Marcus no reaccionó.
No todavía.
Abrazó a Lily con la misma calma de siempre, besó su frente y sonrió.
—Papá ya vuelve.
La niña asintió.
Cuando salió por la puerta principal, Sarah levantó la mano desde la cocina.
—¡Buen viaje!
Marcus respondió con otra sonrisa.
Subió al taxi.
Esperó a doblar la esquina.
Y entonces llamó a su asistente.
—Cancela mi vuelo. Diles que asistiré por videoconferencia.
Veinte minutos después, regresó en un coche distinto y entró por la puerta trasera del garaje.
La casa estaba en silencio.
Escuchó la voz de Sarah.
—Vamos, cariño. Tómate todo el zumo.
Marcus avanzó despacio hasta el pasillo.
Vio a Lily frente a un vaso de jugo de naranja.
Sarah sostenía un pequeño frasco transparente.
Dejó caer tres gotas.
Después sacó el teléfono y comenzó a grabar.
—Lily, compórtate como siempre.
Quince minutos más tarde, la niña apenas podía mantenerse quieta.
Corría de un lado a otro.
Respondía con irritación.
Terminó llorando.
Sarah acercó aún más la cámara.
—Mira cómo reaccionas cuando tu papá no está.
Marcus sintió que la sangre le hervía.
Pero siguió observando.
Cuando Lily subió a dormir, Sarah hizo una llamada.
—Sí, Julian.
Todo está funcionando.
Cada vídeo la hace parecer más inestable.
Cuando Marcus vea suficientes grabaciones, aceptará enviarla con especialistas.
Escuchó una breve pausa.
Sarah sonrió.
—Después será mucho más fácil vender la casa de Hannah.
Marcus dejó de respirar.
La casa de la playa.
Era la única propiedad que Hannah había heredado de su madre.
Legalmente pertenecía a Lily.
Nadie podía venderla mientras la niña fuera menor de edad.
Salvo que un tribunal declarara que el padre no podía hacerse cargo de ella y nombrara otro administrador.
Marcus retrocedió en silencio.
No llamó a la policía.
No enfrentó a Sarah.
Subió directamente al despacho.
Allí revisó el sistema de seguridad de la vivienda.
La cámara principal del salón no mostraba nada.
Había sido desactivada durante semanas.
Pero recordó algo.
Meses atrás había instalado una cámara de respaldo en el garaje después de varios robos en el vecindario.
Nunca le habló a Sarah de ella.
Abrió las grabaciones.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Cada vez que él viajaba, un coche negro llegaba exactamente cuarenta minutos después.
Del asiento del conductor descendía un hombre.
Julian.
Entraba en la casa con una llave.
Permanecía allí durante horas.
Pero aquello no fue lo que hizo que Marcus sintiera un vacío en el estómago.
En una de las grabaciones, Julian salió llevando varias carpetas, una caja fuerte portátil y documentos que Marcus reconoció de inmediato.
Eran los expedientes médicos de Hannah.
Los documentos de la herencia.
Y el testamento original.
Marcus comprendió entonces que Lily nunca había sido el único objetivo.
Todo aquel plan había empezado mucho antes.
Mucho antes incluso de que Sarah hablara de aquellas supuestas “vitaminas”.

Porque alguien llevaba meses intentando borrar cualquier rastro de la verdadera voluntad de Hannah.
Y la siguiente persona que aparecía en aquellas grabaciones hizo que Marcus comprendiera que su peor enemigo nunca había entrado en su casa por casualidad.
Era el abogado que había gestionado la herencia de su difunta esposa.