A la mañana siguiente, Bastien volvió a casa como si nada hubiera ocurrido.
Traía café.
Incluso sonrió.
—Dormiste mal, ¿verdad?
Lo observé dejar el vaso frente a mí.
—Un poco.
—Te dije que no te preocuparas por la factura del apartamento.
Se quitó la chaqueta.
—Ya hablé con mantenimiento. Seguro fue una fuga.
Mentía con una tranquilidad casi admirable.
Yo asentí.
—Entonces qué alivio.
Su mirada permaneció sobre mi rostro durante un segundo más de lo normal.
Buscaba sospechas.
No encontró ninguna.
Porque durante aquella noche Selma y yo ya habíamos preparado la primera solicitud de documentos.
Los registros del edificio llegaron dos días después.
Bastien había entrado ciento ochenta y siete veces durante el último año.
Nadine, ciento cincuenta y nueve.
Había una autorización de estacionamiento a su nombre.
Entrega habitual de comida.
Pedidos de farmacia.
Muebles.
Incluso una cuna.
La factura eléctrica había sido el error más pequeño de todos.
Selma dejó los documentos sobre la mesa.
—Hay algo más.
Sacó unos extractos.
—Parte de los gastos del apartamento se pagaron desde la cuenta conjunta.
Sentí cómo se me tensaban los dedos.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para demostrar que no estamos hablando de visitas ocasionales.
Pasó una página.
—Internet.
—Gas.
—Mantenimiento.
—Muebles.
—Y atención prenatal en una clínica privada.
La miré.
—¿Pagó controles médicos con nuestro dinero?
—Sí.
Me quedé en silencio.
Selma respiró lentamente.
—Renata, necesito preguntarte algo.
—Dime.
—¿Quieres confrontarlo o quieres salir de esto bien preparada?
Miré todos aquellos papeles.
—Quiero que siga creyendo que no sé nada.
Selma sonrió.
—Entonces vamos a dejar que siga pagando las facturas.
Esa misma noche Bastien recibió una llamada durante la cena.
Miró la pantalla y se levantó inmediatamente.
—Problemas en el trabajo.
—Claro.
—No me esperes despierta.
Cogió las llaves.
Antes de que saliera, lo llamé.
—Bastien.
Se giró.
—¿Sí?
—¿Crees que todavía deberíamos vender el apartamento de Halcyon Tower?
Su rostro se tensó.
Solo un instante.
—¿Por qué lo preguntas ahora?
—Porque está vacío.
Sonreí.
—Es absurdo seguir pagando mantenimiento.
Se aclaró la garganta.
—Ahora el mercado está mal.
—Podemos esperar.
—Perfecto.
Lo miré fijamente.
—Entonces quizá debería pasar mañana a revisar cómo está.
Esta vez tardó demasiado en responder.
—No hace falta.
—¿Por qué?
—Hay obras en la planta.
—Polvo.
—Ruido.
—Yo iré cuando terminen.
Asentí lentamente.
—Qué atento.
Salió casi de inmediato.
En cuanto la puerta se cerró, Selma recibió mi mensaje.
Ya está nervioso.
Su respuesta llegó enseguida.
Bien. Ahora esperamos a que cometa el siguiente error.
No tardó.
Tres días después, Bastien me pidió que firmara unos documentos.
—Solo son ajustes del seguro de varias propiedades.
Los dejó sobre la mesa.
Antiguamente habría firmado sin leer.
Esta vez los revisé línea por línea.
En la tercera página apareció la dirección de Halcyon Tower.
Había solicitado modificar la cobertura del apartamento.
«Residencia ocupada».
Levanté la mirada.
—Pensé que estaba vacío.
Se congeló.
Después sonrió.
—Es una categoría técnica.
—La aseguradora la usa así aunque no viva nadie.
—Entiendo.
Cerré la carpeta.
—Me la quedaré para revisarla.
Extendió la mano rápidamente.
—No hace falta.
Yo no se la devolví.
—Bastien.
—¿Sí?
—¿Por qué estás sudando?
El silencio fue perfecto.
Entonces su teléfono sonó.
En la pantalla apareció un nombre.
Nadine.
Él lo rechazó.
Yo sonreí.
—Contesta.
—Puede esperar.
—Parece importante.
—No lo es.
Cinco segundos después volvió a sonar.
Esta vez contestó y se alejó.
No escuché toda la conversación.
No hacía falta.
Solo una frase.
—No, no puede enterarse antes de que nazca.
Cerré los ojos.
Ya lo sabía todo.
Pero escucharlo aun así dolió.
La confrontación ocurrió una semana después.
No porque yo la buscara.
Porque Nadine apareció en mi casa.
Abrió Bastien.
Yo estaba en el salón.
Ella llevaba una mano sobre el vientre.
Al verme, se quedó inmóvil.
—Yo… pensaba que no estarías.
Bastien palideció.
—Nadine, vete.
La miré.
—No.
Me puse de pie.
—Ya que estás aquí, quédate.
Bastien dio un paso hacia mí.
—Renata, puedo explicarlo.
—Perfecto.
Señalé el sofá.
—Explícalo.
Nadie se sentó.
Yo sí.
—Empieza por los once meses de agua.
Su rostro cambió.
—¿Qué?
—Después seguimos con las ciento ochenta y siete entradas al edificio.
Nadine bajó la mirada.
—Luego podemos hablar de la cuna.
—Los muebles.
—La clínica prenatal.
—Y del seguro que intentabas modificar.
Bastien se quedó completamente blanco.
—Me seguiste.
—No.
Sonreí.
—Pagaste todo dejando registros.
Nadine comenzó a llorar.
—Señora Kroll, yo no quería hacerle daño.
—Entonces tienes una forma curiosa de evitarlo.
Miré su vientre.
—¿De cuánto estás?
Ella no respondió.
Bastien lo hizo.
—Treinta y cuatro semanas.
La precisión con la que respondió me dolió más que cualquier mentira.
Sabía exactamente el tiempo de su embarazo.
Pero el mes anterior había olvidado el aniversario de la muerte de mi padre.
Lo miré.
—¿Es tuyo?
Nadie habló.
—Bastien.
Su voz salió baja.
—Sí.
El mundo no se derrumbó.
Eso fue lo más extraño.
La lámpara siguió encendida.
El reloj continuó avanzando.
Fuera pasaban coches.
Y mi matrimonio simplemente terminó.
—De acuerdo.
Me puse de pie.
Bastien abrió los ojos.
—¿De acuerdo?
—Sí.
Saqué una carpeta del cajón.
La dejé frente a él.
—Aquí están los documentos de divorcio.
Nadine dejó de llorar.
Bastien me miró como si finalmente hubiera comprendido que aquello no era una discusión.
—¿Desde cuándo lo sabías?
—Desde la factura de 998 yuanes.
Cerró los ojos.
Entonces llegó su frase más absurda.
—Puedo vender el apartamento.
Solté una pequeña risa.
—No.
—Renata…
—No lo vas a vender.
—Entonces te compraré tu parte.
Negué.
—Tampoco.
El rostro de Bastien se endureció.
—Somos copropietarios.
—Correcto.
Saqué la escritura.
—Y mis padres aportaron la mayor parte de la entrada.
Selma había preparado todo.
Registros.
Transferencias.
Pruebas de pagos.
Uso de fondos conjuntos.
—Mi abogado solicitará que se contabilicen todos los gastos que destinaste a mantener allí a Nadine.
Nadine palideció.
—Yo no sabía…
—No me importa lo que sabías.
La miré.
—Ese asunto es entre Bastien y tú.
Después volví a mirarlo.
—Nuestro asunto será financiero y legal.
—Nada más.
Bastien intentó negociar durante semanas.
Primero pidió perdón.
Después culpó al estrés.
Luego dijo que su relación con Nadine había empezado «sin intención».
Finalmente aseguró que todavía me amaba.
La última vez que lo dijo, respondí:
—No.
Él frunció el ceño.
—¿No qué?
—No me amas.
—Me necesitas porque perderme te sale caro.
No volvió a decirlo.
Meses después, el divorcio quedó resuelto.

El apartamento se vendió.
Mi aportación inicial quedó reconocida.
Los gastos realizados en beneficio de la relación paralela fueron examinados durante la liquidación.
Bastien se marchó con Nadine.
Yo no pregunté adónde.
Tampoco quise saber cuándo nació el bebé.
No era mi historia.
La mía continuó de otra manera.
Una tarde recibí la última factura de Halcyon Tower.
Era el cierre de servicios tras la venta.
Electricidad pendiente: 0 yuanes.
Me quedé mirando la cifra y terminé riéndome.
Selma, sentada frente a mí, levantó una ceja.
—¿Qué pasa?
Le enseñé la pantalla.
—Nada.
Bloqueé el teléfono.
—Solo estaba pensando que Bastien tenía razón en una cosa.
—¿En cuál?
—Sí había una fuga.
Selma sonrió.
Yo también.
—Solo que no era eléctrica.
Durante años se habían ido filtrando de mi matrimonio el dinero, la confianza y la verdad.
Y al final, una simple factura de 998 yuanes me mostró exactamente dónde estaba la grieta.
Lo curioso es que Bastien hizo todo lo posible por esconder a una mujer, un hogar y un embarazo entero.
Pero olvidó esconder lo único que nunca miente:
el consumo de una casa donde alguien realmente está viviendo.