PARTE 2: LA FIESTA DE COMPROMISO

—¿Qué fiesta de compromiso?

Clara dejó de sonreír.

Alexander retiró lentamente la mano de mi hombro.

—No es lo que parece.

Me reí.

—Llevamos ocho años casados, Alex. Explícame qué parte de tu compromiso con otra mujer estoy interpretando mal.

Clara bajó la mirada.

—Su madre pensó que era mejor esperar hasta que ustedes resolvieran el divorcio.

—¿Qué divorcio?

Alexander cerró los ojos.

Y comprendí.

Habían organizado mi salida antes de informarme.

Tomé mi bolso.

—Esta noche no vuelvas a casa.

—Espera.

—No.

Por primera vez, hablé en ruso.

—Ya escuché suficiente.

Alexander se quedó inmóvil.

Salí.

Pero Roman me esperaba junto al ascensor.

—Señora Hayes.

—¿Qué quiere?

Miró hacia el reservado.

Después habló en ruso.

—Su esposo no tiene miedo porque descubrió a Clara.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque ahora sabe quién es usted.

Fruncí el ceño.

Roman sacó una tarjeta.

—Nos conocimos hace cuatro años.

Miré su rostro.

Entonces lo recordé.

Una negociación comercial en Washington.

Yo estaba dentro de una cabina de interpretación.

Roman había formado parte de una delegación empresarial.

—Usted era la intérprete —susurró.

—Sí.

—Alexander me dijo que su esposa trabajaba procesando pedidos. Pensé que hablaba de otra mujer.

Sentí frío.

Roman continuó:

—Esta tarde Alexander estaba negociando conmigo utilizando información que no debería poseer.

—¿Qué información?

—Documentos relacionados con una operación internacional confidencial.

Mi rabia desapareció.

Aquello ya no era una infidelidad.

—¿Está seguro?

—Completamente.

Saqué el teléfono.

Durante ocho años Alexander había pensado que mi trabajo era insignificante.

Esa noche, por primera vez, aquel error iba a costarle caro.

No llamé a mi esposo.

Llamé a mi superior.

Dos días después, Alexander recibió una visita en su oficina.

No estuve presente.

No necesitaba estarlo.

La investigación determinó después que había utilizado información obtenida mediante contactos indebidos para favorecer negociaciones privadas. Lo que Roman había escuchado aquella tarde se convirtió en una pieza más de una investigación mucho mayor.

Clara canceló rápidamente la fiesta.

También desapareció de la vida de Alexander cuando comenzaron las preguntas.

Yo solicité el divorcio.

La última vez que Alexander vino a verme parecía diez años mayor.

—¿Por qué nunca me dijiste quién eras?

Lo miré sorprendida.

—Nunca me preguntaste.

—Estuvimos casados ocho años.

—Exactamente.

Dejé los documentos del divorcio frente a él.

—Durante ocho años me explicaste tu trabajo, tus clientes, tus problemas. Cuando yo hablaba del mío, dejabas de escuchar después de treinta segundos.

Alexander bajó la cabeza.

—¿Alguna vez me amaste?

La pregunta casi me hizo reír.

—Muchísimo.

Me quité la bufanda que me había puesto aquella noche en el restaurante.

La dejé sobre la mesa.

—Ese fue el problema. Confundí durante demasiado tiempo tus pequeños gestos de cariño con respeto.

Firmó.

Antes de marcharse preguntó:

—¿Qué habría pasado si Clara nunca hubiera mencionado el compromiso?

Pensé unos segundos.

—Probablemente habría seguido fingiendo que no entendía muchas cosas.

Abrí la puerta.

—Pero cometiste un error, Alex.

—¿Cuál?

Respondí en ruso:

—Hablaste delante de la mujer equivocada creyendo que era demasiado insignificante para entenderte.

Su rostro volvió a quedarse blanco.

Exactamente igual que aquella tarde.

Y esa fue la última conversación que necesité traducirle.

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