Solté una carcajada.
Bai Wei frunció el ceño.
—¿De qué te ríes?
Miré el reloj en su muñeca.
—De que incluso para presumir necesitas usar cosas que compré yo.
Su expresión cambió.
Instintivamente se cubrió el reloj con la otra mano.
—No sé de qué estás hablando.
—Claro que sí.
Di un paso hacia ella.
—Ese Cartier fue comprado el mes pasado con mi tarjeta.
Bai Wei alzó la barbilla.
—El presidente Chu me lo regaló.
—Eso ya lo veo.
—Entonces no te metas.
Sonreí.
—Soy su esposa.
—Solo de nombre.
Aquella frase hizo que varios camareros levantaran discretamente la mirada.
Bai Wei pareció ganar confianza.
—Hoy hay gente importante dentro. No puedes entrar.
—Apártate.
—No.
—Te lo digo una vez.
Ella volvió a extender el brazo.
—Y yo te digo que el presidente Chu no quiere verte aquí.
La bofetada resonó seca en el pasillo.
Bai Wei se quedó completamente inmóvil.
No había esperado que yo respondiera.
Nadie lo había esperado.
Justo entonces, las puertas del salón privado se abrieron.
Chu Yi apareció primero.
Detrás de él venían varios directivos de la empresa asociada.
Su rostro cambió de inmediato.
—¡Gu Nian!
Bai Wei se llevó una mano a la mejilla y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Presidente Chu…
Él caminó hacia mí.
—¿Te has vuelto loca?
—No.
—¡Estás haciendo una escena delante de nuestros socios!
—Ella me impidió entrar.
—Porque yo se lo pedí.
Silencio.
Lo miré.
—Entonces el problema eres tú.
Su mandíbula se tensó.
—Vete a casa.
Aquellas tres palabras habrían funcionado con la Gu Nian de los últimos tres años.
Con la mujer que cocinaba.
Que esperaba.
Que sonreía.
Que fingía no ver.
Pero esa mujer ya no estaba allí.
—No he venido por ti.
Chu Yi se quedó quieto.
—¿Entonces por qué has venido?
Antes de que pudiera responder, alguien salió del salón.
Un hombre de unos sesenta años, cabello gris y traje oscuro.
En cuanto me vio, se detuvo.
Todos lo reconocieron.
Zhou Mingde.
Presidente del Grupo Hengyuan.
La empresa que acababa de firmar con Chu Yi el contrato de diez millones.
Chu Yi se volvió rápidamente.
—Presidente Zhou, disculpe esta situación. Mi esposa…
Zhou Mingde ni siquiera lo escuchó.
Pasó junto a él.
Llegó frente a mí.
Y ante la mirada de todos, inclinó respetuosamente la cabeza.
—Señorita mayor.
El pasillo quedó en silencio.
Chu Yi pareció no entender.
—¿Qué…?
Zhou Mingde levantó la cabeza.
—¿Por qué ha venido personalmente?
Lo miré.
—Quería ver con mis propios ojos a la empresa en la que mi padre insistió en invertir.
Entonces miré a Chu Yi.
—Ahora ya la he visto.
Su rostro perdió el color.
—Gu Nian… ¿qué significa eso?
Bai Wei también había dejado de llorar.
Zhou Mingde lo miró con evidente desconcierto.
—Presidente Chu, ¿usted no sabe quién es su esposa?
Chu Yi frunció el ceño.
—Es Gu Nian.
—Eso ya lo sabemos.
El hombre hizo una pausa.
—Gu Nian, única hija de Gu Zhengting.
El nombre cayó como una piedra.
Uno de los directivos dejó escapar un sonido ahogado.
Chu Yi se quedó completamente inmóvil.
Gu Zhengting.
Presidente del Grupo Gu.
Una de las familias empresariales más poderosas del país.
Su empresa controlaba fondos de inversión, hoteles, transporte y varias compañías de tecnología.
Y yo…
era su hija.
Chu Yi tardó varios segundos en reaccionar.
—Eso es imposible.
Lo miré.
—¿Qué parte?
—Tú…
Me señaló.
—Tú nunca dijiste nada.
—Nunca preguntaste.
—Me dijiste que tu familia tenía un negocio.
—Sí.
—¡Nunca dijiste que ese negocio era Grupo Gu!
Sonreí.
—Tampoco me preguntaste.
Su respiración se volvió más rápida.
Zhou Mingde frunció el ceño.
—Presidente Chu, el proyecto que hemos firmado con su empresa fue aprobado principalmente porque la señorita Gu dio su respaldo personal.
Silencio.
La cara de Chu Yi se volvió todavía más blanca.
—¿Su respaldo?
—Sí.
Lo miré.
—¿Recuerdas cuando hace seis meses dijiste que Hengyuan jamás miraría una empresa pequeña como la tuya?
Él no respondió.
—Llamé a mi padre.
Su expresión se quebró.
—¿Tú hiciste eso?
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque pensé que te haría feliz creer que lo habías conseguido solo.
Aquella frase lo golpeó más fuerte que cualquier insulto.
Durante años, Chu Yi había presumido de ser un hombre que se había hecho a sí mismo.
Yo nunca quise quitarle esa ilusión.
Había llamado contactos.
Presentado proyectos.
Garantizado deudas.
Movido relaciones.
Y luego había regresado a casa para cocinarle la cena.
Él creyó que yo era una ama de casa sin valor.
La verdad era que gran parte del camino bajo sus pies había sido despejado por mí.
Bai Wei reaccionó primero.
—Presidente Chu, no puede creer esto solo porque ellos lo digan.
La miré.
—¿Todavía quieres hablar?
Ella palideció.
Zhou Mingde la observó.
—¿Quién es esta señorita?
Chu Yi respondió rápidamente.
—Mi secretaria.
—¿Una secretaria decide quién puede entrar a una reunión con Hengyuan?
Bai Wei abrió la boca.
—Yo solo cumplía órdenes.
Zhou Mingde miró a Chu Yi.
La expresión de mi esposo cambió.
—Fue un malentendido.
—No.
Saqué una carpeta de mi bolso.
Todos miraron.
—No fue un malentendido.
Entregué la carpeta a Zhou Mingde.
Chu Yi dio un paso.
—¿Qué es eso?
—El contrato.
—¿Qué contrato?
—El de diez millones que celebras esta noche.
La sonrisa de varios ejecutivos desapareció.
Abrí la carpeta.
En la última página había una cláusula especial.
Chu Yi no la recordaba.
Porque nunca se había molestado en leerla personalmente.
Su departamento jurídico sí.
Pero él confiaba demasiado en que aquel contrato era suyo.
—Cláusula veintisiete —dije—. Hengyuan puede retirarse unilateralmente antes del primer desembolso si desaparece la garantía estratégica que justificó la operación.
Chu Yi frunció el ceño.
—¿Qué garantía?
Lo miré.
—Yo.
La habitación pareció quedarse sin aire.
Zhou Mingde asintió.
—Es correcto.
Saqué la última página.
La rompí por la mitad.
Después otra vez.
Y una vez más.
Dejé caer los trozos sobre la mesa cercana.
—Retiro mi garantía.
Chu Yi se abalanzó hacia los papeles.
—¡Gu Nian!
Zhou Mingde levantó una mano.
—Presidente Chu.
Él se detuvo.
—En estas condiciones, Hengyuan suspenderá el acuerdo.
—¡No puede hacer eso!
—Podemos.
—¡Ya estaba firmado!
—Y sujeto a condiciones.
Chu Yi me miró.
Por primera vez en tres años, vi miedo real en sus ojos.
—Gu Nian, no hagas esto por una discusión doméstica.
—No lo hago por una discusión.
—Entonces ¿por qué?
Miré a Bai Wei.
Después a él.
—Porque acabo de descubrir que invertí demasiado en una empresa que no sabe reconocer quién le está dando valor.
Bai Wei intentó agarrar a Chu Yi del brazo.
—Presidente Chu…
Él la apartó.
No con violencia.
Pero sí con una frialdad absoluta.
—Cállate.
Ella se quedó helada.
—Yo solo intentaba ayudarte.
—¿Ayudarme?
—Sí.
—¿Insultando a mi esposa delante del principal socio de la empresa?
Su voz temblaba.
Bai Wei palideció.
—Tú dijiste que te avergonzaba…
Se hizo un silencio terrible.
Chu Yi la miró.
Yo también.
Ella comprendió demasiado tarde lo que acababa de confesar.
—¿Eso dijiste de mí?
Chu Yi no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Lo conocía.
Conocía sus silencios.
Tres años de matrimonio me habían enseñado a escuchar todo lo que él no decía.
—Gu Nian…
—No importa.
—Puedo explicarlo.
—Tampoco hace falta.
Me giré hacia Zhou Mingde.
—Presidente Zhou, disculpe haber interrumpido la cena.
—No tiene nada que disculpar.
—Mañana mi equipo se pondrá en contacto con ustedes para hablar de un nuevo proyecto.
Él sonrió.
—Será un placer.
Chu Yi se quedó inmóvil.
—¿Nuevo proyecto?
Lo miré.
—Sí.
—¿Con quién?
—Con mi empresa.
Sus ojos se abrieron.
Lo que Chu Yi tampoco sabía era que, durante los últimos tres años, nunca había dejado completamente los negocios.
Mientras él pensaba que yo solo me ocupaba de la casa, seguía administrando silenciosamente mis inversiones familiares.
Mi padre me había dejado libertad total.
Yo había rechazado volver al Grupo Gu porque quería demostrar que mi matrimonio podía funcionar sin que mi apellido pesara sobre él.
Qué ingenuidad.
En cuanto salí del hotel, llamé a mi padre.
Contestó en el segundo tono.
—Nian Nian.
Solo escuchar su voz me hizo sentir un nudo en la garganta.
—Papá.
Hubo un silencio.
—¿Finalmente te cansaste?
Me reí.
—¿Lo sabías?
—Soy tu padre.
Miré las luces de la ciudad.
—Voy a volver.
—¿A casa?
—A la empresa.
Al otro lado de la línea, guardó silencio.
Después dijo:
—Tu oficina sigue intacta.
Mis ojos se humedecieron.
—Gracias.
—No me des las gracias.
Su voz se volvió firme.
—Solo vuelve.
Llegué a casa pasada la medianoche.
Chu Yi ya estaba allí.
La sala estaba completamente iluminada.
Bai Wei no estaba.
Él permanecía sentado en el sofá.
Cuando entré, se puso de pie.
—Tenemos que hablar.
—No.
Pasé junto a él.
—Gu Nian.
Me detuve.
—¿Desde cuándo estabas planeando esto?
Lo miré.
—Desde esta noche.
—No te creo.
—Ese es tu problema.
—No puedes destruir tres años de matrimonio por una secretaria.
Solté una pequeña risa.
—Bai Wei no destruyó nuestro matrimonio.
—Entonces ¿quién?
—Tú.
Su expresión cambió.
—Durante tres años dejaste que yo me hiciera pequeña para que tú te sintieras grande.
—Eso no es verdad.
—¿No?
Me giré completamente hacia él.
—¿Cuándo fue la última vez que preguntaste qué quería hacer con mi vida?
No respondió.
—¿Cuándo preguntaste por mis proyectos?
Silencio.
—¿Cuándo me presentaste frente a alguien sin decir simplemente “mi esposa”?
Su rostro se tensó.
—Estabas cómoda en casa.
—Tú estabas cómodo conmigo en casa.
No era lo mismo.
—Nian…
—Mañana recibirás los papeles.
—¿Qué papeles?
—Divorcio.
Su rostro se quedó completamente vacío.
—No.
—No es una pregunta.
—¡No voy a firmar!
—Entonces hablaremos mediante abogados.
Intentó acercarse.
—Gu Nian, te quiero.
Aquella frase llegó tres años tarde.
—No.
—Sí.
—Si me quisieras, no te habrías avergonzado de mí.
—Estaba bajo presión.
—Te avergonzaba que tu esposa pareciera una ama de casa.
—No sabía quién eras.
Lo miré.
—Ahí está el problema.
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
—Creíste que para respetarme necesitabas saber cuánto dinero tenía.
Silencio.
—Y yo necesitaba que me respetaras aunque no tuviera nada.
No encontró respuesta.
Subí las escaleras.
Aquella fue nuestra última noche bajo el mismo techo.
Dos semanas después regresé oficialmente al Grupo Gu.
El anuncio apareció en todas las noticias financieras.
GU NIAN ASUME LA DIRECCIÓN DE INVERSIONES ESTRATÉGICAS DEL GRUPO GU.
La fotografía se volvió viral.
Vestido blanco.
Cabello recogido.
Mirada firme.
Debajo, un titular:
“La heredera que permaneció tres años fuera de la vida pública regresa al imperio familiar.”
Chu Yi descubrió la noticia durante una reunión.
Su asistente entró corriendo.
—Presidente…
—¿Qué ocurre?
—La señora…
Se corrigió.
—La señorita Gu acaba de anunciar un fondo de inversión de quinientos millones.
Chu Yi levantó la cabeza.
—¿Quinientos?
—Sí.
—¿Para qué?
—Apoyar empresas tecnológicas emergentes.
La misma industria en la que él competía.
Chu Yi se quedó inmóvil.
No porque yo quisiera destruirlo.
Sino porque por primera vez tendría que competir conmigo sin tener mis manos empujándolo desde atrás.
Los siguientes meses fueron duros para su empresa.
El contrato de diez millones desapareció.
Después llegaron problemas de liquidez.
Algunos inversores empezaron a dudar.
Bai Wei renunció cuando comprendió que su posición ya no tenía ninguna ventaja.
Más tarde supe que Chu Yi descubrió que ella había inflado gastos y utilizado recursos de la empresa para fines personales.
La despidió.
Pero nada de eso recuperó lo perdido.
No porque yo lo atacara.
Simplemente porque dejé de protegerlo.
Nos vimos seis meses después en una conferencia.
Él estaba al fondo del salón.
Yo acababa de terminar una presentación.
Cuando bajé del escenario, se acercó.
—Gu Nian.
—Presidente Chu.
Sus ojos se oscurecieron.
—¿Ahora me llamas así?
—Es apropiado.
Sonrió con amargura.
—La empresa está mejorando.
—Me alegro.
—Pensé que querías verme caer.
Negué.
—Nunca.
Pareció sorprendido.
—Entonces ¿por qué retiraste todo?
—Porque era mío.
Silencio.
—Mis contactos.
—Mi respaldo.
—Mi dinero.
—Mi reputación.
—Mi tiempo.
Lo miré.
—No te quité nada que fuera realmente tuyo.
Su rostro palideció.
Porque sabía que era verdad.
—Me equivoqué contigo.
—Sí.
—Mucho.
—Sí.
—¿No puedes darme otra oportunidad?
No respondí inmediatamente.
Durante tres años había esperado esa pregunta.
Ahora no me producía nada.
—No.
Bajó la mirada.
—¿Porque ya no me quieres?
Pensé durante unos segundos.
—Porque finalmente volví a quererme a mí.
Pasé junto a él.
Un año después, el nuevo proyecto de Hengyuan y Grupo Gu superó todas las previsiones.
El contrato inicial era de cincuenta millones.
Cinco veces más grande que aquel que Chu Yi celebraba la noche en que intentó esconderme fuera del salón.
Zhou Mingde levantó una copa durante la firma.
—Por la señorita Gu.
Sonreí.

—Por los buenos negocios.
Después de la ceremonia, salí al balcón.
La ciudad brillaba abajo.
Mi padre se acercó.
—¿Te arrepientes?
—¿De qué?
—De haber perdido tres años.
Pensé.
—No.
Me miró sorprendido.
—¿No?
—Aprendí algo.
—¿Qué cosa?
Observé mi reflejo en el cristal.
—Que ninguna mujer debería hacerse pequeña para comprobar si un hombre la ama de verdad.
Mi padre sonrió.
—Ahora sí has vuelto.
Tiempo después escuché que Chu Yi había conseguido estabilizar su empresa.
Ya no era el empresario arrogante de antes.
Empezó a revisar contratos personalmente.
A respetar más a sus empleados.
A dejar de tratar a las personas según el apellido que llevaban.
Tal vez perdió demasiado antes de aprender.
Pero aquello ya no era asunto mío.
La gente todavía contaba la historia de aquella noche.
Decían que la gran heredera Gu había llegado a una fiesta, había abofeteado a una secretaria arrogante y había roto un contrato de diez millones delante de todos.
Pero siempre contaban mal la parte más importante.
Yo no rompí aquel contrato para vengarme.
Lo rompí porque, en el instante en que Chu Yi permitió que alguien me humillara frente a su puerta, finalmente comprendí que llevaba tres años invirtiendo en el lugar equivocado.
Retiré mi dinero.
Retiré mis contactos.
Retiré mi apellido.
Y, sobre todo, me retiré a mí.
Chu Yi perdió un contrato de diez millones aquella noche.
Pero lo que realmente lamentó después no fue el dinero.
Fue descubrir demasiado tarde que la mujer a la que llamaba “ama de casa”…
había sido siempre la persona más valiosa de toda su empresa.