PARTE 2: EL FRASCO DE OFELIA

Nadie habló durante varios segundos.

Entonces Mateo volvió a hacerlo.

—La abuela no se cayó.

Sentí que el corazón se me detenía.

Todos miraron al niño.

—Mateo —susurré—, ¿qué viste?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—La tía Teresa puso gotas en su té.

Del teléfono salió la voz de Teresa.

—¡Ese niño está mintiendo!

Mateo se estremeció.

Y entendí por qué había guardado silencio durante meses.

—¿Y el incendio? —pregunté suavemente.

—Yo escuché discutir a la abuela y a Teresa. La abuela dijo que había cambiado el testamento porque descubrió que faltaba dinero.

Mateo tragó saliva.

—Después la abuela tomó el té. Caminaba raro. Teresa la llevó hacia las escaleras.

El comedor quedó inmóvil.

—Yo corrí a buscar ayuda. Entonces empezó el fuego en la cocina.

Don Ernesto frunció el ceño.

—¿Y quién estaba allí?

Mateo señaló la pantalla donde aparecía Diego.

—Él.

Mi prometido colgó.

La transmisión explotó en murmullos.

Yo marqué emergencias y entregué el frasco sin tocarlo nuevamente. También guardé una copia completa de la transmisión y de los mensajes que Diego y Teresa me habían enviado.

La boda quedó cancelada aquella misma noche.

Pero eso fue solo el principio.

La investigación sobre la muerte de Ofelia se reabrió.

El testamento resultó ser la pieza que faltaba.

Horas antes de caer, Ofelia había retirado a Teresa del control de una parte importante de su patrimonio después de detectar movimientos financieros que quería investigar.

Y Mateo había estado allí.

Por eso necesitaban convertirlo en el niño problemático que había provocado un incendio.

Por eso nadie debía creerle.

Cuando Diego regresó, no vino a buscarme.

Fue directamente a declarar acompañado por un abogado.

Días después consiguió enviarme un mensaje:

“Yo nunca quise hacerte daño.”

Lo leí dos veces.

Después respondí:

“Entonces nunca debiste poner el frasco en mi maleta.”

Lo bloqueé.

No necesitaba saber qué parte había sido idea suya y cuál de su madre para comprender una cosa:

había estado dispuesto a darme una sustancia que no me habían recetado y después convencer a todos de que cualquier comportamiento extraño era simplemente “otro ataque de pánico”.

Meses después, Mateo comenzó terapia.

Las palabras regresaron lentamente.

Primero conmigo.

Después con sus padres.

Hasta que finalmente pudo contar a los investigadores todo lo que recordaba.

Una tarde me preguntó:

—¿Ya no te vas a casar?

—No.

—¿Por mi culpa?

Me arrodillé frente a él.

—Por ti descubrí que no debía hacerlo.

Mateo sonrió por primera vez cuando hablábamos de aquella noche.

Guardé mi vestido de novia durante meses.

Finalmente lo doné.

También eliminé las fotografías con Diego.

Pero conservé una cosa.

Una captura de aquella transmisión.

Mateo estaba agarrado a mi brazo mientras yo sostenía el frasco frente a la cámara.

Porque todos creyeron que aquella noche yo había salvado mi propia vida al no beber las gotas.

No fue así.

Fue un niño al que nadie había querido escuchar quien me salvó.

Y cuando Mateo recuperó la voz, no solo destruyó una boda.

También obligó a toda una familia a escuchar el secreto que llevaba meses intentando enterrar.

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