El vehículo oficial esperaba junto a la salida VIP.
Negro.
Cristales polarizados.
Dos escoltas.
Y una pequeña bandera de la ciudad colocada en la parte delantera.
Xia Mian se quedó mirando el coche.
—Song Zhao.
—¿Qué?
—Prométeme que, cuando terminemos con lo de tu padre, me contarás exactamente qué hiciste en Zúrich para que te reciban así.
Abrí la puerta.
—Trabajar.
—Eso no explica nada.
—Entonces tendrás que seguir con la duda.
Subió detrás de mí.
Mientras el coche abandonaba el aeropuerto, recibí un mensaje.
Era del vicealcalde Lin.
“Doctora Song, bienvenida. El Instituto Europeo confirmó esta mañana la firma preliminar. Esperamos poder discutir personalmente los detalles del nuevo centro.”
Respondí con un simple:
“Gracias. Nos vemos mañana.”
Xia Mian había leído por encima de mi hombro.
—¿Nuevo centro?
Bloqueé el teléfono.
—Trabajo.
—¿Otra vez trabajo?
—Sí.
Ella cruzó los brazos.
—Empiezo a sospechar que tu definición de “solo vuelvo para trasladar una tumba” es bastante flexible.
Sonreí.
No le expliqué más.
Porque, en realidad, mi regreso sí tenía un único propósito personal.
Mi padre.
Todo lo demás era simplemente consecuencia de la vida que había construido lejos de aquí.
Después de marcharme tres años atrás, fui a Suiza sin ningún plan.
No tenía trabajo.
No tenía apartamento.
Y durante los primeros meses tampoco tenía demasiadas ganas de levantarme por las mañanas.
Había pasado ocho años persiguiendo a Lu Chen.
Organizaba mi vida alrededor de él.
Elegía restaurantes que le gustaban.
Le compraba libros.
Recordaba sus horarios.
Esperaba sus mensajes.
Aceptaba sus rechazos.
Y cada vez que él decía:
—Song Zhao, no pierdas el tiempo conmigo.
Yo pensaba:
Algún día.
Algún día me verá.
Hasta que se casó con mi hermana.
Ese día comprendí que “algún día” podía convertirse fácilmente en “nunca”.
Así que me fui.
En Zúrich retomé mi especialidad.
Medicina regenerativa.
Había empezado un doctorado antes de abandonar el país, pero lo había dejado casi congelado durante los años en que mi vida giraba alrededor de Lu Chen y de mi familia.
Volví a empezar desde abajo.
Laboratorio.
Guardias.
Investigación.
Congresos.
Artículos.
Dormir cuatro horas.
Volver a empezar.
El primer año publicamos un estudio.
El segundo, conseguimos financiación europea.
El tercero, dirigí un proyecto clínico internacional.
Y dos meses antes de regresar, nuestro equipo había cerrado un acuerdo para establecer un centro de investigación conjunto en Asia.
La ciudad candidata principal era precisamente esta.
No porque Lu Chen viviera aquí.
Ni porque mi hermana viviera aquí.
Porque la infraestructura hospitalaria era la mejor.
Había aprendido, por fin, a tomar decisiones que no tuvieran nada que ver con ellos.
Llegamos al hotel a las seis.
Yo había reservado una suite sencilla.
Xia Mian entró, miró el salón y negó con la cabeza.
—Esto no es sencillo.
—Tiene cama.
—También tiene un piano.
—No sé tocarlo.
—Eso lo hace todavía más absurdo.
Dejé la maleta.
Mi teléfono vibró.
Un número desconocido.
No contesté.
Volvió a llamar.
Después llegó un mensaje.
“Song Zhao, soy Lu Chen.”
Mis dedos se detuvieron.
Tres años.
Ni siquiera tenía guardado su número.
Otro mensaje apareció.
“Sé que has vuelto.”
Después:
“Necesito verte.”
Miré la pantalla durante dos segundos.
La bloqueé.
Xia Mian me observaba desde el sofá.
—¿Era él?
—Sí.
—¿Y?
—Nada.
—Song Zhao, esperaba algo más dramático.
—¿Como qué?
—Que tiraras el teléfono por la ventana.
—Es nuevo.
Ella suspiró.
—Nunca sabes divertirte.
A la mañana siguiente fuimos al cementerio antiguo.
El cielo estaba cubierto.
El aire olía a tierra húmeda.
Me detuve frente a la tumba de mi padre.
La lápida tenía pequeñas manchas de musgo.
Pasé lentamente los dedos sobre su nombre.
Song Mingyuan.
Mi padre había sido el único que nunca me dijo que debía renunciar.
Cuando yo insistía en perseguir a Lu Chen, simplemente me preguntaba:
—¿Te hace feliz?
Yo siempre decía que sí.
Él nunca me creyó.
Dos meses antes de morir me dijo:
—Zhao Zhao, no confundas perseverancia con dignidad.
No lo entendí entonces.
Ahora sí.
Me agaché.
—Papá.
Mi voz se quebró ligeramente.
—He vuelto.
Xia Mian permaneció lejos.
Me dio espacio.
Me quedé allí casi media hora.
Hasta que escuché pasos detrás de mí.
No necesité girarme.
Conocía ese ritmo.
Lo había esperado demasiadas veces.
—Song Zhao.
Cerré los ojos.
Lu Chen.
Me puse de pie.
Al girarme, casi no lo reconocí.
Seguía siendo alto.
El mismo rostro.
Los mismos ojos oscuros.
Pero parecía más delgado.
Cansado.
El hombre impecable de mis recuerdos tenía ahora algo roto en la mirada.
Nos observamos durante varios segundos.
—Has vuelto —dijo.
—Sí.
Su voz estaba más baja de lo que recordaba.
—¿Por qué no respondes mis mensajes?
—Porque no tenemos nada de qué hablar.
Pareció recibir un golpe.
—Tres años y eso es todo lo que tienes que decirme.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Qué esperabas?
Su mandíbula se tensó.
—Al menos una explicación.
Casi sonreí.
—¿Explicación de qué?
—De por qué desapareciste.
Lo miré en silencio.
Aquello era tan absurdo que por un momento pensé que había escuchado mal.
—Lu Chen.
—¿Qué?
—Te casaste con mi hermana.
Su rostro cambió.
—Eso no significa que tuvieras que desaparecer.
Ahí estaba.
La misma lógica de siempre.
Él podía rechazarme.
Alejarme.
Casarse con otra persona.
Y aun así esperaba que yo continuara orbitando alrededor de su vida.
—Sí significaba exactamente eso.
—Song Zhao…
—No vine a discutir contigo.
Miré la tumba.
—Estoy ocupándome de mi padre.
Me di la vuelta.
Él agarró mi muñeca.
Me quedé quieta.
Miré su mano.
La soltó inmediatamente.
—Perdón.
—No vuelvas a hacerlo.
Asintió.
Después preguntó:
—¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
—Cinco días.
—¿Y después?
—Zúrich.
Su expresión se tensó.
—¿Vas a volver allí?
—Vivo allí.
—Puedes regresar.
Lo miré.
—¿Regresar a dónde?
Silencio.
No supo responder.
Aquella tarde tuvimos una reunión en el ayuntamiento.
Estaban presentes representantes de tres hospitales, funcionarios y varios directores de grupos médicos.
Cuando entré en la sala, todos se levantaron.
—Doctora Song.
El vicealcalde Lin vino a recibirme personalmente.
—Es un honor tenerla aquí.
Xia Mian me lanzó una mirada desde el fondo.
Una mirada que decía:
“Solo una tumba, claro.”
Nos sentamos.
El proyecto era grande.
Centro de investigación.
Unidad de ensayos clínicos.
Programa internacional de formación.
Inversión conjunta.
Miles de millones en varios años.
Después de dos horas, llegamos a un principio de acuerdo.
Al salir, había periodistas esperando.
Yo no sabía que la noticia ya se había filtrado.
Una reportera levantó el micrófono.
—Doctora Song, ¿es cierto que usted dirigirá personalmente el proyecto asiático del Instituto Helvetia?
—Todavía estamos negociando.
—¿Eso significa que podría regresar al país?
—Significa que viajaré con frecuencia.
—¿Y es cierto que su equipo desarrolló la tecnología que recibió el premio Lasker europeo este año?
Respondí:
—El premio fue para todo el equipo.
Los flashes comenzaron a dispararse.
Y al otro lado del pasillo vi a alguien completamente inmóvil.
Lu Chen.
No sé cuánto tiempo llevaba allí.
Pero había escuchado suficiente.
Se acercó cuando terminó la rueda de prensa.
—¿Doctora Song?
Lo miré.
—Sí.
—Nunca me dijiste que…
Se detuvo.
—¿Que qué?
—Que habías llegado tan lejos.
Por primera vez sentí algo parecido a ironía.
—Nunca preguntaste.
Su mirada se volvió complicada.
—Yo sabía que estudiabas medicina.
—Eso lo sabía todo el mundo.
—Pero…
—Lu Chen.
Lo interrumpí.
—No conviertas esto en otra historia sobre ti.
Se quedó callado.
—No construí mi carrera para demostrarte nada.
—No dije eso.
—Lo estás pensando.
No respondió.
Entonces pregunté:
—¿Cómo está mi hermana?
Su expresión se congeló.
—Song Qiao…
—Sigue siendo mi hermana.
Bajó la mirada.
—Nos divorciamos.
Esta vez fui yo quien guardó silencio.
—Hace dos años.
—Entiendo.
Eso fue todo.
Lu Chen me miró con incredulidad.
—¿No vas a preguntar por qué?
—No.
—¿No te interesa?
—No particularmente.
Sus labios se movieron.
—Ella sabía que yo…
Se interrumpió.
—¿Que tú qué?
No contestó.
Ya imaginaba la respuesta.
Pero no necesitaba escucharla.
—Fue un error casarme con ella.
Negué lentamente.
—No.
Me miró.
—¿Qué?
—No llames error a una decisión que tomaste sabiendo perfectamente lo que hacías.
Su rostro palideció.
—Song Zhao…
—Ella era mi hermana. Tú eras el hombre que sabía que yo llevaba ocho años enamorada de ti.
Mi voz permaneció tranquila.
—Ambos eligieron.
—Yo no sabía que ibas a irte.
La frase me hizo sonreír.
—Exactamente.
Me miró confundido.
—Creías que podía soportarlo todo y seguir allí.
Silencio.
—Te equivocaste.
Esa noche recibió mi mensaje por primera vez en tres años.
Pero no era personal.
Era una invitación formal.
Su empresa formaba parte de un consorcio que quería participar en el nuevo centro de investigación.
La reunión se celebró al día siguiente.
Cuando entró en la sala y me vio en la cabecera de la mesa, se detuvo.
Yo levanté la mirada.
—Presidente Lu.
Su expresión cambió.
—Doctora Song.
Nos sentamos.
Durante dos horas hablamos exclusivamente de números.
Terrenos.
Infraestructura.
Financiación.
Patentes.
Lu Chen nunca había tenido problemas negociando.
Pero aquel día cometió dos errores básicos.
Xia Mian me escribió desde su asiento:
“Está mirándote en lugar de mirar las cifras.”
Ignoré el mensaje.
Al final, el consorcio de Lu Chen no fue seleccionado.
Su propuesta era buena.
Otra era mejor.
Después de la reunión me esperó fuera.
—¿Me rechazaste por lo que pasó entre nosotros?
Lo miré.
—No.
—Entonces ¿por qué?
—Su coste operativo es un nueve por ciento más alto y su calendario de construcción tiene cuatro meses adicionales.
Le entregué una copia del informe.
—Página veintisiete.
Lo abrió.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
Su expresión se volvió amarga.
—No lo sé.
—Pues acostúmbrate.
Pasé junto a él.
—Ya no tomo decisiones pensando en ti.
La noche anterior a mi partida, fui sola al nuevo cementerio.
Los restos de mi padre ya habían sido trasladados.
La nueva lápida estaba limpia.
Dejé flores.
—Mañana me voy, papá.
Me senté frente a él.
—Esta vez estoy bien.
Escuché pasos detrás de mí.
Suspiré.
—¿Otra vez?
Lu Chen se detuvo a varios metros.
—Solo quería despedirme.
No respondí.
Se acercó despacio.
—Los noventa y tres mensajes.
Lo miré.
—¿Los leíste?
—Sí.
—Nunca respondiste.
—No.
—¿Por qué?
Pensé durante unos segundos.
—Porque durante ocho años respondí a todo.
Cada llamada.
Cada mensaje.
Cada rechazo.
Cada pequeña muestra de atención que yo convertía en esperanza.
—Ya había respondido suficiente.
Sus ojos se enrojecieron.
—Te busqué.
—Lo sé.
—Fui al aeropuerto.
—También lo sé.
—Cuando llegué, tu avión ya había salido.
—Sí.
—Pensé que regresarías.
—Ya me lo imaginaba.
Su voz se quebró.
—Esperé un mes.
Silencio.
—Después seis.
Silencio.
—Después un año.
Lo miré.
—Yo esperé ocho.
Aquella frase lo dejó completamente quieto.
—Song Zhao…
—No estoy diciendo esto para competir sobre quién sufrió más.
Me levanté.
—Solo quiero que entiendas por qué tres años no me parecen demasiado.
—¿No queda ninguna posibilidad?
La pregunta resultó extraña.
Porque era exactamente la frase que yo le había preguntado innumerables veces.
“¿De verdad no hay ninguna posibilidad?”
Y él siempre contestaba:
“Ninguna.”
Lo miré.
—Lu Chen.
—Sí.
—Entre nosotros no hay ninguna posibilidad.
Cerró los ojos.
La ironía no se le escapó.
—Te acuerdas.
—De todo.
—Entonces también debes recordar que fui un idiota.
—Sí.
Soltó una risa rota.
—Eso no ayuda.
—No intentaba ayudarte.
Cuando me di la vuelta, escuché su voz.
—Te quiero.
Me detuve.
Ocho años.
Había esperado ocho años por esas dos palabras.
Imaginé muchas veces cómo me sentiría.
Pensé que lloraría.
Que correría hacia él.
Que todo el dolor desaparecería.
Pero cuando finalmente llegaron, solo sentí tristeza.
Me volví.
—Lo sé.
Su rostro cambió.
—¿Lo sabes?
—Ahora sí.
—Entonces…
Negué.
—Que me quieras ahora no convierte en mentira todo lo que hiciste entonces.
Sus ojos estaban completamente rojos.
—Puedo compensarte.
—No necesito compensación.
—Puedo esperar.
Lo observé.
—Eso es decisión tuya.
—¿Cuánto?
—No conviertas esto en otra espera con premio al final.
Silencio.
—Vive tu vida, Lu Chen.
—¿Y si no puedo?
—Aprenderás.
Sonreí débilmente.
—Yo aprendí.
Y me marché.
A la mañana siguiente, la Oficina de Asuntos Exteriores volvió a enviar un vehículo.
Xia Mian se sentó a mi lado.
—¿Entonces?
—¿Entonces qué?
—¿Se arrodilló?
—No.
—Qué decepción.
La miré.
—Lloró.
Sus ojos se iluminaron.
—Eso me sirve.
Me reí.
El coche entró al aeropuerto.
Justo antes de apagar el teléfono recibí un mensaje.
Lu Chen.
Solo decía:
“Buen viaje, Song Zhao.”
Lo leí.
No respondí.
Pero tampoco lo bloqueé.
Ya no necesitaba hacerlo.
Seis meses después regresé nuevamente.
Esta vez para inaugurar oficialmente el centro de investigación.
La ceremonia estaba llena de funcionarios, médicos, empresarios y medios.
Subí al escenario.
Detrás de mí aparecía el nombre:
CENTRO INTERNACIONAL SONG MINGYUAN DE MEDICINA REGENERATIVA.
Lo había nombrado en honor a mi padre.
Cuando terminé el discurso, toda la sala se puso de pie.
Entre el público vi a Lu Chen.
No estaba en primera fila.
Ni siquiera intentó acercarse.
Simplemente aplaudía.
Nuestros ojos se encontraron.
Me dedicó una sonrisa.
Tranquila.
Sin exigir nada.
Yo asentí.
Y seguí caminando.
Con el tiempo, dejé de pensar en aquellos ocho años como tiempo perdido.

Me habían enseñado cosas que ninguna universidad podía enseñar.
Que insistir no siempre significa amar bien.
Que esperar no obliga a nadie a elegirte.
Y, sobre todo, que ser rechazada por una persona no determina tu valor.
Durante ocho años quise convertirme en la mujer que Lu Chen pudiera amar.
Después necesité tres años lejos para recordar algo mucho más importante:
yo ya era alguien antes de él.
Médica.
Investigadora.
Hija.
Amiga.
Song Zhao.
Cuando regresé, él finalmente vio todo aquello.
Pero para entonces ya no necesitaba que lo viera.
Esa fue la parte que casi lo volvió loco.
No que yo hubiera regresado más exitosa.
Ni que todos se levantaran cuando entraba en una sala.
Ni siquiera que él finalmente me amara.
Lo que realmente no podía soportar era descubrir que, después de ocho años viviendo pendiente de una sola mirada suya…
yo había aprendido a vivir perfectamente sin ella.