
Cuando finalmente llegaron, no sentí lo que imaginaba.
—Quizá —respondí—. Pero durante demasiado tiempo te gustó más ser amado por mí que amarme tú.
Soltó mi mano.
Vanessa vino a buscarme unos días después.
—Daniel me dijo que vas a divorciarte.
—Sí.
Intentó ocultar una sonrisa.
—Siento que las cosas hayan terminado así.
—No lo sientas.
Su expresión cambió.
—Supongo que ahora él y yo tendremos muchas cosas que hablar.
—Seguro.
—¿No vas a luchar?
Negué.
—Vanessa, llevo cuatro años casada con él. Si después de todo ese tiempo todavía tengo que competir contigo para conseguir su corazón, puedes quedártelo.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Siempre supe que terminaría regresando a mí.
—Entonces felicidades.
Me acerqué a la puerta.
—Solo espero que te guste el hombre real tanto como te gustaba el recuerdo.
Dos meses después, Vanessa volvió al extranjero.
No pregunté por qué.
Fue Daniel quien me lo contó durante nuestra última reunión con los abogados.
—Vanessa se marchó.
—Bien por ella.
—No pasó nada entre nosotros.
—Eso ya no cambia nada.
Daniel me observó.
—Pensé que cuando regresara sentiría lo mismo que antes.
—¿Y?
Bajó la mirada.
—Estaba enamorado de un recuerdo.
Asentí.
—Yo también.
Levantó los ojos.
—¿De quién?
—De ti.
Aquello pareció dolerle.
—Del hombre que creía que eras.
Firmé.
—Supongo que ambos despertamos tarde.
Un año después coincidimos en la boda de unos amigos.
Daniel se acercó durante la recepción.
—Te ves bien.

—Tú también.
Hablamos unos minutos.
Sin rabia.
Sin reproches.
Antes de marcharse, preguntó:
—¿Estás enamorada de alguien?
Sonreí.
—Todavía no.
—¿Y qué buscarás cuando ocurra?
Pensé en aquella cena.
En los camarones que pelaba para Vanessa.
En cuatro años intentando convertirme en la esposa perfecta para un hombre que me consideraba simplemente adecuada.
—Alguien para quien casarse y amar no sean dos decisiones distintas.
Daniel bajó la mirada.
No había nada más que decir.
Él creyó que aquella frase en el restaurante solo describía nuestro matrimonio.
En realidad, lo terminó.
Porque cuando dejó claro que yo era la mujer conveniente para compartir su vida, pero no la mujer que habría elegido por amor, dejé de esforzarme por ser su esposa perfecta.
Y cuando finalmente Daniel comprendió que sí me amaba, descubrió algo que nunca había considerado:
yo también tenía derecho a elegir.
Y esta vez, no lo elegí a él.