PARTE 2: LOS SEIS SOBRES

—Sí —repitió Rodrigo—. Lucía robó a mi padre.

Arturo asintió.

—Perfecto. Que conste.

Abrió el primer sobre.

Dentro había estados de cuenta.

—Durante los últimos nueve meses de vida de don Ernesto se retiraron más de doce millones de pesos de sus cuentas.

Rodrigo señaló inmediatamente a Lucía.

—¡Lo sabía!

Arturo levantó una mano.

—Todavía no termino.

La especialista bancaria colocó varias transferencias sobre el escritorio.

Todas terminaban en empresas vinculadas a Rodrigo.

El silencio fue inmediato.

Mónica dejó de sonreír.

—Eso no demuestra nada —dijo Rodrigo—. Papá me prestaba dinero.

—Entonces veamos el segundo sobre.

Había pagarés.

Préstamos.

Firmas.

Y varios documentos que don Ernesto había marcado como desconocidos.

Rodrigo comenzó a sudar.

—Mi padre estaba enfermo. No recordaba lo que firmaba.

Arturo abrió el tercero.

—Precisamente por eso solicitó un peritaje.

La conclusión preliminar cuestionaba varias firmas utilizadas para mover dinero.

El tío Armando retrocedió.

—Rodrigo… ¿qué hiciste?

—¡Nada!

Lucía permaneció callada.

Entonces Arturo conectó la memoria USB.

Apareció don Ernesto en la pantalla.

Estaba sentado en aquel mismo despacho.

Más delgado.

Cansado.

Pero completamente consciente.

—Si están viendo esto, significa que Rodrigo hizo exactamente lo que esperaba.

Mi hermano perdió el color.

—Apágalo.

Nadie se movió.

Don Ernesto continuó:

—Hijo, descubrí las transferencias hace tres meses.

Mónica se llevó una mano a la boca.

—No enfrenté a Rodrigo porque necesitaba saber hasta dónde llegaría.

En la grabación, mi padre levantó la carpeta roja.

—Todo está documentado.

Rodrigo avanzó hacia el ordenador.

Los dos primos volvieron a sujetarlo.

—¡Suéltenme!

La voz de papá siguió llenando el despacho.

—Lucía no robó mi herencia.

Hizo una pausa.

—Lucía fue quien evitó que Rodrigo terminara de vaciarla.

Mi hermano dejó de forcejear.

Arturo abrió el último documento.

Era el testamento.

La casa no pertenecía a Rodrigo.

Tampoco a Lucía.

Don Ernesto había ordenado que parte de sus bienes se utilizaran primero para resolver las obligaciones y reclamaciones derivadas de las operaciones investigadas. El resto se distribuiría conforme al testamento.

Y había una condición respecto a Rodrigo.

Cualquier cantidad que legalmente hubiera tomado sin autorización debía contabilizarse antes de determinar qué podía recibir.

—No pueden hacerme esto —susurró.

Lucía finalmente lo miró.

—Papá te dio meses para decir la verdad.

Rodrigo señaló su labio.

—¿Ahora vas a denunciarme también por eso?

Lucía tocó la herida.

—Sí.

Su expresión cambió.

Por primera vez entendió que aquella familia ya no iba a protegerlo de las consecuencias.

Mónica se quitó lentamente el collar de diamantes.

—Rodrigo me dijiste que esto lo compraste con dinero de tu empresa.

Él no respondió.

Ella dejó el collar sobre el escritorio y se apartó de su marido.

Arturo cerró la carpeta.

—A partir de ahora, todo seguirá por las vías legales correspondientes.

Los familiares que una hora antes habían mirado a Lucía como una ladrona ya no podían sostenerle la mirada.

El tío Armando fue el primero.

—Lucía… yo pensé—

—Lo sé.

No necesitaba disculpas.

Necesitaba terminar lo que su padre le había pedido.

Cuando todos comenzaron a salir, Lucía se quedó sola frente a la pantalla.

La grabación todavía tenía unos segundos.

Don Ernesto miró directamente a la cámara.

—Lucía, si llegaste hasta aquí, significa que cumpliste tu palabra.

Ella comenzó a llorar.

—Ahora deja de cuidar mis problemas y empieza a cuidar tu vida.

La pantalla quedó negra.

Lucía sostuvo la llave de bronce entre los dedos.

Rodrigo había golpeado a su hermana delante del ataúd porque estaba convencido de que aquella pequeña llave protegía millones.

Se equivocaba.

Su padre nunca la había elegido para custodiar una fortuna.

La había elegido para abrir, delante de todos, la única caja que Rodrigo jamás habría querido ver abierta:

la que contenía la verdad.

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