Isabella no levantó la voz.
No lo necesitaba.
Su silencio era suficiente para hacer que cualquiera temblara.
Sentí que la garganta se me cerraba.
—Lo siento —susurré—. No volverá a pasar.
Ella siguió observándome durante unos segundos.
Luego dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Si otra persona hubiera permitido algo así, ya estaría fuera de esta propiedad.
Bajé la cabeza.
—Lo entiendo.
—Pero antes de despedirla, necesito hacerle una pregunta.
La miré confundida.
Isabella abrió la carpeta y deslizó una hoja hacia mí.
Era un registro médico.
Había una línea roja marcada con bolígrafo.
—Ayer, a las tres y diecisiete de la tarde, el ritmo cardíaco del señor Moretti aumentó por primera vez desde el accidente.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—No sabía…
—Lo sé.
Ella cerró lentamente la carpeta.
—Su hija le cantó.
Asentí en silencio.
—Siempre canta cuando alguien tiene miedo.
Por un instante, la expresión severa de Isabella pareció suavizarse.
Muy poco.
Pero lo suficiente para notarlo.
En ese momento llamaron a la puerta.
Era Elena Whitmore.
La enfermera de la unidad privada.
Entró con una tira impresa del monitor cardíaco.
—Necesita ver esto.
Isabella tomó el papel.
Lo observó durante largo rato.
Después me lo mostró.
No entendía aquellos números.
Pero una línea azul señalaba exactamente el momento en que Mia había comenzado a cantar.
Los cambios eran pequeños.
Sin embargo, eran reales.
—Cuarenta y nueve noches sin respuesta —dijo Elena en voz baja.
—Y una canción infantil produjo más reacción que cualquier medicamento.
Ninguna de las dos parecía comprenderlo.
Yo tampoco.
Solo sabía que Mia siempre había tenido la costumbre de cantar cuando veía a alguien triste.
Desde que murió su padre.
Cantaba cuando yo lloraba en silencio.
Cantaba cuando se iba la luz.
Cantaba cuando los truenos sacudían las ventanas.
Para ella, cantar era una manera de decirle al mundo que nadie debía sentirse solo.
Isabella respiró profundamente.
—Quiero que su hija vuelva esta tarde.
Abrí los ojos con sorpresa.
—¿Perdón?
—No es una petición.
Es una invitación.
Elena intervino.
—Si vuelve a producirse la misma respuesta, tendremos que informar a los especialistas.
Todavía no podía creer lo que estaba escuchando.
Horas antes pensaba que perdería el trabajo.
Ahora querían que Mia regresara.
Aquella tarde subimos juntas al segundo piso.
Mia llevaba su conejo gris abrazado contra el pecho.
Cuando vio a Lorenzo, sonrió como si estuviera visitando a un viejo amigo.
—Hola, señor dormilón.
Nadie corrigió aquella frase.
Ni Isabella.
Ni Elena.
Ni los cuatro guardaespaldas armados que vigilaban la habitación.
Mia volvió a arrastrar la silla.
Se subió con cuidado.
Tomó la mano inmóvil de Lorenzo.
—Te prometí que hoy cantaría mejor.
Respiró hondo.
Y comenzó nuevamente.
“You are my sunshine… my only sunshine…”
Toda la habitación permaneció inmóvil.
El monitor emitía su ritmo constante.
De pronto…
Bip…
Bip…
Bip…
El corazón de Lorenzo volvió a acelerar.
Cinco latidos.
Luego ocho.
Después doce.
Elena dejó caer la carpeta al suelo.
Los guardaespaldas intercambiaron miradas de absoluto desconcierto.
Isabella dio un paso hacia la cama.
Por primera vez en veinte años, aquella mujer de acero parecía incapaz de ocultar la emoción.
Entonces ocurrió algo todavía más increíble.
Los dedos de Lorenzo se movieron.
Muy despacio.
Casi imperceptiblemente.
Pero Mia lo sintió.
Miró su pequeña mano atrapada entre los dedos del hombre inconsciente y sonrió.
—¿Ves?
Sabía que no querías dormir solito.
El monitor comenzó a sonar con mayor rapidez.
Las enfermeras entraron corriendo.
Los médicos fueron llamados de inmediato.
Mientras todos se concentraban en las máquinas, nadie notó que Lorenzo seguía sujetando con una leve presión la diminuta mano de Mia.
Y cuando el jefe de neurología llegó pocos minutos después, pronunció unas palabras que cambiaron por completo el destino de aquella mansión.
—No sé cómo explicarlo…
Pero creo que el señor Moretti acaba de empezar a despertar.
