PARTE 2: CUANDO VOLVIÓ, YA ERA TARDE

A las cuatro y diecisiete de la tarde, Zhou Yuyan regresó.

La tía Wang apenas terminó de hablar cuando el ramo de rosas cayó al suelo.

—¿Qué acabas de decir?

—La señora se marchó hace trece días.

—¿A dónde?

—No lo sé.

Subió las escaleras de dos en dos.

Abrió el dormitorio.

Vacío.

El vestidor.

Vacío.

La habitación de la bebé.

Vacía.

Entonces vio los papeles.

Divorcio.

Mi firma.

Un bolígrafo colocado justo al lado.

Zhou Yuyan se quedó inmóvil.

Después sacó el teléfono y me llamó.

Una vez.

Dos.

Seis.

Doce.

No respondí.

Al decimotercer intento, finalmente acepté.

Su voz ya no tenía aquella calma arrogante de siempre.

—Song Ci, ¿dónde estás?

Miré a mi hija dormida.

—En casa.

—¿Qué casa?

—La mía.

Hubo un silencio.

—Vuelve.

Casi sonreí.

—No.

—Deja de hacer esto.

—¿Hacer qué?

—Castigarme porque fui a París.

Aquella frase confirmó que todavía no entendía nada.

—No me fui para castigarte, Zhou Yuyan.

—Entonces ¿por qué?

—Porque me cansé de ser tu segunda opción.

Su respiración cambió.

—Su Wan y yo no somos lo que piensas.

—No necesito saber qué son.

—Entonces escucha mi explicación.

—Durante medio mes no recordaste que tu esposa acababa de dar a luz.

Mi voz permaneció tranquila.

—Tampoco preguntaste cómo estaba tu hija.

Él guardó silencio.

—Pero ahora que la casa está vacía, sí tienes tiempo para llamar.

No respondió.

Colgué.


Esa noche llegó a mi nueva casa.

No sé cómo encontró la dirección.

Probablemente utilizó a alguien de su empresa.

Golpeó la puerta durante varios minutos.

No abrí.

—Song Ci.

Su voz atravesó la madera.

—Solo quiero verla.

Sabía perfectamente a quién se refería.

A nuestra hija.

Me acerqué a la puerta.

—Está dormida.

—Déjame entrar.

—No.

—Soy su padre.

—Entonces compórtate como uno.

El pasillo quedó en silencio.

Después habló más bajo.

—Cometí un error.

—¿Cuál?

No respondió inmediatamente.

—Irme tanto tiempo.

Solté una risa breve.

—Ese no fue el error.

—¿Entonces cuál?

—Creer que siempre estaría aquí cuando regresaras.

No volvió a golpear.


Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos.

Hasta que apareció Su Wan.

Esperó frente al edificio.

Llevaba gafas oscuras y un abrigo blanco.

—Quiero hablar contigo.

—Yo no.

—Se trata de Yuyan.

—Entonces habla con él.

Intentó sujetarme del brazo.

Me aparté.

Su expresión cambió.

—No vine a pelear.

—Perfecto.

—Solo quiero que sepas que entre nosotros nunca ocurrió nada.

La miré.

—Viajaste medio mes a París con un hombre casado cuya esposa acababa de tener una hija.

Su Wan palideció.

—El viaje era por trabajo.

—¿También lo era la cena junto al Sena?

Sus ojos se abrieron.

Saqué el teléfono.

Le mostré una fotografía.

Zhou Yuyan y ella.

Una terraza.

Velas.

Él inclinándose para colocarle su propio abrigo sobre los hombros.

La fotografía había sido publicada por accidente por una empleada de la empresa antes de borrarla.

Pero yo ya la había guardado.

Su Wan apretó los labios.

—Yuyan solo estaba cuidándome.

—Eso es precisamente lo que hacía falta en casa.

No tuvo respuesta.

Seguí caminando.

Detrás de mí preguntó:

—¿De verdad vas a divorciarte?

Me detuve.

—Sí.

—Él no firmará.

Giré ligeramente la cabeza.

—Entonces lo decidirá un juez.


Zhou Yuyan aguantó siete días.

Al octavo apareció en el despacho de mi abogada.

Los papeles seguían sin firmar.

—Quiero hablar con mi esposa a solas.

Mi abogada me miró.

Asentí.

Cuando quedamos solos, Zhou Yuyan dejó sobre la mesa una carpeta.

—La casa.

—Las inversiones.

—Una parte de mis acciones.

—Todo puede estar a tu nombre.

No abrí la carpeta.

—No quiero nada de eso.

—¿Entonces qué quieres?

Lo miré.

—Que firmes.

Su rostro se tensó.

—Tenemos una hija.

—Exacto.

—Necesita una familia completa.

—Necesita padres responsables.

Incliné la cabeza.

—No una madre que espere eternamente y un padre que recuerde que existe cuando termina su viaje.

Zhou Yuyan apretó los puños.

—Yo te quería.

—Puede ser.

—Todavía te quiero.

—Eso ya no cambia nada.

Por primera vez, vi desesperación real en sus ojos.

—¿No hay ninguna oportunidad?

Negué.

—La tuviste durante años.

Saqué el bolígrafo.

Lo coloqué delante de él.

—Ahora solo tienes una firma pendiente.


Firmó.

No aquel día.

Tres días después.

La custodia principal quedó conmigo.

Zhou Yuyan podía ver a nuestra hija en horarios acordados.

Al principio llegaba siempre temprano.

Con juguetes.

Con ropa demasiado cara.

Con regalos innecesarios.

Yo nunca se lo impedí.

Pero tampoco confundí su culpa con una segunda oportunidad.

Un año después, nuestra hija dio sus primeros pasos.

Zhou Yuyan estaba presente.

Cuando la niña caminó tambaleándose hacia mí, él sonrió.

Después sus ojos se humedecieron.

—Me perdí demasiado.

—Sí.

—¿Nunca me perdonarás?

Miré a nuestra hija.

—Perdonar no significa volver.

Él bajó la mirada.

Finalmente parecía haberlo entendido.


Más tarde supe que Su Wan había abandonado la empresa.

No pregunté por qué.

Tampoco pregunté si habían terminado juntos.

Ya no importaba.

La última vez que Zhou Yuyan intentó hablar de nuestro matrimonio fue dos años después.

Había venido a recoger a nuestra hija.

Antes de marcharse, se quedó junto a la puerta.

—A veces todavía pienso en el día que regresé de París.

Lo miré.

—Yo también.

—Si hubiera vuelto antes…

Negué.

—No fue cuestión de trece días.

Él frunció el ceño.

—Entonces ¿de qué?

—De todos los días anteriores.

Cerré suavemente la puerta.

Porque esa era la verdad.

Mi matrimonio no terminó cuando Zhou Yuyan se fue a París.

Ni cuando volvió con flores.

Ni siquiera cuando dejé los papeles del divorcio sobre aquella mesita.

Terminó mucho antes.

Cada vez que eligió creer que podía marcharse…

y encontrarme exactamente en el mismo lugar cuando decidiera regresar.

Aquella tarde él volvió a una mansión vacía.

Yo, en cambio, llegué por primera vez a un verdadero hogar.

Con mi hija entre los brazos.

Con una puerta que solo abría para quien supiera respetarnos.

Y con una certeza que ya nadie volvería a quitarme:

no me fui porque dejara de quererlo.

Me fui porque por fin empecé a quererme a mí también.

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