Llené la caja mientras mi hermana medía las ventanas de mi recámara.
—Aquí quedarían lindas unas cortinas claras —le dijo a mamá.
Doblé el suéter que tenía entre las manos. Me temblaban los dedos, pero nadie lo notó.
Dejé mi llave sobre la mesa y salí.
Llegué a la cabaña después de anochecer. Olía a madera húmeda y al café que mi abuelo guardaba en una lata, aunque ya no quedara nada dentro.
Esa noche lloré sentada en el suelo.
A la mañana siguiente llamó mi socio desde Denver.
—Podemos ampliar tu cartera de clientes. Pero necesito saber si estás lista.
Miré las cajas junto a la puerta.
—Estoy lista.
Durante tres semanas trabajé frente a una ventana rodeada de pinos. Mi familia solo escribió para recordarme fechas de pago.
Nadie preguntó dónde dormía.
Una tarde abrí mi cuenta bancaria y revisé las transferencias programadas. Camioneta. Hipoteca. Seguro. Tarjeta adicional.
Reconocí cada importe; algunos habían aumentado sin que recordara cuándo.
Tomé una decisión: dejar de financiar aquella casa.
Cancelé las transferencias y envié un mensaje al grupo familiar.
«A partir del próximo mes tendrán que cubrir sus gastos. Les aviso antes de los vencimientos».
Mamá respondió con un pulgar arriba.
Supuse que no había leído bien.
El primer día del mes desperté con treinta y una llamadas perdidas.
Contesté la siguiente.
—¡Rechazaron el pago de la camioneta! —gritó mi hermana.
—Te avisé.
—¡Pensamos que estabas enojada, no que hablabas en serio!
Escuché a mi padre pedirle el teléfono.
—Tu madre está llorando. Tenemos que hablar.
Me apreté la taza entre las manos.
—Podemos hablar. Pero no voy a pagar.
Hubo un silencio.
Después bajó la voz.
—Entonces hay algo que necesitas saber sobre la cabaña.
Dejé la taza.
—¿Qué cosa?
—Tu hermana dio un anticipo para venderla.
Miré las llaves de mi abuelo, colgadas junto a la puerta.
—La cabaña es mía.
—Lo sabemos —contestó.
Alguien golpeó afuera.
Por la ventana vi a un hombre con una carpeta y, detrás de él, a mi hermana.
Mi padre seguía hablando.
—Por favor, no firmes nada.